El Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum permite hacer un balance positivo del rumbo que ha seguido el país, pero también obliga a mirar hacia adelante. Los resultados alcanzados son importantes y deben reconocerse con claridad, particularmente porque se han conseguido en un entorno internacional marcado por la incertidumbre económica. Sin embargo, un proyecto de transformación no puede conformarse con administrar sus logros; su responsabilidad es convertirlos en derechos duraderos, corregir las desigualdades que persisten y construir las instituciones que permitan sostener el bienestar durante las próximas décadas.
Probablemente el dato social más relevante de los últimos años sea la reducción de la pobreza. Las políticas de la Transformación lograron sacar a 13.4 millones de mexicanas y mexicanos de esa condición gracias, en gran medida, a la recuperación del salario mínimo y a la ampliación de los programas sociales, lo que ha vuelto a colocar al Estado como instrumento de redistribución y construcción de derechos.
La estrategia del gobierno federal ha conseguido mantener la estabilidad macroeconómica, manteniendo la deuda pública en alrededor del 51 por ciento del PIB, con balances fiscales mejores a los programados y un crecimiento real del gasto en desarrollo social, al segundo trimestre de 2026. El Banco de México, por su parte, informó que la inflación general descendió hasta 3.26 por ciento en la primera quincena de agosto. México ha demostrado que responsabilidad fiscal, recuperación salarial, inversión pública y ampliación de derechos sociales pueden formar parte de una misma estrategia.
Asimismo, se impulsan proyectos en semiconductores, inteligencia artificial, electromovilidad, vacunas y soberanía tecnológica. México no debe limitarse a importar tecnología, sino desarrollar capacidades propias, vincular universidades y centros públicos de investigación con la industria y participar en los sectores que definirán la economía mundial de las próximas décadas.
La misma lógica aparece en los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar. Su importancia no debe medirse solamente por el monto de inversión que logren atraer, sino por su capacidad para crear cadenas productivas nacionales, desarrollar proveedores locales, generar empleos bien remunerados y reducir las profundas desigualdades regionales. El modelo plantea incentivos fiscales, infraestructura, simplificación administrativa y vinculación con sectores como semiconductores, electromovilidad, farmacéutica, dispositivos médicos, agroindustria y energías limpias. Es una oportunidad para que la política industrial vuelva a convertirse en una verdadera política de desarrollo.
Precisamente porque estos avances son importantes, el siguiente paso debe ser más profundo para disminuir las carencias que todavía afectan a millones de personas. Necesitamos consolidar un sistema de salud verdaderamente universal, garantizando una mayor cobertura, suficientes medicamentos y atención adecuada en todos los niveles. También hacen falta mejores escuelas, capacitación laboral, acceso al crédito, desarrollo regional y empleos productivos. Y, desde luego, es urgente consolidar el Sistema Nacional de Cuidados.
Otro desafío central es incrementar la productividad, disminuyendo las brechas entre regiones, con una estrategia de largo plazo que incremente el contenido nacional de las exportaciones, fortalezca a las pequeñas y medianas empresas, amplíe el financiamiento productivo y establezca mayores vínculos entre inversión extranjera, proveedores nacionales, universidades y centros tecnológicos.
De igual forma se requiere una política hacendaria que dé viabilidad a esta nueva etapa, basada en el combate a la facturación falsa y al huachicol fiscal, así como una recaudación tributaria más eficiente en todos los órdenes de gobierno.
Es indispensable tener en cuenta que el bienestar no puede reducirse a una transferencia monetaria ni el desarrollo a una cifra de crecimiento, sino que se requieren ingresos dignos, salud, educación, vivienda, cultura, cuidados, seguridad, agua, movilidad, medio ambiente sano y posibilidades reales de participar en la prosperidad.
Hoy, en este Segundo Piso de la Transformación, nos toca convertir los programas en derechos efectivos, la estabilidad en crecimiento, las inversiones en desarrollo regional, los proyectos científicos en soberanía tecnológica y las obras hídricas en seguridad de largo plazo. No es sólo un conjunto de indicadores, sino la capacidad del Estado mexicano de garantizar que cada generación viva mejor, con más derechos, menos desigualdad y mayores oportunidades que la anterior.







