A pesar de que el panorama lucía complicado, el día de ayer se inauguró, sin mayores contratiempos, la Copa del Mundo 2026. Diversas protestas, algunas más justas que otras, buscaban aprovechar el momento para concientizar al mundo sobre las diversas problemáticas que aquejan al país. México es, en muchos sentidos, un país desigual. La desigualdad no solo se refleja en la distribución de la riqueza, sino también en las oportunidades que tienen las personas para acceder a la justicia, a servicios públicos de calidad y al ejercicio efectivo de sus derechos, generando condiciones que limitan la movilidad social y perpetúan ciclos de exclusión para millones de personas.
Conociendo este escenario, hace unos años se gestionó la posibilidad de hospedar nuevamente un Mundial de fútbol, en esta ocasión, junto con Canadá y Estados Unidos. No con la finalidad de olvidar o dejar de lado todas las problemáticas, sino, además de la proyección cultural, para tratar de obtener beneficios a partir de la gran derrama económica, que incidirían directamente en la sociedad mexicana.
Durante décadas, la Copa del Mundo fue mucho más que un torneo de fútbol. Fue una celebración popular. Una pausa colectiva que permitía a millones de personas olvidar, aunque fuera por noventa minutos, las dificultades cotidianas. El Mundial pertenecía a todas las personas: estudiantes, personas trabajadoras, familias de diversos estratos, habitantes de las grandes ciudades y de los pueblos más pequeños. Era uno de los pocos eventos verdaderamente universales.
Tradicionalmente, en un Mundial se muestra con orgullo la cultura del país anfitrión (en este caso, de los tres países anfitriones) y, al mismo tiempo, se recibe con hospitalidad a una gran cantidad de turistas internacionales. Ello tiene como resultado una convivencia multicultural, en la que aficionados de diversas partes del mundo conviven durante unas semanas, con un gusto en común: el fútbol. O, como se decía en México 86: “El mundo unido por un balón”.
Sin embargo, algo parece haber cambiado en el fútbol mundial, y la Copa del Mundo de 2026 podría convertirse en el símbolo más claro de esa transformación.
Desde la organización del torneo, las conversaciones ya no giraban únicamente en torno a las selecciones participantes, las estrellas que podrían brillar en los estadios o la ilusión de ver a México hacer historia. Cada vez más aficionados hablaban de otra cosa: el precio de los boletos, los costos de las transmisiones y la sensación creciente de que el Mundial ya no estaba pensado para ellos.
La FIFA ha mencionado que los precios obedecen a la enorme demanda, que la organización de un torneo de estas dimensiones requiere inversiones multimillonarias y que el fútbol moderno es un negocio global cuyos ingresos son necesarios para impulsar el desarrollo del deporte.
Pero la pregunta de fondo sigue siendo válida: ¿hasta qué punto la búsqueda de ganancias puede desplazar el carácter popular del fútbol?
Porque lo que estamos viendo no es simplemente un incremento en los costos, sino un cambio de paradigma. El Mundial de 2026 parece diseñado bajo una lógica empresarial en la que el aficionado tradicional ocupa un lugar cada vez más secundario.
Para millones de familias mexicanas, asistir a un partido del Mundial representaría un gasto equivalente a varias semanas o incluso meses de sus ingresos familiares. Los encuentros más atractivos tendrán precios que resultarán inaccesibles para buena parte de la población eincluso los boletos considerados “económicos” difícilmente pueden calificarse como populares.
En términos prácticos, esto significa que el acceso a los estadios estará reservado principalmente para turistas internacionales, clientes corporativos y sectores de ingresos altos.
Los trabajadores que llenan los estadios de la Liga MX cada semana, los jóvenes que crecieron soñando con ver un Mundial en su país y las familias que han transmitido la pasión futbolera de generación en generación, verán el torneo desde fuera. Paradójicamente, es la población mexicana la que hace posible, aunque sea de manera indirecta, la organización de este evento, a través del pago de sus impuestos, los cuales contribuyen al financiamiento de la infraestructura y los servicios públicos necesarios para su organización.
Se ayuda a financiar la fiesta, pero no necesariamente se puede entrar a ella. Además, hay una gran cantidad de trabajadores y trabajadoras que la hacen posible: desde el personal de seguridad que asegura los accesos a las inmediaciones de los estadios hasta las personas que realizan el mantenimiento a la infraestructura pública.
Lo más revelador es que los boletos ni siquiera constituyen la principal fuente de ingresos para la FIFA. El verdadero negocio está en otro lado: los derechos de transmisión, los contratos publicitarios, los acuerdos de patrocinio global, las licencias comerciales y los paquetes de hospitalidad corporativa, que generan ingresos mucho mayores que la venta de entradas.
