Una guerra puede encarecer los alimentos; un arancel, detener una inversión; y una innovación tecnológica, transformar una industria sin mejorar necesariamente los salarios. Hacia allá va la economía internacional que describen los reportes del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) en las reuniones anuales que se están llevando cabo en Bangkok, Tailandia.
El FMI proyecta un crecimiento mundial de 3.1% en 2026 y 3.4% en 2027; para América Latina y el Caribe, estima 2.3% y 2.5%, respectivamente. No anticipa un desplome generalizado. Advierte, sin embargo, que la resiliencia descansa parcialmente en recursos y ajustes con límites, como son los inventarios energéticos, la reorganización de proveedores y los apoyos fiscales para amortiguar sucesivos choques negativos en la economía.
La geopolítica distribuye esos costos de manera desigual. Los precios elevados de las materias primas favorecen a algunos exportadores latinoamericanos, mientras perjudican a quienes importan energía. Cuando los combustibles encarecen la producción y el transporte, disminuye el poder adquisitivo y se dificulta reducir las tasas de interés. Un conflicto distante termina condicionando el crédito y el presupuesto familiar.
La rivalidad entre Estados Unidos y China también abre oportunidades y genera presiones. Sustituir proveedores estadounidenses permite a ciertos productores latinoamericanos ganar mercado en Asia. Pero las manufacturas chinas desplazadas del mercado estadounidense buscan compradores en nuestra región. Esto tiene como efecto abaratar insumos y bienes de consumo, aunque se intensifica la competencia con la industrial nacional. Beneficiarse de esa disputa exige competitividad, no solamente ubicación geográfica.
México expresa esa contradicción. El FMI estima que creceremos 1.5% este año y 1.8% en 2027. Las exportaciones tecnológicas reciben impulso desde Estados Unidos, pero la incertidumbre comercial y sobre políticas internas frena la inversión. Según el informe regional, el T-MEC sigue vigente, pero las revisiones anuales activadas en julio introducen incertidumbre para decisiones que requieren horizontes largos. Por ello, es tan importante fefenderlo, pues significa preservar acceso al mercado estadounidense, pero también certidumbre para atraer inversiones a mediano y largo plazo a nuestro país.
Sin embargo, atraer capital tampoco garantiza desarrollo. El Fondo insiste en que debemos fortalecer los vínculos entre multinacionales y proveedores nacionales mediante crédito, capacitación, certificaciones y transferencia tecnológica. Así, entonces, no es únicamente relevante cuántas plantas llegan, sino cuántas empresas mexicanas crecen alrededor de ellas. Una inversión transforma más cuando sus beneficios se extienden fuera de sus instalaciones.
Por otro lado, el auge de la inteligencia artificial está impulsando la inversión mundial, pero todavía no garantiza ganancias generalizadas de productividad. El Banco Mundial añade que aprovechar la inteligencia artificial no exige construir desde cero los modelos más costosos. Su Informe sobre el desarrollo mundial 2026 propone adoptar herramientas existentes, adaptarlas al contexto local y avanzar hacia desarrollos propios conforme aumenten las capacidades.
La llamada IA de pequeña escala ofrece aplicaciones concretas: identificar enfermedades en cultivos, apoyar a profesores o mejorar servicios médicos. Para México, la oportunidad no consiste solamente en fabricar equipos para la revolución tecnológica estadounidense, sino en incorporar esas herramientas a nuestra economía. Sin electricidad confiable, conectividad, datos y capacitación, los beneficios podrían concentrarse en las empresas que ya de por sí son más productivas.
También existe una dimensión geopolítica. El BM advierte que los chips, modelos y servicios digitales están concentrados en pocas economías. Instalar centros de datos no elimina esas dependencias. Diversificar proveedores, adoptar sistemas compatibles y desarrollar capacidades locales ofrece una ruta más realista que intentar producirlo todo. La autonomía tecnológica consiste también en conservar alternativas.
La prueba decisiva será el empleo. En The Global Jobs Challenge, el Banco Mundial estima que 100 millones de jóvenes de América Latina y el Caribe alcanzarán la edad laboral durante los próximos 10 años. Al mismo tiempo, la automatización podría debilitar las ventajas basadas en salarios bajos y afectar algunos puestos profesionales de entrada. No es una sentencia de desempleo masivo, pero sí una advertencia contra depender exclusivamente del trabajo barato.
Además, mayor productividad no garantiza mejores salarios. Sus ganancias pueden quedarse en las empresas o sus accionistas. Por eso, modernizar la producción debe acompañarse de capacitación, formalización y protección laboral. Infraestructura y energía, agroindustria, salud, turismo y manufacturas con valor agregado ofrecen oportunidades. Si queremos que el futuro del empleo no pertenezca exclusivamente a las empresas tecnológicas, el Estado debe participar activamente.
Financiar esa transformación exige reconciliar estabilidad fiscal e inversión. El FMI recomienda fortalecer los ingresos y proteger el gasto productivo; el Banco Mundial plantea movilizar capital privado mediante reglas claras, financiamiento y garantías. Para México, la tarea es combinar capacidades públicas y privadas, evaluando costos y riesgos, sin convertir la austeridad en abandono de infraestructura ni los incentivos en subsidios permanentes.
Los reportes del FMI y del BM advierten que salir relativamente bien de una crisis no asegura el crecimiento subsecuente. México no debería medir su éxito únicamente por los golpes que consigue resistir, sino por las capacidades que construye mientras los enfrenta.
La geopolítica, la integración comercial y la inteligencia artificial pueden acercarnos y ampliar nuestras oportunidades; sin embargo, convertirlas en prosperidad para todos sigue siendo responsabilidad exclusivamente nuestra.











