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Argentina se encuentra en las semifinales del Mundial 2026, pero su camino ha estado acompañado por una intensa narrativa de controversia. Mientras la Albiceleste destaca en lo deportivo, teorías conspirativas en redes sociales sugieren —sin pruebas directas— que la FIFA favorece a Lionel Messi para asegurar su permanencia en el torneo.

Diversos incidentes en el campo han servido como catalizadores de estas dudas. En el partido contra Argelia, Messi evitó una tarjeta roja tras una entrada fuerte, una decisión que analistas de arbitraje calificaron como una aplicación errónea del reglamento. 

Posteriormente, en octavos de final, Egipto denunció una «injusticia arbitral» tras la anulación de un gol vía VAR, lo que llevó al técnico Hossam Hassan a sugerir que existen «factores externos» interesados en mantener a los campeones vigentes en competencia. A esto se suman estadísticas no oficiales que señalan que Argentina recibe una amonestación cada 19.7 faltas, una cifra significativamente menor a la de sus rivales.

Desde el plano oficial, la FIFA ha rechazado estas acusaciones. Pierluigi Collina, jefe de arbitraje del organismo, defendió la integridad de los árbitros y negó que presiones externas influyan en sus decisiones. Sin embargo, la percepción pública se ha visto afectada por un descuido del propio Gianni Infantino, quien en una entrevista pareció mostrar su preferencia personal por la selección argentina antes de corregirse.

A diferencia de las teorías sobre el arbitraje, sí existe evidencia oficial de irregularidades en el ámbito financiero. La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) es objeto de una investigación federal en Miami por presunto lavado de dinero, con transferencias que superan los 300 millones de dólares. Asimismo, denuncias de periodistas de investigación apuntan a una red de encubrimiento en los altos mandos de la gobernanza del fútbol argentino.

Este clima de desconfianza se intensifica tras confirmarse casos de interferencia política en el torneo, como la exitosa gestión de Donald Trump ante la FIFA para rescindir una sanción al estadounidense Folarin Balogun. Estos precedentes han debilitado el principio de neutralidad de la FIFA, alimentando el escepticismo de los aficionados a pesar de los esfuerzos de modernización del organismo.