Esta semana, dos eventos que parecen no tener nada que ver entre sí deberían leerse juntos, porque juntos cuentan algo más importante que cualquiera de ellos por separado.
El escritor mexicano Gonzalo Celorio recibió el Premio Cervantes 2025 hoy, 23 de abril, de manos de los Reyes de España en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el máximo reconocimiento de las letras en español. Y apenas días antes, la presidenta Claudia Sheinbaum viajó a Barcelona para la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, un gesto diplomático de acercamiento con el gobierno español tras ocho años de rispidez en la relación bilateral. El presidente español Pedro Sánchez lo dijo sin rodeos: «Hoy damos por superadas las diferencias y abrimos una nueva etapa entre México y España».
Dos guiños. Uno cultural, otro político. Los dos apuntan en la misma dirección.
La relación que ya existe
España es el segundo inversor mundial en México, solo detrás de Estados Unidos. No es un dato menor. En 2024, la inversión española en México creció un 69% respecto al año anterior, alcanzando 3,025 millones de euros, su nivel más alto desde 2018. Acumulada entre 2006 y 2024, la inversión española en México supera los 55,735 millones de dólares, concentrada históricamente en servicios financieros.
México, por su parte, es el sexto mayor inversor en España, con 34,748 millones de euros, con presencia relevante en manufactura, energía, comercio y servicios financieros. La relación bilateral de inversión en ambos sentidos ya supera los 100 mil millones de euros acumulados. Más de 500 mil puestos de trabajo en México están respaldados por inversión española, y más de 5,200 empresas españolas operan en territorio mexicano.
El TMEC ya no será lo que era
Ahí está el nudo del asunto. México exporta hacia Estados Unidos más del 80% de lo que vende al mundo. Eso, que fue una fortaleza durante décadas, hoy es una vulnerabilidad estructural.
El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, comunicó a líderes empresariales en México que los aranceles impulsados por Trump no desaparecerán, incluso con la próxima revisión del TMEC. El mensaje fue directo: «los aranceles han llegado para quedarse». Estados Unidos subió los aranceles al acero y aluminio de 25 a 50 por ciento desde junio de 2025.
Los números ya duelen. Las exportaciones mexicanas de productos de acero hacia Estados Unidos cayeron 24% en 2025 frente a 2024, y en el primer bimestre de 2026 la caída llega a 54%. Las exportaciones de material de transporte, que incluyen vehículos y autopartes, cayeron 7% en 2025 y 17% en el arranque de 2026. El secretario Marcelo Ebrard confirmó que el modelo de libre comercio como se conocía difícilmente regresará. México no puede seguir apostando a un solo tablero cuando las reglas de ese tablero cambiaron.
El modelo Brasil
Hay una lección a 15 horas de vuelo que vale la pena revisar. Brasil ha construido durante dos décadas algo que México nunca priorizó: diversificación real de destinos de exportación. Los principales socios comerciales de Brasil son China con el 27% del total de exportaciones, Estados Unidos con el 11%, Argentina con el 5%, Países Bajos con el 4%, y Chile y España con el 3% cada uno. Ningún socio tiene más de tres veces el peso del siguiente. Eso es lo que los economistas llaman resiliencia comercial.
Brasil exportó bienes por 339,700 millones de dólares en 2023, con un superávit comercial que alcanzó el 2.4% del PIB. Y cuando Washington sube tarifas, Brasil negocia desde otro piso: el de quien tiene opciones.
México debería tomar una ruta seria para su diversificación comercial así como de fuentes de inversión. España es una apuesta importante, así como toda la Unión Europea. Hemos sido negligentes como país durante 30 años en lograr una diversificación comercial, pero el nuevo orden mundial nos obliga a corregir el rumbo.







