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¿Qué ocurre cuando el deporte más popular del mundo deja de ser solo una pasión colectiva y se convierte en una maquinaria de negocios opacos, poder concentrado e impunidad? La pregunta resulta incómoda, pero inevitable.

En tiempos de Mundial, cuando las emociones públicas se organizan alrededor de selecciones, estadios, transmisiones y símbolos nacionales, también conviene mirar aquello que suele quedar fuera de la celebración: la corrupción que ha acompañado durante décadas a la industria global del futbol.

La corrupción se ha expandido en prácticamente todos los ámbitos de la vida pública y privada. No se limita a oficinas gubernamentales, contratos o servicios públicos. También atraviesa espacios que se presentan como ajenos a la política, protegidos por el entretenimiento o la identidad popular. El futbol es uno de ellos.

Por eso, hablar de corrupción en el futbol durante un Mundial no es arruinar la fiesta. Es tomar en serio la magnitud del evento. Los mundiales son espectáculos deportivos, pero también son operaciones políticas, económicas e institucionales de escala internacional.

La historia reciente de la FIFA muestra que la corrupción en el futbol no puede entenderse como una suma de excesos individuales. El origen de la corrupción en la organización, descrito por Ken Bensinger* como «el nacimiento del soborno deportivo moderno», se remonta a 1978. Ese año, el empresario Horst Dassler, heredero de Adidas y pionero del marketing deportivo, le confesó a su socio que tenía la intención de sobornar a João Havelange, entonces presidente de la FIFA. Según ese relato, una vez que Havelange comenzó a aceptar dinero, Dassler empezó a pagar sobornos a más y más oficiales hasta convertir esa práctica en una característica fundamental de su negocio de derechos de transmisión y publicidad.

Posteriormente, la llegada de Joseph Blatter a la presidencia de la FIFA llevó ese sistema a otro nivel. La corrupción pasó de ser un negocio de sobornos bajo la mesa a funcionar como una maquinaria institucionalizada, multimillonaria y estructurada. En 2015, al final de la presidencia de Blatter, estalló el mayor escándalo en la historia del futbol: el FIFA Gate. El Departamento de Justicia de Estados Unidos y el FBI destaparon una red de corrupción y realizaron arrestos masivos de altos directivos de la FIFA en Zúrich. El caso provocó despidos, arrestos y encarcelamientos de decenas de ejecutivos y presidentes de confederaciones.

La presidencia actual de la FIFA, encabezada por Giovanni Infantino, tampoco ha estado exenta de controversias. Antes de asumir el cargo en 2016, su nombre apareció en la filtración de documentos financieros conocida como los Panama Papers. Los reportes señalaron un contrato firmado por él en 2006, durante su etapa como director jurídico de la UEFA, relacionado con la cesión de derechos televisivos de la Liga de Campeones en Ecuador a una empresa offshore posteriormente investigada en el escándalo global.

La pregunta de fondo es ¿qué impacto tiene todo esto en la población?

Primero, la corrupción atenta contra los derechos humanos. El Mundial de 2022 en Qatar mostró cómo un evento deportivo puede utilizarse para desviar la atención de abusos graves. El rápido desarrollo de estadios, hoteles y vías de comunicación para realizar el torneo trajo consigo una crisis humanitaria que afectó principalmente a trabajadores migrantes.

En segundo lugar, la corrupción daña la confianza pública. Se ha comprobado que a mayor percepción y experiencia de corrupción, menor es la confianza ciudadana hacia las instituciones democráticas. Este vínculo importa porque el futbol no opera en una burbuja. Cuando la ciudadanía observa que los grandes negocios deportivos se deciden entre élites cerradas, con reglas poco claras y consecuencias limitadas para quienes abusan del poder, se refuerza la idea de que las instituciones existen para proteger a quienes ya tienen influencia.

Tercero, la evidencia muestra que la corrupción en el futbol convierte gasto público en sobrecostos, obras deficientes, malversación y asignación política de recursos. Ese patrón aparece sobre todo en federaciones, sedes mundialistas y proyectos de infraestructura donde el dinero público entra a licitaciones, estadios y contratos difíciles de supervisar.

Cuarto, la corrupción en el futbol refuerza poderes monopólicos y deteriora la calidad informativa de las transmisiones. Además, favorece mercados menos competitivos: federaciones con control concentrado sobre sedes, clubes con poder de negociación frente a gobiernos y redes corruptas que restringen la competencia. En ese entorno, el valor del futbol se concentra en pocos actores, mientras las audiencias enfrentan menos opciones, de baja calidad y un acceso cada vez más condicionado por intereses comerciales.

Y así se podrían enlistar más consecuencias negativas de la corrupción. ¿Qué se está haciendo al respecto? La FIFA cuenta con un programa de compliance para promover la transparencia, fomentar un comportamiento ético, detectar riesgos, definir políticas y adoptar con rapidez medidas correctivas cuando sea necesario.

Pero esto es insuficiente. La experiencia demuestra que los casos de corrupción en la FIFA y sus confederaciones pueden seguir ocurriendo porque las partes interesadas continúan obteniendo beneficios.

Paulina Chavira y Juan Garza Onofre** lo han planteado con claridad en su publicación más reciente: para acabar con la corrupción en el futbol hay que meterse con el dinero, con las reglas que lo mueven y con las instituciones que lo administran. “La corrupción es una consecuencia previsible de un modelo en el que circulan miles de millones sin controles eficaces, con dirigentes que concentran poder y con organismos que se supervisan a sí mismos. Mientras el dinero fluya sin transparencia y sin límites, el juego seguirá siendo un territorio fértil para el soborno, el tráfico de influencias y la captura privada de lo que debería ser un bien público cultural”.

*Bensinger, Ken (2019) Red Card: How the U.S. Blew the Whistle on the World’s Biggest Sports Scandal. Editorial Simon & Schuster.

**Chavira Mendoza, Paulina; Garza Onofre, Juan Jesús (2026) Otro futbol posible: Cómo vivir el futbol fuera de la violencia y la injusticia (p. 222). TAURUS. Edición de Kindle.

Anahí Gutiérrez Luna

Doctora en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, Maestra en Gobierno y Asuntos Públicos y Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México. Integrante del Sistema Nacional de de Investigadoras e Investigadores con el nivel de Candidata. Actualmente es asesora en la Cámara de Diputados y profesora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es especialista en temas de rendición de cuentas, transparencia, combate a la corrupción y estudios legislativos. Ha sido consultora parlamentaria en la Cámara de Diputados, asesora en la Secretaría de la Función Pública, auditora de fiscalización en la Auditoría Superior de la Federación e investigadora en diversos proyectos en la UNAM y en el Centro de Investigación y Docencia Económicas. Su experiencia incluye investigaciones sobre fiscalización, parlamento abierto y rendición de cuentas, así como la imparticipación de cursos y diplomados sobre el proceso legislativo, políticas públicas, transparencia y rendición de cuentas. También ha contribuido con publicaciones sobre el funcionamiento del Congreso, el control parlamentario y la fiscalización superior.