Colombia vive uno de los momentos políticos más tensos y simbólicos de su historia reciente. La elección presidencial no solamente definirá el futuro del proyecto encabezado por Gustavo Petro; también se ha convertido en un termómetro continental sobre el rumbo ideológico de América Latina, el desgaste de los gobiernos progresistas y el crecimiento de una nueva ultraderecha que ha aprendido a capitalizar el miedo, la frustración económica y la polarización social.

Lo que ocurre en Colombia no puede analizarse como un fenómeno aislado. Es parte de un reacomodo político regional donde las sociedades parecen oscilar constantemente entre proyectos de transformación social y discursos de orden, autoridad y confrontación.

Hace apenas unos años, la llegada de Petro representó una ruptura histórica. Colombia, un país identificado durante décadas con gobiernos conservadores y una fuerte estructura tradicional de poder, eligió por primera vez a un presidente de izquierda. Su triunfo fue leído en toda América Latina como la consolidación de una nueva ola progresista que incluía a México, Brasil, Chile y Colombia.

Sin embargo, gobernar resultó mucho más complejo que conquistar electoralmente el poder.

Petro llegó con una narrativa profundamente reformista: redistribución social, fortalecimiento del Estado, reformas laborales, agenda ambiental y justicia histórica para sectores excluidos. Pero conforme avanzó su administración comenzaron a surgir tensiones entre las expectativas generadas y la capacidad real del Estado colombiano para responder a ellas.

Aunque Colombia logró mantener ciertos indicadores macroeconómicos relativamente estables, amplios sectores urbanos comenzaron a resentir inflación, pérdida de poder adquisitivo, incertidumbre empresarial y un crecimiento insuficiente para absorber a millones de jóvenes que sobreviven en la informalidad. A ello se sumó un problema todavía más delicado: la persistencia de la violencia territorial y la expansión de economías criminales vinculadas al narcotráfico, la extorsión y el control regional.

En muchas regiones colombianas, el Estado sigue llegando tarde o simplemente no llega. Ahí es donde grupos criminales, liderazgos armados y estructuras ilegales llenan el vacío institucional. Esa fractura entre el discurso nacional y la realidad cotidiana terminó debilitando parte del respaldo ciudadano que impulsó originalmente al petrismo.

Incluso sectores moderados que simpatizaban con cambios sociales comenzaron a demandar estabilidad, resultados tangibles y menos confrontación política permanente.

Ahí es donde emerge el nuevo fenómeno político colombiano: una ultraderecha que dejó de ser marginal y comenzó a ocupar el centro del debate público.

El ascenso de Abelardo de la Espriella refleja precisamente esa nueva etapa. Su discurso conecta con una ciudadanía cansada del conflicto político permanente y preocupada por la seguridad, la economía y la pérdida de confianza institucional. Pero además representa algo más profundo: la consolidación de una derecha antisistema que ya no teme radicalizar el lenguaje político para movilizar emocionalmente a los electores.

Durante años, el discurso antisistema fue monopolio de la izquierda latinoamericana. Hoy eso cambió. La nueva derecha aprendió a utilizar el enojo social, las redes digitales y la frustración cotidiana para construir liderazgo político.

Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador y los sectores más radicales de Colombia comparten una característica: entienden perfectamente que el ciudadano promedio ya no vota únicamente desde la ideología, sino desde el miedo, el desgaste económico y la percepción de caos institucional.

La nueva derecha latinoamericana ya no se presenta solamente como conservadora. Se vende como una fuerza de reacción frente al desorden, la inseguridad y el agotamiento burocrático de las élites tradicionales. Y eso conecta especialmente con clases medias precarizadas, jóvenes sin oportunidades y sectores populares cansados de esperar mejoras que nunca llegan.

Las plataformas digitales aceleraron todavía más esa lógica política. Hoy la conversación pública se mueve menos desde propuestas complejas y más desde emociones inmediatas: indignación, miedo, enojo y confrontación. Los algoritmos premian el escándalo, simplifican debates profundos y empujan a las sociedades hacia posiciones cada vez más radicales.

El problema es que la polarización terminó devorando al centro político.

La elección colombiana parece haberse convertido en una disputa entre extremos donde los matices prácticamente desaparecieron. De un lado, sectores que consideran insuficiente la transformación impulsada por Petro. Del otro, una derecha endurecida que plantea respuestas más agresivas, centralizadas y confrontativas frente a los problemas nacionales.

Y en medio de esa confrontación emerge otro elemento delicado: la erosión de la confianza institucional.

Las recientes acusaciones de fraude, los cuestionamientos al sistema electoral y la narrativa de desconfianza impulsada desde distintos actores políticos profundizan todavía más la tensión democrática. Aunque autoridades y observadores internacionales han descartado irregularidades significativas, el daño político ya está hecho: millones de ciudadanos comienzan a percibir las elecciones desde la sospecha y no desde la legitimidad compartida.

Eso debería preocupar a toda América Latina.

Porque cuando la democracia deja de ser vista como un árbitro legítimo y se convierte únicamente en un instrumento de disputa entre facciones, el riesgo de fractura institucional aumenta considerablemente.

La experiencia colombiana deja varias lecciones para la región. La primera es que ningún proyecto político puede sostenerse únicamente desde la narrativa ideológica. Los gobiernos progresistas necesitan resultados concretos en seguridad, economía y gobernabilidad si quieren mantener legitimidad social a largo plazo.

La segunda es que el crecimiento de la ultraderecha no ocurre en el vacío. Surge precisamente cuando amplios sectores sienten que las instituciones dejaron de resolver problemas reales.

Y la tercera, quizá la más importante, es que América Latina parece haber entrado en una nueva etapa de radicalización política donde tanto izquierda como derecha están dispuestas a tensar cada vez más el lenguaje, las instituciones y la convivencia democrática.

Colombia hoy funciona como espejo para la región. Ahí se refleja el agotamiento de los discursos moderados, el avance de liderazgos emocionales y la enorme fragilidad de democracias que todavía no logran reconciliar justicia social con estabilidad institucional.

El verdadero desafío para América Latina no será únicamente ganar elecciones. Será construir gobiernos capaces de reducir desigualdad sin destruir certidumbre, impulsar reformas sin fracturar instituciones y responder al enojo ciudadano sin alimentar el odio político.

Porque si algo deja hoy la experiencia colombiana, es una advertencia contundente: cuando las sociedades pierden equilibrio económico, social e institucional, los extremos siempre encuentran terreno fértil para crecer.

Mariana García Guillén

Mariana García Guillén es ex diputada local y ex coordinadora de programas sociales en Guerrero, licenciada en Derecho por la UNAM y cuenta con una Maestría en Democracia y Gobernabilidad por la UAM en España. Especialista en gestión pública, comunicación estratégica y marketing político, ha impulsado proyectos sociales y de desarrollo regional.