La FIFA se ha convertido en una sofisticada corporación global que monetiza prácticamente cada aspecto del espectáculo. Cada partido representa una plataforma publicitaria, cada imagen se transforma en un activo comercial y cada minuto de transmisión adquiere un valor económico. Desde esta perspectiva, llenar los estadios con aficionados apasionados deja de ser el objetivo principal; Lo importante es maximizar el rendimiento financiero del evento.
Por supuesto, nadie puede reprochar que una organización busque recursos para operar. El problema aparece cuando las decisiones comerciales terminan desplazando los valores que hicieron grande a este deporte.
El fútbol se convirtió en el fenómeno cultural más importante del planeta porque era accesible: Porque cualquier niño podía jugarlo con una pelota improvisada,porque cualquier familia podía seguirlo por televisión y porque cualquier aficionado podía aspirar, al menos ocasionalmente, a ver a su selección en un estadio.
Ese vínculo comienza a erosionarse cuando el acceso depende exclusivamente de la capacidad económica. Y el fenómeno no termina en los estadios, sino que también está ocurriendo frente a las pantallas.
Durante buena parte del siglo XX y los primeros años del XXI, los Mundiales fueron acontecimientos de acceso masivo. En numerosos países, los partidos se transmitían por televisión abierta y alcanzaban audiencias históricas.
Hoy la situación es distinta. Las plataformas digitales han transformado el mercado audiovisual ylas empresas compiten por adquirir derechos exclusivos, obligando a los aficionados a contratar cada vez más servicios para seguir los contenidos deportivos que les interesan. El resultado es una fragmentación creciente de la oferta.
Para disfrutar plenamente de los grandes eventos deportivos ya no basta con encender el televisor. Ahora es necesario pagar televisión restringida, contratar plataformas de streaming, adquirir paquetes especiales o asumir costos adicionales que, hasta hace pocos años no existían. Se trata de una nueva forma de exclusión.
Quien no puede pagar una entrada para asistir al estadio tampoco necesariamente puede acceder a toda la oferta audiovisual desde su hogar. Poco a poco, el fútbol deja de ser un espectáculo de alcance popular para convertirse en un servicio premium.
La situación resulta particularmente preocupante en países como México, donde persisten importantes desigualdades económicas. Mientras una minoría puede costear boletos VIP, paquetes exclusivos y suscripciones múltiples, millones de personas enfrentan restricciones presupuestarias que las obligan a elegir cuidadosamente en qué gastan cada peso.
¿Puede considerarse verdaderamente popular un espectáculo cuyo acceso está condicionado por la capacidad de pago? La pregunta es incómoda, pero necesaria, sobre todo al observar el discurso que acompaña estas decisiones.
La FIFA suele hablar de inclusión, diversidad y universalidad, valores positivos y necesarios. Sin embargo, existe una contradicción evidente entre esos principios y un modelo de negocio que expulsa progresivamente a los sectores populares de los espacios centrales del espectáculo.
La inclusión no consiste únicamente en aumentar el número de selecciones participantes,también implica garantizar que las personas puedan disfrutar del evento. De poco sirve ampliar el torneo a 48 equipos si millones de aficionados quedan excluidos de la experiencia por razones económicas.
En este contexto, la gestión de Gianni Infantino representa la culminación de una tendencia iniciada hace varias décadas: la transformación del fútbol en una industria global cada vez más concentrada en la generación de ingresos y menos comprometida con el acceso popular que históricamente contribuyó a convertirlo en el deporte más seguido del mundo.
La ampliación del Mundial, la creación de nuevas competencias internacionales, el crecimiento de los programas de hospitalidad y la búsqueda constante de nuevos mercados responden a una lógica empresarial perfectamente comprensible, pero cuestionable. Cualquier actividad económica debe realizarse con ética, buscando preservar los valores de la sociedad, y el deporte tiene una dimensión social que trasciende lo económico.
Los Mundiales generan identidad, pertenencia, memoria colectiva y cohesión social. Son parte del patrimonio cultural contemporáneo yeducirlos a una ecuación de rentabilidad implica ignorar buena parte de su significado.
Por ello, el debate no debería limitarse a cuánto dinero puede generar la Copa del Mundo. La discusión debería centrarse en qué tipo de Mundial queremos construir, uno orientado exclusivamente a maximizar ganancias o uno capaz de equilibrar rentabilidad con acceso popular.
Muchas personas aún tienen presente el Mundial de México 86.Recuerdan la algarabía popular, los estadios llenos, las transmisiones por televisión abierta, la inclusión y, por unos momentos, el olvido de la desigualdad. En esta ocasión, la historia podría ser distinta. El Mundial de 2026 podrá ser el más rentable económicamente, pero también el más excluyente: aquel en el que millones de aficionados comprenderían que el fútbol que amaban ya no les pertenece.
Y cuando un deporte pierde a su gente, por más ganancias que genere, corre el riesgo de perder también una parte esencial de su alma.







