Casi diez años después de su última visita, Donald Trump regresó a Pekín para reencontrarse con el presidente Xi Jinping en un contexto geopolítico profundamente distinto.
Si en aquel momento Estados Unidos aún mantenía y ostentaba el liderazgo político y militar global, el pasado 13 de mayo el presidente Xi Jinping, al iniciar su encuentro con el mandatario estadounidense, evocó en su discurso la famosa “trampa de Tucídides”[i]. Con ello fijó, desde el inicio el tono estratégico de la reunión y colocó sobre la mesa la idea de un punto de inflexión en la relación entre las dos principales potencias del sistema internacional.
Trump no formuló una respuesta pública de fondo sobre ese concepto. Esa omisión puede leerse como un reconocimiento tácito de una realidad cada vez más evidente: China ya no es únicamente un competidor económico, sino una potencia global con capacidad de disputar espacios de influencia política, tecnológica, comercial y militar a Estados Unidos.
El encuentro se desarrolló después de una serie de crisis que debilitaron la posición política y diplomática de Washington. A los escándalos internos que afectaron al presidente estadounidense (caso Epstein) se sumaron reveses geopolíticos relevantes, entre ellos la guerra con Irán, que no produjo beneficios claros para Estados Unidos, tensó su relación con aliados históricos de la península arábiga, generó una crisis energética internacional y mostró que su poderío militar tiene límites objetivos, evidenciando, además decisiones sumamente erráticas y éticamente insostenibles.
Además, la actuación estadounidense proyectó la percepción de que la decisión de escalar el conflicto respondió más a las presiones e intereses del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que a una estrategia propia y coherente del gobierno de Estados Unidos.
En esas condiciones se celebró el encuentro con el presidente chino. Era previsible que, pese a la presencia de una amplia delegación de secretarios de Estado y empresarios, no se alcanzaran acuerdos sustantivos de carácter definitivo. El resultado consistió, sobre todo, en compromisos generales: la creación de dos juntas o mecanismos bilaterales para comercio e inversiones, así como promesas orientadas a redefinir la política arancelaria y las compras de bienes y servicios.
Por su parte, Xi Jinping introdujo con claridad el tema de Taiwán como una línea roja para China. Solicitó a Estados Unidos dejar de apoyar cualquier vía que pudiera interpretarse como impulso a la independencia taiwanesa y reiteró que ese asunto constituye uno de los puntos más sensibles de la relación bilateral.
Apenas cuatro días después de concluida la reunión con Trump, el 19 de mayo, llegó a Pekín el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin.
Conviene recordar que el primer viaje oficial de Xi Jinping como presidente de China, apenas una semana después de asumir el cargo el 22 de marzo de 2013, fue precisamente a Moscú para reunirse con el presidente ruso.
Desde entonces, a lo largo de trece años, ambos mandatarios se han reunido en 40 ocasiones, tanto en encuentros bilaterales oficiales (12 veces) como en cumbres multilaterales y reuniones con otras delegaciones.
Sin lugar a dudas, uno de los encuentros más relevantes fue el celebrado el 4 de febrero de 2022 en Pekín, al inicio de los Juegos Olímpicos de Invierno y apenas veinte días antes de la invasión rusa de Ucrania.
En aquella ocasión se emitió una declaración conjunta de gran importancia histórica, en la que se sostuvo que la relación bilateral no tendría “límites” y que no existirían “áreas prohibidas” de cooperación. Asimismo, China respaldó la exigencia rusa de detener la expansión de la OTAN hacia el Este, mientras ambos países se comprometieron a “contrarrestar la interferencia de fuerzas externas en los asuntos internos de los países soberanos bajo cualquier pretexto”.
Tras la invasión de Ucrania y la imposición de sanciones occidentales contra Rusia, China se convirtió en el principal mercado para la energía rusa, incrementando de manera significativa sus importaciones de carbón siderúrgico, gas y petróleo.
El comercio bilateral entre China y Rusia creció de forma acelerada desde 2022 y actualmente alcanza cifras cercanas a los 228 mil millones de dólares anuales. Aunque esa cifra sigue siendo poco menos de la mitad del intercambio comercial entre China y Estados Unidos, la tendencia resulta políticamente significativa: mientras el vínculo económico ruso-chino se expande, la relación comercial entre Washington y Pekín se ve afectada por disputas arancelarias, restricciones tecnológicas y medidas de contención estratégica.
En este contexto cobran especial relevancia las advertencias de Henry Kissinger. En una de sus últimas entrevistas, concedida en abril de 2023[ii], el estadista estadounidense sostuvo que Washington y Pekín debían encontrar una fórmula de coexistencia o equilibrio, porque ninguno de los dos podía excluir al otro del sistema internacional.
