Las economías latinoamericanas enfrentan un panorama desafiante para los próximos años. Aunque la región ha mostrado capacidad de adaptación frente a distintos episodios de incertidumbre internacional, los riesgos globales continúan acumulándose y amenazan con limitar el crecimiento económico.
En este sentido, el pasado 3 de junio la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicó el estudio “Perspectivas Económicas de la OCDE: Foco en América Latina” el cual ofrece una radiografía de los principales retos que enfrentará la región durante 2026 y permite identificar tanto las vulnerabilidades como las oportunidades que marcarán su rumbo.
Dicho informe deja claro que uno de los principales riesgos para la economía mundial es el conflicto en Medio Oriente, particularmente por las afectaciones al tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz, una ruta estratégica para el comercio internacional de petróleo. La interrupción del tránsito de hidrocarburos en este canal ha impulsado el precio de los combustibles y de la energía, elevando los costos de insumos industriales y de los propios procesos de producción, lo que ha generado presiones inflacionarias.
Como suele ocurrir ante escenarios de incertidumbre económica a nivel mundial, los países en desarrollo son los más vulnerables y los hogares terminan absorbiendo gran parte de las consecuencias a través de la pérdida de poder adquisitivo. Ante este panorama, la OCDE estima que el crecimiento económico mundial se ubique en 2.8% al cierre de 2026.
Retos compartidos de América Latina
Las perspectivas económicas reflejan que la región continuará creciendo, aunque a un ritmo menor que el observado en años recientes. De acuerdo con las estimaciones de la OCDE, el crecimiento regional pasaría de 2.2% en 2025 a 1.7% en 2026, ubicándose por debajo del promedio mundial. Este comportamiento confirma que América Latina sigue siendo particularmente sensible a los cambios en el entorno económico internacional y a la evolución de los mercados financieros y energéticos.
Uno de los principales desafíos que se enfrentará es la persistencia de un contexto global caracterizado por la incertidumbre. El aumento de los precios de la energía, las tensiones geopolíticas y la desaceleración del comercio internacional continúan generando presiones sobre la actividad económica. A ello se suma el hecho de que muchos países latinoamericanos aún tienen limitaciones fiscales derivadas de mayores niveles de endeudamiento público, lo que reduce el margen de maniobra de los gobiernos para impulsar políticas de crecimiento y desarrollo.
La inflación también sigue representando un reto, aunque con matices importantes entre países. Mientras algunas economías han logrado acercarse a sus objetivos de estabilidad de precios, otras continúan enfrentando presiones inflacionarias que afectan el poder adquisitivo de los hogares y elevan los costos de financiamiento. En este contexto, los bancos centrales de la región mantienen el desafío de equilibrar el control de la inflación con la necesidad de estimular la actividad económica.
No obstante, el panorama regional no está exento de oportunidades. América Latina posee una posición estratégica en la producción de recursos naturales cada vez más relevantes para la economía mundial. La creciente demanda de minerales críticos como el litio, el cobre y el grafito, indispensables para la transición energética y el desarrollo tecnológico, abre nuevas posibilidades de inversión y crecimiento para diversos países de la región. Sin embargo, capitalizar estas oportunidades requerirá fortalecer la infraestructura, atraer inversiones productivas y consolidar marcos regulatorios que permitan una explotación sostenible de estos recursos.
Las proyecciones de la OCDE muestran además una región con importantes contrastes. Costa Rica se mantendría como la economía de mayor crecimiento entre los países analizados, mientras que otros países enfrentarían una desaceleración moderada respecto a los niveles observados en 2025. En este contexto, México destaca por presentar uno de los crecimientos más modestos; sin embargo, su situación responde a factores particulares asociados a su estructura económica y a su estrecha integración con América del Norte.
Precisamente por el peso que tiene la economía mexicana dentro de la región y por su relevancia en las cadenas globales de suministro, resulta pertinente analizar con mayor detalle los retos y oportunidades que enfrenta el país en el actual entorno internacional.
México: el desafío de un entorno adverso.
