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En el nuevo mapa político global, las viejas categorías de izquierda y derecha han comenzado a diluirse. Hoy, la disputa se reconfigura entre proyectos progresistas que buscan sostener al Estado como garante de derechos y corrientes libertarias o de ultraderecha que apuestan por su reducción o captura. En ese contexto, Morena enfrenta uno de los momentos más complejos de su historia: ya no es solo un movimiento que irrumpe, es un gobierno que debe consolidarse y un partido que debe sobrevivir a su propio crecimiento.

La participación de Claudia Sheinbaum en la cumbre progresista de Barcelona no es un hecho menor. Es un posicionamiento. En un mundo convulsionado por conflictos geopolíticos y por el avance de fuerzas conservadoras, México decide colocarse en una conversación global donde se discute algo más profundo que la coyuntura: el modelo de sociedad que se quiere construir. La presidenta no solo asiste; se inserta en una narrativa que busca articular un bloque progresista con capacidad de incidir más allá de sus fronteras.

Pero mientras ese discurso se proyecta hacia afuera, hacia adentro el reto es mucho más coyuntural y refleja un giro en la navegación, con objetivos no solo electorales.

Como gobierno, Morena enfrenta la tensión natural de todo proyecto que llega al poder: administrar sin traicionar. Gobernar implica tomar decisiones que no siempre son populares, equilibrar intereses, responder a crisis y entregar resultados tangibles. La legitimidad ya no se sostiene en la narrativa del cambio, sino en la eficacia cotidiana. Seguridad, economía, servicios públicos y estabilidad institucional son ahora la vara con la que se mide al movimiento. Y en esa medición, el margen de error es cada vez menor.

Sin embargo, el desafío más delicado está en su dimensión partidista.

Morena creció demasiado rápido. Pasó de ser un vehículo de transformación a convertirse en la principal fuerza política del país. Ese crecimiento, que en lo electoral es una fortaleza, en lo orgánico representa un riesgo. A mayor tamaño, mayor diversidad de intereses. A mayor número de aspirantes, mayor presión interna. Y a mayor poder, mayor tentación de replicar las prácticas que durante años criticó.

Hoy, además, ese crecimiento ya no es solo nacional: Morena es el segundo partido más grande del mundo en número de afiliados. Esa dimensión implica una responsabilidad distinta y, sobre todo, la necesidad de ajustes constantes para mantener cohesión, identidad y viabilidad electoral en un entorno cada vez más competido.

En ese contexto se entienden los movimientos recientes como parte de una vuelta de timón. La salida Citlalli Hernández de la Secretaría de las Mujeres para encabezar la operación electoral rumbo a 2027. La salida de Luisa María de la dirigencia del partido para incorporarse al Gabinete. No son movimientos menores: es una clara decisión estratégica y significa que la presidenta ha decidido intervenir de forma directa en la definición del futuro del partido.

La reorganización de perfiles clave en la operación política, no responde únicamente a una lógica administrativa: es una decisión que revela prioridades. Fortalecer el gobierno, sí, pero también ordenar al partido con un objetivo claro: mantener las alianzas, ganar los estados en disputa y asegurar la mayoría en la Cámara.

Porque hoy la disputa no es menor. No se trata solo de conservar el poder, sino de sostener la capacidad de transformación desde el Congreso y los territorios. Y para ello, Morena necesita algo más que narrativa: necesita operación política fina.

La operación que viene será compleja. Las reglas están planteadas: encuestas como mecanismo de selección y evaluación; separación de cargos para quienes aspiren y un discurso de combate al nepotismo. En el papel, el modelo busca garantizar legitimidad. En la práctica, su credibilidad dependerá de que se aplique sin excepciones. Cada candidatura cuestionada, cada imposición percibida o cada privilegio otorgado a aliados erosionará no solo al partido, sino al gobierno en su conjunto.

Y es ahí donde entran las alianzas.

La relación con el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México ha sido clave para construir mayorías. Pero también representa una zona de tensión permanente. Ambos partidos tienen intereses propios, liderazgos locales y una lógica pragmática que no siempre coincide con el discurso fundacional de Morena. La pregunta no es si se mantendrán las alianzas, sino bajo qué condiciones.

Ceder demasiado puede diluir la identidad del movimiento. Resistir demasiado puede fracturar la coalición.

Ese equilibrio será una de las pruebas más finas de la operación política de la presidenta.

Morena nació como una respuesta a un sistema que la ciudadanía percibía como cerrado, corrupto y distante. Hoy, desde el gobierno, corre el riesgo de ser visto bajo esa misma lógica si no logra diferenciarse en la práctica.

Por eso la dimensión internacional también juega un papel clave. La presencia de la presidenta en espacios globales donde se debate sobre la democracia y sus alcances no es solo diplomacia; es construcción de legitimidad. En un momento donde los liderazgos progresistas buscan reorganizarse frente a la presión de nuevas derechas, México intenta posicionarse como un actor congruente, eficaz y eficiente. Esa proyección fortalece el discurso interno, pero también eleva las expectativas del quehacer doméstico.

Entonces, ¿cómo saldrá esta encomienda?

La respuesta no es sencilla, pero sí clara en sus condiciones. Morena puede consolidarse como un proyecto de largo plazo si logra ordenar su crecimiento, mantener reglas claras, seleccionar perfiles honestos y competitivos, que permitan no solo ganar, sino sostener una narrativa coherente con el ejercicio de gobierno de la presidenta. Si lo consigue, no solo ganará elecciones: se convertirá en referente regional de un progresismo que gobierna y perdura.

Pero si falla en ese intento, si el partido se fragmenta, si las alianzas se imponen sobre el proyecto o si las decisiones internas erosionan la confianza pública, el riesgo no es menor. No se trataría solo de perder terreno electoral, sino de diluir el sentido mismo del movimiento.

Porque el verdadero desafío de Morena hoy ya no es llegar al poder. Es saber hacer lo correcto con él sin perderse en el camino.

Y en esa definición —compleja, inevitable y profundamente política— se juega no solo el futuro del partido, sino el lugar que ocupará México en el nuevo orden mundial que está emergiendo.

La presidenta lo tiene claro, esperamos que el partido del que emerge el poder popular también.

Mariana García Guillén

Mariana García Guillén es ex diputada local y ex coordinadora de programas sociales en Guerrero, licenciada en Derecho por la UNAM y cuenta con una Maestría en Democracia y Gobernabilidad por la UAM en España. Especialista en gestión pública, comunicación estratégica y marketing político, ha impulsado proyectos sociales y de desarrollo regional.