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Hace unos días se llevó a cabo en Nueva York la Asamblea General de las Naciones Unidas, en donde se volvieron a evidenciar las profundas contradicciones por las que atraviesa nuestro mundo. Mientras la humanidad cuenta con mayores capacidades científicas, tecnológicas y productivas que en cualquier otro momento de la historia, persisten las guerras, las desigualdades, la pobreza, las amenazas climáticas y las dificultades para alcanzar acuerdos internacionales para enfrentar desafíos en común.

No es casual que la paz haya sido el concepto más recurrente durante el Debate General de la 81ª Asamblea. Tampoco lo es que 128 delegaciones hayan hablado de inteligencia artificial, que la reforma de las Naciones Unidas ocupara un espacio relevante y que el desarrollo, el financiamiento, la salud y el cambio climático volvieran a plantearse como desafíos que exigen una acción colectiva más eficaz. La discusión internacional está cambiando porque también está cambiando el mundo.

México debe observar este proceso no como un espectador, sino como un país que tiene intereses concretos que defender y propuestas que aportar. Nuestra política exterior posee una tradición que continúa siendo valiosa en este escenario. Lejos de repetir la infame frase de “la mejor política exterior es la interior”, debemos recordar que la solución pacífica de las controversias, la no intervención, la autodeterminación de los pueblos, la igualdad jurídica de los Estados, el respeto al derecho internacional y la cooperación para el desarrollo no son principios abstractos, sino formas de relacionarnos con un mundo en el que las tensiones entre las grandes potencias son cada vez mayores.

Durante su participación en Naciones Unidas, México volvió a defender una visión que vincula soberanía, cooperación internacional y prosperidad compartida. Además, nuestro país identificó junto con la presidencia de la Asamblea dos prioridades particularmente relevantes para este periodo, la reforma de las Naciones Unidas y la cooperación internacional para avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Uno de los ámbitos donde México puede desempeñar un papel especialmente relevante es precisamente la reforma del sistema multilateral. El Consejo de Seguridad conserva una estructura construida al término de la Segunda Guerra Mundial que difícilmente refleja la distribución política, demográfica y económica del siglo XXI. África y América Latina continúan sin representación permanente. La discusión sobre su reforma ya no puede posponerse indefinidamente si queremos recuperar la confianza en las instituciones internacionales.

México y Francia han colocado sobre la mesa una propuesta concreta que merece especial atención. Desde 2015 promueven que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad se comprometan voluntariamente a suspender el uso del veto cuando estén ocurriendo atrocidades masivas, como genocidio, crímenes de lesa humanidad o crímenes de guerra a gran escala. Durante esta Asamblea la iniciativa recibió un nuevo impulso y alcanzó el respaldo de 128 Estados. Además, el Reino Unido anunció su adhesión, convirtiéndose en el segundo miembro permanente del Consejo en asumir ese compromiso.

En la Asamblea General también se discutió sobre el desarrollo de los países, recordando que la estabilidad económica por sí sola no garantiza bienestar, sino que se necesitan capacidades productivas, infraestructura, financiamiento, educación, tecnología y Estados capaces de reducir desigualdades. Para México, esta visión encuentra puntos de coincidencia con la política de prosperidad compartida y con los esfuerzos para vincular inversión, industrialización, desarrollo regional y bienestar social.

Por otro lado, la reunión de alto nivel sobre el aumento del nivel del mar recordó que esta crisis no es solamente ambiental. El cambio climático afecta infraestructura, vivienda, turismo, movilidad humana, seguridad alimentaria y patrimonio. Para un país con más de once mil kilómetros de litoral, grandes ciudades costeras, puertos estratégicos y destinos turísticos de importancia mundial, la adaptación climática debe convertirse también en política económica, urbana y de protección civil.

La 81ª Asamblea General dejó una conclusión importante. Las instituciones internacionales necesitan transformarse porque el mundo que les dio origen ya cambió. También México está cambiando y debe aprovechar esta coyuntura para vincular más estrechamente su política exterior con sus prioridades nacionales.

La mejor política exterior será aquella que ayude a construir paz fuera de nuestras fronteras y bienestar dentro de ellas, que proteja los derechos humanos, contribuya a enfrentar el cambio climático, permita aprovechar responsablemente las nuevas tecnologías y abra oportunidades de desarrollo para nuestro país.

Ernesto Pérez Rodríguez

Abogado e Historiador por la Universidad Veracruzana, Maestro en Cooperación Internacional para el Desarrollo por el Instituto Mora y Maestro en Derecho Parlamentario por la Universidad Autónoma del Estado de México. Actualmente es Doctorante en Administración Pública por el INAP. Imparte las materias de Derecho y Derecho Internacional en la Universidad Panamericana. Cuenta con más de 18 años de experiencia en el sector público a nivel federal y local, en áreas de Administración, Derecho Internacional, Planeación y Presupuesto. Fue Secretario Técnico de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública y actualmente es Coordinador de Asesores en la Vicecoordinación de Estrategia y Proceso Legislativo de la Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión