América Latina parece estar entrando en una nueva fase política. No es todavía una ola, ni mucho menos un ciclo consolidado, pero los resultados que comienzan a perfilarse en Perú y Colombia sugieren que algo importante está ocurriendo: el péndulo regional vuelve a moverse hacia la derecha, impulsado menos por convicción ideológica que por el desgaste de los gobiernos progresistas y una creciente demanda de orden, seguridad y estabilidad económica.
Los casos de Perú y Colombia son particularmente ilustrativos.
En Perú, diez días después de la segunda vuelta presidencial, Keiko Fujimori se acerca nuevamente al poder. Su ventaja sigue siendo estrecha, producto de una elección extraordinariamente cerrada frente a Roberto Sánchez, pero suficiente para proyectar una eventual victoria. Más allá de quién termine siendo proclamado oficialmente, el dato político relevante es otro: una parte significativa de los peruanos ha optado por una figura que durante años simbolizó el rechazo de amplios sectores de la sociedad. El antifujimorismo, que marcó buena parte de la política peruana reciente, parece haber perdido capacidad de movilización frente a preocupaciones más inmediatas como la inseguridad, la fragmentación institucional y el estancamiento económico.
Sin embargo, la victoria de Fujimori, de confirmarse, no será una victoria cómoda. El margen es mínimo, las impugnaciones continúan y una parte importante del país cuestiona el desenlace. Perú podría tener un gobierno con mejores perspectivas de gobernabilidad legislativa, pero también con una legitimidad social más frágil desde el primer día.
En Colombia ocurre algo similar, aunque con características propias. Abelardo de la Espriella, abogado mediático, empresario exitoso y outsider político, se ha convertido en el principal vehículo del voto antipetrista. Su ascenso refleja el desgaste acumulado por el gobierno de Gustavo Petro, las preocupaciones por la seguridad, la desaceleración económica y la sensación de que muchas de las grandes promesas de cambio no produjeron los resultados esperados.
Lo interesante es que De la Espriella no representa simplemente una reedición del uribismo tradicional. Su discurso combina elementos de la nueva derecha global: confrontación cultural, énfasis en la autoridad, defensa del sector privado y una narrativa antisistema que le permite presentarse simultáneamente como parte del establecimiento económico y como un desafiante del sistema político. Esa combinación explica por qué ha logrado construir una coalición electoral tan amplia.
Pero Colombia enfrenta una paradoja. Los mercados han reaccionado positivamente ante la posibilidad de una victoria de De la Espriella. El peso colombiano se fortaleció, los bonos mejoraron y los inversionistas ven con buenos ojos una agenda más favorable a la inversión privada y al sector energético. Sin embargo, las restricciones fiscales, la inflación persistente y la polarización política sugieren que cualquier luna de miel podría ser breve. Gobernar Colombia será mucho más complejo que ganar una elección.
Lo que une a Perú y Colombia es una tendencia más profunda. En ambos países, la ciudadanía parece estar premiando discursos de orden frente a contextos de incertidumbre. Después de varios años en los que la conversación pública estuvo dominada por temas de redistribución, inclusión y transformación social, hoy la seguridad, la gobernabilidad y la estabilidad económica han recuperado centralidad.
No significa que la izquierda haya desaparecido. Tampoco que la derecha tenga garantizado un nuevo ciclo regional. Significa, más bien, que los votantes están respondiendo a problemas concretos y urgentes. Cuando la inseguridad aumenta, el crecimiento económico decepciona y las instituciones pierden credibilidad, las sociedades suelen buscar alternativas que prometan control y certidumbre.
La pregunta para América Latina no es si la derecha está regresando. La pregunta es si quienes regresan al poder serán capaces de ofrecer algo más que una reacción frente a los errores de sus predecesores. Porque la historia regional demuestra que las victorias construidas sobre el desencanto pueden ser tan frágiles como los gobiernos que buscan reemplazar.







