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La decisión de Guadalupe Taddei de presentar su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral, anunciada ayer domingo y que formalizará este lunes 26 de octubre ante la Cámara de Diputados, merece ser reconocida. En medio de una crisis que comprometía la credibilidad del árbitro electoral, abre una oportunidad para recuperar la confianza pública. Es una decisión que debe celebrarse porque coloca en el centro una exigencia fundamental de la democracia, que la estabilidad y la legitimidad de las instituciones prevalezcan sobre la permanencia de quienes las encabezan.
Su anuncio modifica las circunstancias, pero mantiene vigente la discusión sobre la eliminación del fuero y la necesidad de contar con procedimientos efectivos para exigir responsabilidades. Más allá de la situación de una funcionaria, debemos preguntarnos si nuestras instituciones permiten esclarecer oportunamente los hechos o si todavía ofrecen espacios para que la investidura y las dilaciones procesales se conviertan en formas de impunidad.
Taddei enfrenta señalamientos sobre presuntos conflictos de interés e irregularidades relacionados con proveedores de materiales electorales. La Auditoría Superior de la Federación inició una investigación sobre posibles anomalías en las contrataciones del organismo. Estos hechos deben esclarecerse con rigor, preservando la presunción de inocencia y el debido proceso. La renuncia anunciada constituye una respuesta política relevante, pero no equivale a una admisión de culpabilidad ni debe entenderse como una exoneración.
Para que una democracia sea viable y sostenible, su árbitro electoral debe ser plenamente confiable. Esa confianza permite que quienes pierden una elección acepten sus resultados, que la ciudadanía reconozca el valor de su voto y que las diferencias políticas encuentren una salida pacífica. Cuando la integridad de quien encabeza al árbitro queda sometida a cuestionamientos graves, el daño puede extenderse a decisiones que deberían descansar en una autoridad reconocida por todos.
Desde una valoración política, la continuidad de Guadalupe Taddei se había vuelto insostenible por el deterioro de esa confianza. Por ello, reconocer su decisión es congruente con haber considerado necesaria su salida. La percepción pública es fundamental para fortalecer o debilitar a las instituciones democráticas, y ninguna trayectoria personal puede colocarse por encima de la fortaleza del órgano electoral. Ahora corresponde conducir una transición ordenada que preserve su autonomía, su capacidad técnica y su funcionamiento.
La recuperación de la confianza exigirá también transparencia sobre los hechos investigados y una nueva conducción con solvencia profesional, independencia y autoridad ética. El relevo debe ofrecer garantías a toda la ciudadanía, con independencia de sus preferencias políticas. Un árbitro confiable es un bien público que beneficia tanto a las mayorías como a las minorías y que resulta indispensable para la continuidad democrática.
La renuncia tampoco vuelve innecesaria la revisión de nuestros mecanismos de responsabilidad. Conviene distinguir dos instrumentos jurídicos. La declaración de procedencia, prevista en el artículo 111 constitucional y conocida coloquialmente como desafuero, permite remover el obstáculo procesal para proceder penalmente contra determinados servidores públicos. Por su parte, el juicio político atiende responsabilidades por actos u omisiones que perjudican gravemente los intereses públicos fundamentales. En este último, la Cámara de Diputados acusa y el Senado resuelve; sus sanciones pueden ser la destitución y la inhabilitación. No son procedimientos intercambiables.
Esta diferencia tiene una consecuencia importante ante el anuncio de renuncia. La separación del cargo no cancela por sí misma las posibles responsabilidades. La Constitución permite iniciar el juicio político durante el ejercicio de las funciones y dentro del año siguiente a su conclusión. Por ello, cualquier denuncia que reúna los requisitos legales debe examinarse conforme a derecho, sin prejuzgar su resultado y sin considerar que el relevo institucional agota la obligación de rendir cuentas.
El juicio político no puede transformarse en una votación de simpatías o en una sanción por pérdida de popularidad; exige acreditar conductas y encuadrarlas en las causas previstas por la ley. Precisamente por eso resulta indispensable que las denuncias sean examinadas oportunamente. La legislación ya contempla un plazo de treinta días hábiles para el examen previo y exige elementos probatorios. El desafío consiste en asegurar que esas reglas produzcan decisiones y que las etapas posteriores no se conviertan en espacios de indefinición.
Además, es necesario analizar la conveniencia de reformar la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos y la propia Ley Orgánica del Congreso para armonizar las disposiciones parlamentarias y establecer una ruta verificable desde la recepción de la denuncia hasta su resolución. Debemos contar con plazos expresos para cada etapa, decisiones fundadas y mecanismos que impidan que la falta de convocatoria, los turnos pendientes o las omisiones deliberadas paralicen los procedimientos.
Una denuncia no debe prosperar automáticamente porque venza un plazo, pero tampoco desaparecer porque nadie quiera resolverla. La ciudadanía tiene derecho a conocer quién debe actuar, qué diligencias faltan y por qué un expediente permanece detenido. Esa transparencia protege también a la persona denunciada, que merece una decisión fundada y no una acusación indefinida. Impedir las dilaciones significa hacer compatible la prontitud con el derecho de defensa.
Al mismo tiempo, debemos retomar la eliminación de la inmunidad procesal. Existen preocupaciones legítimas sobre el riesgo de utilizar la justicia como instrumento de persecución política. Es necesario atenderlas mediante fiscalías profesionales, jueces independientes y garantías efectivas, pero siempre observando la protección de las opiniones y los actos propios de la función parlamentaria, lo cual es indispensable para la democracia.
Desde el Segundo Piso de la Transformación tenemos la responsabilidad de convertir la exigencia de honestidad en cambios concretos. La regeneración de la vida pública demanda instituciones capaces de investigar y resolver, incluso cuando hacerlo resulte políticamente incómodo. Celebramos la decisión anunciada por Guadalupe Taddei porque abre una oportunidad para recuperar la confianza en el INE al facilitar el esclarecimiento de los hechos. La salida de una funcionaria puede contribuir a superar una crisis, pero la igualdad ante la ley debe permanecer como una garantía para toda la sociedad.

Diputado Alfonso Ramírez Cuéllar

Fundador y presidente nacional del movimiento “El Barzón”, Asambleísta en la II Legislatura del Distrito Federal, donde presidió la Comisión de Educación, y Diputado Federal en las legislaturas LVII, LIX y LXIV, desempeñándose como Secretario de la Comisión de Hacienda y Crédito Público, Presidente de la Comisión Especial de Investigación del IPAB, y Presidente de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública, respectivamente. Fue Presidente Nacional de MORENA en 2020 y Coordinador Nacional de Sectores Sociales, Productivos y Económicos durante la campaña presidencial de la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo. Actualmente es Diputado Federal en la LXVI Legislatura y Vicecoordinador del Grupo Parlamentario de MORENA en la Cámara de Diputados.