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Colombia despertó esta semana entre escombros. El terremoto de magnitud 7.4 que sacudió el occidente del país el lunes 10 de agosto ha dejado una tragedia cuya dimensión todavía no termina de conocerse. Los reportes más recientes situaban la cifra alrededor de 224 personas fallecidas, más de mil 300 heridas y cientos todavía desaparecidas. Cali, Pereira, Manizales y Quibdó figuran entre las ciudades más golpeadas, mientras las labores de búsqueda continúan y los balances cambian conforme los equipos de rescate consiguen llegar a las zonas afectadas.

Detrás de cada número hay familias que perdieron a alguien, personas que siguen esperando noticias y comunidades que tendrán que reconstruirse prácticamente desde los escombros. Cali registra decenas de edificios colapsados, hospitales dañados y cientos de personas atrapadas o desaparecidas; en Pereira, una de las ciudades más afectadas, barrios enteros presentan daños severos. Cerca del epicentro, en Chocó, las dificultades de acceso y comunicación han complicado incluso conocer con precisión la magnitud de la emergencia.

Pero mientras Colombia intenta recuperarse de este terremoto real, apenas unos días antes había experimentado otro movimiento, esta vez político.

El 7 de agosto tomó posesión Abelardo De La Espriella, abogado penalista, empresario y figura mediática que llegó a la Presidencia sin haber ocupado previamente un cargo público. Su victoria significó un fuerte viraje hacia la derecha después del gobierno de Gustavo Petro y llevó al poder a un personaje que construyó buena parte de su atractivo político alrededor de la confrontación y de una narrativa de mano dura.

De La Espriella hizo campaña prometiendo combatir frontalmente al narcotráfico y a los grupos armados, reducir hasta 40 por ciento el tamaño del Estado y aplicar un severo programa de austeridad. Donald Trump respaldó públicamente su candidatura y el nuevo mandatario colombiano se ha mostrado cercano a la agenda de seguridad impulsada desde Washington.

Cuatro días después de asumir el cargo, la realidad modificó abruptamente el guion.

Ninguna campaña prepara completamente a un gobernante para enfrentar una catástrofe natural, pero es precisamente en situaciones extraordinarias cuando aparecen cualidades que durante una elección pueden permanecer ocultas detrás de discursos, publicidad y redes sociales: capacidad de coordinación, sensibilidad, serenidad y sentido de Estado.

De La Espriella declaró el estado de emergencia y anunció una operación coordinada para atender el desastre. Su gobierno movilizó recursos y las autoridades han concentrado esfuerzos en rescates, atención médica y seguridad en las ciudades afectadas. Es importante reconocer estas acciones porque evaluar una crisis exige observar resultados y no solamente formas. Sin embargo, las formas también importan cuando se gobierna.

Durante una de sus primeras apariciones públicas después del terremoto, el presidente fue captado saludando efusivamente, enviando besos al público y riendo en algunos momentos. Puede parecer un asunto menor frente a la dimensión de la tragedia, pero no lo es. En política, y mucho más durante una emergencia, los gestos también comunican.

Aquí aparece quizá la primera gran prueba de De La Espriella, quien durante años construyó una figura pública cercana al espectáculo, la provocación y la exposición mediática. Ese estilo pudo resultar eficaz para conquistar votos, pero ejercer la Presidencia exige algo distinto. Gobernar no es prolongar una campaña electoral. Hay momentos en los que un mandatario debe dejar de interpretar al personaje que lo llevó al poder para convertirse plenamente en jefe de Estado.

La ironía de la historia es difícil de ignorar. El hombre que llegó prometiendo provocar un terremoto en la política colombiana comenzó su gobierno enfrentando uno verdadero.

El primero, el político, fue producto de las urnas y representa una decisión democrática que deberá juzgarse con el tiempo. El segundo no distingue entre izquierdas y derechas, adversarios o simpatizantes. Frente a una tragedia de esta magnitud, la obligación del gobierno no es polarizar, provocar ni mantener vivo al personaje de campaña, es rescatar, coordinar, informar, acompañar y reconstruir.

De La Espriella quería sacudir Colombia. Ahora tiene frente a sí una responsabilidad mucho mayor, demostrar que también sabe ayudarla a levantarse.

Juan Jacob Villagómez Salgado

Politólogo por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Administración Pública por el Instituto Politécnico Nacional y Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Se ha desempeñado como analista en la iniciativa privada, funcionario en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM e investigador doctoral en el Instituto Autónomo de México. Actualmente, se desempeña como asesor legislativo en la Cámara de Diputados. Cuenta con una amplia experiencia docente de licenciatura y posgrado en instituciones como la Facultad de Ciencias Políticas Sociales de la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Autónoma de Baja California. En el ámbito de la investigación, ha participado en diversos proyectos nacionales e internacionales sobre representación parlamentaria, transparencia legislativa y diseño institucional. Es autor y coautor de capítulos de libro y artículos en revistas académicas, en temas como comisiones legislativas y control parlamentario en legislaturas subnacionales, representación política y participación política femenina en congresos locales.