En el caso mexicano, resulta relevante considerar que 2025 corresponde al primer año del actual gobierno. Históricamente, los periodos de transición administrativa suelen venir acompañados de una desaceleración económica asociada a la implementación de nuevas políticas públicas y a la redefinición de prioridades de inversión.
Sin embargo, más allá de los efectos coyunturales propios de un cambio de administración, esta situación pone de manifiesto la necesidad de construir planes de desarrollo con una visión que trascienda los periodos sexenales, permitiendo consolidar proyectos estratégicos que otorguen certidumbre a la inversión y generen transformaciones profundas en sectores clave de la economía.
Para 2026 el panorama económico continúa siendo complejo, ya que se prevé un crecimiento de 0.8%. Si bien la demanda interna se mantiene relativamente estable, respaldada por bajos niveles de desempleo y la resiliencia del consumo privado, el crecimiento económico sigue enfrentando limitaciones derivadas de la debilidad de algunos sectores productivos y de una menor dinámica de inversión. A ello se suma un entorno internacional caracterizado por la incertidumbre, particularmente en lo relacionado con la evolución de la economía estadounidense y las futuras negociaciones del T-MEC, factores que resultan especialmente relevantes para México dada su profunda integración comercial con América del Norte.
No obstante, la economía mexicana ha demostrado en los últimos años una importante capacidad de adaptación frente a escenarios adversos, como la pandemia, las disrupciones en las cadenas globales de suministro y los episodios de volatilidad financiera internacional. Esta resiliencia constituye uno de los principales activos del país para enfrentar el contexto actual.
La OCDE advierte que, pese a los avances observados en el control de la inflación durante los últimos años, los riesgos no han desaparecido. El encarecimiento de los energéticos derivado de las tensiones internacionales podría generar nuevas presiones sobre los costos de producción y dificultar una reducción más acelerada de los precios. En este contexto, la estabilidad macroeconómica continuará siendo uno de los principales retos para las autoridades económicas, pues de ella dependerá la capacidad de preservar un entorno favorable para el crecimiento y la inversión.
Particularmente relevante resulta el impacto que el aumento de los costos energéticos puede tener sobre sectores estratégicos como el agroalimentario. El incremento en el precio de insumos como los fertilizantes podría traducirse en mayores costos de producción y ejercer presión sobre algunos productos básicos. Esto pone de manifiesto la estrecha relación entre los acontecimientos económicos globales y la dinámica de precios al interior del país, incluso en sectores que, a primera vista, parecen ajenos a los conflictos internacionales.
En este contexto, México enfrenta el reto de fortalecer la confianza de los inversionistas, consolidar condiciones que favorezcan la actividad productiva y continuar impulsando proyectos estratégicos que eleven la competitividad del país. No obstante, también cuenta con ventajas significativas. La cercanía con Estados Unidos, la amplia red de tratados comerciales, el proceso de relocalización de empresas y las inversiones en infraestructura que actualmente se desarrollan en distintas regiones del país representan oportunidades importantes para dinamizar el crecimiento económico en los próximos años.
Asimismo, las estrategias orientadas a fortalecer la soberanía energética, ampliar la capacidad logística y promover el desarrollo regional pueden contribuir a reducir algunas de las limitaciones estructurales que históricamente han frenado el potencial de crecimiento de la economía mexicana. En un contexto internacional complejo, avanzar en estos objetivos resulta fundamental para incrementar la resiliencia económica y aprovechar las oportunidades derivadas de la reconfiguración de las cadenas globales de valor.
Finalmente, aunque el entorno internacional seguirá planteando desafíos importantes, México cuenta con fortalezas institucionales, productivas y geográficas que le permiten enfrentar este escenario con perspectivas favorables de mediano y largo plazo. La consolidación de proyectos estratégicos, el impulso a la inversión y el aprovechamiento de fenómenos como el nearshoring podrían sentar las bases para una nueva etapa de crecimiento, permitiendo que el país no sólo enfrente con éxito los retos actuales, sino que también aproveche las oportunidades que ofrece la transformación de la economía global.







