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Hay reuniones que se convocan por protocolo y reuniones que el mundo necesita. Las Spring Meetings del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que arrancan el lunes 13 de abril en Washington, D.C., pertenecen con claridad a la segunda categoría. Los ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales de los países miembros se reúnen del 13 al 18 de abril para abordar el panorama económico mundial, el desarrollo internacional y los mercados financieros.  Pero esta vez el telón de fondo es inusualmente tenso: el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán sigue sin resolverse, el estrecho de Ormuz acaba de reabrir después de semanas de cierre, y los precios del crudo siguen presionando la inflación global. Los organismos multilaterales llegan a Washington a diagnosticar un paciente con fiebre alta.

El conflicto con Irán no es solo una crisis de seguridad regional. Es, como hemos argumentado antes en esta columna, una perturbación económica de primera magnitud. Con Ormuz cerrado durante semanas, el petróleo superó los 110 dólares por barril, generando un choque inflacionario que obligó a los bancos centrales de todo el mundo, incluyendo los de América Latina, a postponer recortes de tasas que ya tenían agendados. El resultado: menor consumo, menor inversión, mayor deuda más cara. Las reuniones de primavera del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional tendrán que lidiar con esa herencia sin haber terminado de digerirla.

En ese marco llegó el Banco Mundial con su actualización más reciente sobre América Latina y el Caribe, publicada precisamente esta semana. El diagnóstico es claro y no especialmente optimista. El Banco Mundial redujo su estimación de crecimiento para la región a 2.1% en 2026, por debajo del 2.4% registrado en 2025, citando los desafíos estructurales de larga data de la región, combinados con altos costos de financiamiento, demanda externa débil, tensiones geopolíticas e inflación persistente.  La región, una vez más, está entre las de menor crecimiento del mundo.

El desglose por países revela tensiones distintas pero convergentes. México, donde la revisión del T-MEC ha alimentado la incertidumbre y golpeado los flujos de inversión, crecerá apenas 1.3% en 2026.  Un número que refleja la parálisis de la inversión privada y la dependencia estructural del mercado estadounidense en un momento en que ese mercado también desacelera. Brasil, cuya tasa Selic al 15% sigue suprimiendo el consumo de los hogares, apenas alcanzaría el 1.6% este año. Chile y Colombia muestran cifras algo más alentadoras, pero igualmente modestas. Chile crecería 2.2%, Peru 2.5% y Colombia 2.6% en 2026. Uruguay, el menos mencionado en los análisis regionales pero uno de los más sólidos en términos institucionales, mantiene un desempeño estable apoyado en su diversificación y su disciplina fiscal.

Los problemas de fondo no son todos importados. La debilidad de la productividad laboral, que apenas ha mejorado en dos décadas, ha estancado el crecimiento del ingreso y limitado la capacidad fiscal de los gobiernos. En Brasil y Argentina, la alta concentración de mercado y las barreras regulatorias siguen suprimiendo la inversión; en Perú y Colombia, las grandes economías informales limitan el crecimiento de las empresas. Son males crónicos que ningún conflicto externo causó, pero que cualquier choque externo agrava. El Banco Mundial recomienda que los países «hagan bien lo básico primero»: invertir en habilidades, mantener economías abiertas y fortalecer las instituciones para crear un entorno donde los negocios prosperen.  Consejo sensato, pero difícil de seguir en medio de una tormenta.

Y aquí viene la variable que los modelos económicos tienden a subestimar: tres de las principales economías de la región, Brasil, Colombia y Perú, celebran elecciones presidenciales este año. En Brasil, el presidente Lula envía señales de posicionamiento electoral ante una campaña que arranca con el Banco Mundial rankeando a su economía cerca del fondo de la región.  En Colombia, la incertidumbre política ya presiona las calificaciones crediticias. En Perú, la inestabilidad es tan crónica que los ciclos electorales son casi indistinguibles de la normalidad. El problema es que cuando los países entran en modo electoral tienden a aplazar reformas estructurales, aumentar el gasto público y evitar decisiones impopulares pero necesarias. En un año donde el margen de maniobra ya es estrecho, ese aplazamiento puede costar caro.

Las reuniones de Washington no resolverán ni el conflicto iraní ni la baja productividad de América Latina. Pero sí fijarán el tono del debate económico global para los próximos meses. En un mundo que ya no discute cómo integrarse, sino cómo sobrevivir a su propia fragmentación, llegar con números débiles y calendarios electorales cargados no es la mejor posición negociadora. La región tiene activos reales: litio, cobre, energía limpia, capital humano. El desafío es que la política no desperdicie lo que la geografía ofreció.

Sergio F. Vargas Téllez

Economista por el CIDE y Maestro en Administración Pública y Desarrollo Internacional por la Universidad de Harvard, EE.UU. Cuenta con más de 14 años de experiencia en el sector público a nivel federal y estatal, así como en organismos internacionales. Imparte la materia Implementación de Políticas Públicas en la Maestría de Gestión Pública del CIDE. Fue Secretario de Desarrollo Económico del estado de Hidalgo, Coordinador de Asesores del Subsecretario de Hacienda y Crédito Público. Actualmente es Asesor en el Senado de la República para el Grupo Parlamentario Morena.