Algo está cambiando en los mercados internacionales. El dólar, durante décadas refugio por excelencia en momentos de incertidumbre, atraviesa un nuevo episodio de debilidad frente a las principales monedas del mundo. No significa que esté perdiendo su condición de moneda de reserva, ni mucho menos que estemos frente al fin de su hegemonía., sino que los inversionistas están reconsiderando cuánto quieren pagar por mantener activos estadounidenses y cuánto rendimiento exigen para financiarlos.
El movimiento del 19 de agosto es ilustrativo. El Tesoro estadounidense anunció que duplicará, como mínimo, sus recompras de bonos de largo plazo para dar liquidez a un mercado presionado por rendimientos que habían alcanzado niveles no vistos desde 2007. De manera inmediata, bajaron las tasas largas y el Bloomberg Dollar Spot Index cayó 0.8%, hasta su nivel más bajo en tres meses, con el dólar perdiendo terreno frente a prácticamente todas las principales divisas.
Pero la problemática principal es que los déficits fiscales ya son cercanos a dos billones de dólares anuales, la deuda estadounidense se aproxima a los 40 billones y el mercado que empieza a exigir una prima mayor para absorber cantidades crecientes de bonos. Es parte de lo que Mohamed El-Erian describe como una economía mundial que dejó atrás el antiguo equilibrio de globalización predecible y entró en una transición permanente, marcada por tensiones geopolíticas, intervención económica de los Estados y nuevos riesgos financieros.
¿Y México? Aquí comienza lo interesante. El peso cerró este miércoles alrededor de 16.95 por dólar, frente a casi 18 pesos al cierre de 2025. En menos de ocho meses se ha apreciado cerca de 6%. Y un peso fuerte produce efectos mucho más complejos de lo que sugiere la celebración habitual cuando “baja el dólar”.
Para los consumidores y las empresas que importan maquinaria, tecnología, combustibles o insumos, es una buena noticia. Cada dólar cuesta menos pesos. Esto reduce costos de producción y, sobre todo, ayuda a contener la inflación importada. No es casualidad que la inflación general se ubicara en julio en 3.12%, mientras Banco de México reconoce explícitamente la apreciación del peso como parte de las condiciones que inciden sobre el panorama inflacionario.
Sin embargo, para el sector exportados, un peso fuerte no es tan buena noticia. Una empresa que vende en dólares pero paga salarios, electricidad y buena parte de sus costos en pesos recibe menos moneda nacional por cada dólar facturado. Además, un peso que se aprecia eleva, medidos en dólares, los costos mexicanos frente a competidores de otras economías. Y es importante tener en cuenta que alrededor de 83% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos.
Afortunadamente, buena parte de nuestra industria exportadora también importa componentes y bienes intermedios, que se abaratan con un peso fuerte, y esto funciona como amortiguador. Por eso el efecto no es uniforme. Una maquiladora con alto contenido importado puede beneficiarse mucho más que una empresa cuyo valor agregado se genera casi por completo en México.
En otras palabras, un peso excesivamente fuerte puede comenzar a convertirse de símbolo de estabilidad en problema de competitividad. Y esto importa especialmente en momentos en que México busca capturar inversiones derivadas de la reorganización de las cadenas productivas globales.
También es necesario tener los efectos en la deuda pública, que son, en general, positivos. Al cierre de junio, aproximadamente 83.5% de la deuda del Gobierno Federal era interna y 16.5% externa. La deuda externa bruta federal ascendía a unos 171 mil millones de dólares. Cuando el peso se fortalece, el valor en pesos de esos pasivos disminuye y también lo hace su costo financiero expresado en moneda nacional.
No es sólo teoría. Hacienda informó que durante el primer semestre el costo financiero de la deuda disminuyó 4.8% real respecto al año anterior y quedó 111 mil millones de pesos por debajo de lo programado, explicado parcialmente por la apreciación cambiaria, que redujo el costo de los pasivos denominados en moneda extranjera.
También existe una oportunidad en las nuevas emisiones. Para colocar un bono soberano en dólares, México paga esencialmente la tasa libre de riesgo estadounidense más una prima por riesgo mexicano. Si las recompras del Tesoro consiguen moderar los rendimientos de largo plazo, como ocurrió esta semana, México puede encontrar ventanas más favorables para refinanciar, recomprar deuda cara o extender vencimientos.
Para los bonos denominados en pesos aparece además el atractivo del carry trade. Banco de México mantiene su tasa de referencia en 6.50%, mientras la Fed tiene su tasa entre 3.50% y 3.75%. Ese diferencial, acompañado por una moneda que se aprecia, hace atractivos los activos mexicanos para inversionistas internacionales.
Pero ahí está también el riesgo. Los flujos atraídos por altas tasas y ganancias cambiarias pueden revertirse rápidamente. Basta un nuevo episodio inflacionario en Estados Unidos, mayores tensiones geopolíticas o un cambio en las expectativas de la Fed para fortalecer nuevamente al dólar y deshacer parte del llamado carry trade.
Para Banxico, por tanto, el dólar débil representa un colchón, no una licencia para bajar tasas aceleradamente. Una moneda fuerte disminuye las presiones inflacionarias provenientes del exterior y eventualmente amplía el espacio para una política monetaria menos restrictiva. Sin embargo, recortar demasiado rápido podría reducir el diferencial de tasas, provocar salidas de capital y devolver la presión al tipo de cambio. De hecho, el Banco de México decidió en agosto mantener su tasa en 6.50% y señaló que considera apropiado conservarla por ahora en ese nivel.
De tal forma, nuestras finanzas públicas presentan una paradoja. Un peso fuerte reduce el costo de la deuda externa, pero también reduce algunos ingresos. Hacienda reconoció que durante el primer semestre la apreciación cambiaria afectó los ingresos petroleros porque cada dólar obtenido por las ventas de hidrocarburos se convierte en menos pesos. Y durante el primer trimestre ocurrió algo similar con la recaudación del IVA de importaciones y del Impuesto General de Importación, pues al disminuir el valor en pesos de las mercancías importadas, también disminuyó su base gravable.
Es decir, no existe un tipo de cambio perfecto para todos. Un dólar barato beneficia al consumidor, reduce inflación, abarata insumos y disminuye el peso de la deuda externa. Pero también comprime márgenes exportadores, resta ingresos petroleros y aduaneros y puede alimentar una dependencia excesiva de capitales atraídos por el diferencial de tasas.
México tiene hoy una oportunidad. Puede aprovechar el dólar débil para mejorar el perfil de su deuda, reducir costos financieros, facilitar importaciones de maquinaria y tecnología y consolidar la desinflación. Pero la oportunidad será mayor si utiliza ese espacio para corregir gradualmente el déficit y fortalecer su posición fiscal.
Todas estas lecciones deberán ser tomadas en cuenta por el Congreso mexicano durante las próximas discusiones del Paquete Económico 2027, que será entregado por la Secretaría de Hacienda, para encontrar el equilibrio que nos encamine a una prosperidad compartida.