Kissinger también había advertido, en una entrevista de 2015[iii], que Xi Jinping concentraba el mayor grado de poder político en China desde Mao. Al mismo tiempo, criticó la falta de una gran estrategia coherente en Washington: cada nueva administración estadounidense, sostenía, llega con ideas propias y ensaya soluciones parciales para problemas individuales, cuando lo que Estados Unidos necesita es una estrategia integral de largo alcance.
En relación con Rusia, Kissinger sostenía que Occidente no debía buscar su destrucción. Desde su perspectiva, una Rusia excesivamente debilitada podía terminar dependiendo de China, alterando de manera profunda el equilibrio euroasiático.
Los acontecimientos actuales parecen confirmar la formación de un sistema internacional cada vez más polarizado. Ya no se trata de tres grandes polos claramente diferenciados, sino de una confrontación estructural en la que, por un lado, se ubica Estados Unidos y, por el otro, una alianza cada vez más estrecha entre China y Rusia. Ambos bloques inciden de manera decisiva en la agenda política, económica, energética y tecnológica global.
El problema más grave para Washington es la ausencia de una estrategia de largo plazo. Donald Trump aparece más preocupado por los efectos internos de sus decisiones y por los resultados de las elecciones intermedias que por construir una política de Estado coherente, estable y de mayor amplitud histórica.
En ese marco, aumentan los riesgos de que Rusia o China intervengan de forma más directa frente a decisiones erráticas o unilaterales de la política internacional estadounidense.
La guerra con Irán no ha concluido; el conflicto entre Líbano e Israel permanece abierto; y el Estrecho de Ormuz continúa en el centro de las tensiones energéticas y comerciales internacionales.
Estos problemas se ubican hoy en zonas donde China y Rusia tienen intereses estratégicos directos. Ya no pueden considerarse, y menos en el contexto actual, áreas de influencia exclusiva de Estados Unidos.
Por ello, no cabe duda de que estos asuntos formarán parte de la agenda del encuentro entre Putin y Xi Jinping.
En este contexto, ¿qué papel corresponde a América Latina y, en particular, a México?
La respuesta no puede ser menor. Con su nueva política exterior publicada en noviembre de 2025[iv], Estados Unidos declaró abiertamente que el hemisferio occidental forma parte de su esfera exclusiva de influencia e injerencia.
Lo hizo, además, mediante un lenguaje de tonos bélicos y militaristas que ya mostró sus efectos en Venezuela.
Esa misma lógica amenaza la soberanía nacional de México al utilizar una retórica narcocriminal que simplifica y distorsiona la realidad. Se omite mencionar que una parte sustantiva de las redes de narcotraficantes dirige y opera dentro del territorio estadounidense donde se importan, distribuyen y venden drogas, y se recicla dinero ilícito bajo la mirada de autoridades federales y locales.
Sin embargo, es necesario considerar dos elementos centrales: por un lado, las relaciones comerciales e industriales entre México y Estados Unidos son más fuertes que nunca; por el otro, la población mexicana y de origen mexicano residente en Estados Unidos constituye una fuerza social, económica y electoral considerable.
Por ello, a Estados Unidos no le conviene una política excesivamente agresiva hacia México. A su vez, México tiene la oportunidad de actuar como potencia regional mediadora y equilibradora en América Latina, evitando que la región se fragmente en bloques rígidos.
Ese papel podría ejercerse mediante un liderazgo coordinado con Brasil —país integrante de los BRICS— y mediante una participación más activa en foros multilaterales como el G20 y la CELAC. Desde esos espacios, México puede mantener relaciones constructivas con China y Rusia sin romper su vínculo estructural con América del Norte.
Se trata, en suma, de construir una política internacional sustentada en la resiliencia: cooperación con Estados Unidos, defensa firme de la soberanía nacional, diversificación de relaciones internacionales y liderazgo latinoamericano frente a cualquier tentación intervencionista.
México ha demostrado, por ahora, mayor madurez y equilibrio que su vecino del norte. No obstante, para sostener esa posición será indispensable fortalecer institucionalmente al Estado mexicano hacia adentro. Solo un Estado más sólido, profesional, legítimo y eficaz podrá resistir las próximas embestidas geopolíticas y enfrentar los retos que se aproximan en el futuro inmediato.
[i] Gerig Malfred: El retorno de la Trampa de Tucídides: la Gran Estrategia de Estados Unidos y China frente a la disputa hegemónica desde la perspectiva de la economía política de sistemas-mundo. Geopolítica(s) Revista de estudios sobre espacio y poder, 12(1) 2021: 99-122. https://dx.doi.org/10.5209/geop.68341
[ii] Transcripción de entrevista a Henry Kissinger, The Economist, abril/mayo de 2023: https://www.economist.com/kissinger-transcript
[iii] Referencia incluida en el documento original sobre entrevista de 2015 y análisis de la relación Trump-China: https://www.scmp.com/news/china/diplomacy/article/3353055/trumps-china-return-whats-changed-his-friendly-2017-visit
[iv] https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf









