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El diablo ha tenido muchos nombres y rostros. En distintas tradiciones aparece como adversario, tentador o sembrador de discordia. Pero su engaño más eficaz siempre ha sido parecido, hacer pasar el daño por un bien. Ofrecer la destrucción como remedio, la violencia como justicia, la guerra como camino hacia la paz.

Cuando las guerras de Irak y Afganistán ya habían mostrado el costo de la política exterior de George W. Bush, Hugo Chávez subió a la tribuna de la Asamblea General de la ONU y dijo que todavía olía a azufre, comparando al presidente estadounidense con el diablo. Hoy, al escuchar a Donald Trump amenazar con aniquilar a Irán y anunciar el cambio que desea para Cuba desde ese mismo lugar, el olor vuelve a ser reconocible. Cambió el presidente, pero persiste la pretensión de decidir desde Washington el destino de otros pueblos.

Trump planteó ante la Asamblea la posibilidad de “aniquilar” a Irán si no se alcanzaba un acuerdo. También afirmó que su gobierno busca un “cambio fundamental” en Cuba y pronosticó la caída de su gobierno. Lo dijo desde la tribuna de una organización fundada después de la Segunda Guerra Mundial para impedir que la fuerza volviera a ser la única regla entre los Estados.

Ahí reside la gravedad de su discurso. En el lugar donde las naciones deberían hablar para evitar la guerra, el presidente de la mayor potencia militar habló de aniquilación. La Carta de la ONU obliga a resolver las controversias por medios pacíficos y prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial y la independencia política de los Estados. Trump trató esos principios como si fueran una molestia que el poder estadounidense puede dejar de lado.

Su discurso, además, pervierte el significado de la paz. Aseguró que atacar Irán había sido necesario para preservarla y después ofreció un acuerdo bajo la sombra de una amenaza devastadora. ¿Qué clase de negociación es aquella en la que una parte pone sobre la mesa la supervivencia de la otra? Llamar paz a ese ultimátum no lo vuelve menos peligroso. Sólo intenta hacer aceptable lo que debería resultar intolerable.

Las palabras de Trump no se quedan dentro del salón de la Asamblea. En medio de una guerra, una amenaza de aniquilación puede cerrar espacios para negociar y alentar una nueva escalada. Para los demás países deja otra advertencia: si una potencia desafía abiertamente las reglas desde la tribuna de la ONU, cualquiera puede convertirse mañana en el blanco de una exigencia semejante. Y para la población iraní, escuchar hablar de su destrucción significa ver reducidas sus vidas y sus generaciones futuras a una ficha de presión.

Con Cuba, el lenguaje fue distinto, pero la lógica de poder es reconocible. Trump anunció el cambio que desea para otro país como si su futuro correspondiera decidirlo en Washington. La situación de un gobierno puede ser objeto de crítica internacional; su destino no puede convertirse en una atribución de una potencia extranjera. La soberanía pierde todo sentido si depende de agradar al presidente de Estados Unidos.

Frente a esa visión se escucharon voces latinoamericanas. Lula da Silva defendió el multilateralismo y rechazó las injerencias estadounidenses con una frase que trasciende a Brasil: su país “no cabe en el patio trasero de nadie”. Tampoco Cuba, Irán ni ningún otro Estado debería caber en él. La igualdad soberana no puede ser un privilegio reservado a quienes tienen suficiente fuerza para hacerse respetar.

Desde México, el canciller Roberto Velasco reivindicó la igualdad jurídica de los Estados, el respeto a la integridad territorial y la solución pacífica de las controversias. Esos principios se ponen verdaderamente a prueba cuando quien los desafía es el vecino más poderoso. Si sólo protegen a los países que no incomodan a Washington, dejan de ser principios y se convierten en permisos que Washington concede o retira.

Las antiguas historias sobre el diablo advertían que su mayor habilidad consistía en hacer pasar el daño por un bien. La ONU fue fundada por una humanidad que ya conocía las consecuencias de ese engaño a escala mundial. Trump habló de aniquilación y la llamó paz; habló del destino de otros pueblos como si le perteneciera. Por eso, dos décadas después de Chávez, aún huele a azufre en la Asamblea General. El rostro ha cambiado. La tentación de someter al mundo por la fuerza sigue ahí.

Juan Jacob Villagómez Salgado

Politólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Administración Pública por el Instituto Politécnico Nacional y Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Se ha desempeñado como analista en la iniciativa privada, funcionario en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM e investigador doctoral en el Instituto Autónomo de México. Actualmente, se desempeña como asesor legislativo en la Cámara de Diputados. Cuenta con una amplia experiencia docente de licenciatura y posgrado en instituciones como la Facultad de Ciencias Políticas Sociales de la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Autónoma de Baja California. En el ámbito de la investigación, ha participado en diversos proyectos nacionales e internacionales sobre representación parlamentaria, transparencia legislativa y diseño institucional. Es autor y coautor de capítulos de libro y artículos en revistas académicas, en temas como comisiones legislativas y control parlamentario en legislaturas subnacionales, representación política y participación política femenina en congresos locales.