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Durante muchos años se insistió en que la política exterior debía limitarse a administrar conflictos, evitar sobresaltos y asumir una posición discreta frente a los grandes acontecimientos internacionales. Esa visión terminó por reducir la presencia de México en el mundo a una diplomacia esencialmente reactiva, más preocupada por no incomodar a otros gobiernos que por hacer valer los intereses nacionales. Hoy observamos un cambio de rumbo que merece ser reconocido. La política exterior encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum recupera una tradición histórica de nuestro país: actuar con firmeza en la defensa de la soberanía, sin renunciar al diálogo; construir acuerdos sin aceptar subordinaciones, y entender que la cooperación internacional sólo es legítima cuando descansa en el respeto entre iguales.

No se trata de una política exterior basada en discursos grandilocuentes ni en gestos espectaculares. Su fortaleza radica precisamente en la congruencia. México ha comenzado a proyectar una imagen de estabilidad, responsabilidad y capacidad para tender puentes en un escenario internacional marcado por la incertidumbre, las tensiones geopolíticas y la competencia económica entre las grandes potencias. Esa combinación de prudencia y firmeza constituye probablemente uno de los mayores activos de la administración actual.

Los resultados empiezan a ser visibles. En apenas unos meses, el gobierno mexicano ha logrado avanzar simultáneamente en ámbitos tan diversos como la reconstrucción de la relación con España, la conducción responsable de la revisión del T-MEC, el fortalecimiento de la cooperación energética con Brasil y la reafirmación de nuestra tradición humanitaria mediante el apoyo brindado al pueblo venezolano tras el terremoto que recientemente afectó a esa nación. Cada uno de estos acontecimientos tiene un significado propio; en conjunto, revelan una estrategia coherente sobre el lugar que México aspira a ocupar en el mundo.

Particularmente significativo resulta el relanzamiento de las relaciones con España. Durante los últimos años la agenda bilateral atravesó momentos de tensión que respondían tanto a diferencias históricas como a desencuentros políticos coyunturales. Sin embargo, las naciones maduras no pueden permitir que las diferencias se conviertan en obstáculos permanentes para la cooperación. La historia compartida entre México y España es demasiado profunda para reducirse a los episodios de confrontación.

El reciente encuentro entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el Rey Felipe VI representa mucho más que una fotografía diplomática. Constituye el reconocimiento mutuo de que ambos países tienen intereses estratégicos comunes que deben ser atendidos mediante el diálogo y el respeto recíproco. La nueva etapa no implica olvidar el pasado ni renunciar a las convicciones históricas de nuestro país. Significa, por el contrario, demostrar que una nación segura de sí misma puede sostener sus principios mientras construye nuevos espacios de entendimiento.

España continúa siendo uno de los principales inversionistas en México y una puerta de acceso privilegiada hacia Europa. México, por su parte, representa para España un socio económico, político y cultural de enorme relevancia en América Latina. Restablecer plenamente esa relación beneficia a ambas sociedades y envía una señal positiva a la comunidad internacional: la diplomacia sirve precisamente para resolver diferencias y ampliar coincidencias, no para perpetuar desencuentros. Esa nueva etapa encuentra su fundamento en el respeto mutuo, la igualdad soberana y la cooperación entre dos Estados que comparten una intensa relación económica, cultural y social.

Igualmente importante resulta la conducción de la negociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Pocas decisiones tienen hoy un impacto tan directo sobre la vida cotidiana de millones de familias mexicanas como las relacionadas con el T-MEC. Nuestra integración económica con Norteamérica constituye uno de los pilares del crecimiento nacional, del empleo manufacturero, de las exportaciones y de la atracción de inversiones.

Frente a un contexto internacional caracterizado por el resurgimiento del proteccionismo y por la creciente competencia industrial entre las principales economías del mundo, hubiera sido sencillo optar por la confrontación política o por respuestas apresuradas. El gobierno mexicano eligió un camino distinto: privilegiar el diálogo técnico, defender con firmeza los intereses nacionales y preservar un mecanismo que ha demostrado ser fundamental para el desarrollo económico del país.

La revisión del tratado no debe entenderse únicamente como una negociación comercial. En realidad, representa la oportunidad de consolidar cadenas regionales de valor, fortalecer la integración productiva de Norteamérica y aprovechar el proceso de relocalización industrial que actualmente transforma la economía mundial. México llega a esta etapa con ventajas competitivas evidentes: estabilidad macroeconómica, una ubicación geográfica privilegiada, infraestructura estratégica en expansión y una política industrial que comienza a recuperar capacidades que durante décadas fueron abandonadas.

Defender el T-MEC no significa aceptar cualquier condición. Significa comprender que el interés nacional exige combinar firmeza con inteligencia negociadora. La administración de la presidenta Sheinbaum ha entendido que preservar la certidumbre jurídica para las inversiones también fortalece el empleo, incrementa la competitividad y genera bienestar para millones de familias mexicanas. Esa visión explica por qué el diálogo ha sustituido a la estridencia como principal instrumento diplomático.

Otro de los aspectos más relevantes de la política exterior reciente ha sido el acuerdo alcanzado con Petrobras. Durante demasiado tiempo América Latina desaprovechó las posibilidades de cooperación entre sus propias empresas estratégicas. Cada país buscaba soluciones aisladas mientras otros bloques económicos fortalecían sus mecanismos de integración tecnológica e industrial.

La colaboración entre Petróleos Mexicanos y Petrobras representa una oportunidad extraordinaria para compartir conocimiento, desarrollar innovación, intercambiar experiencias en exploración y producción, mejorar procesos industriales y fortalecer la seguridad energética regional. No se trata únicamente de una alianza empresarial. Se trata de una apuesta por recuperar la capacidad latinoamericana para generar soluciones propias frente a los desafíos energéticos del siglo XXI.

Quienes durante décadas promovieron la idea de que la integración regional era un proyecto inviable hoy encuentran evidencia de que las empresas públicas pueden convertirse en instrumentos eficaces para impulsar el desarrollo tecnológico, diversificar alianzas internacionales y construir nuevas cadenas de cooperación. México y Brasil concentran dos de las economías más importantes de América Latina. La colaboración entre ambas naciones puede convertirse en un motor para toda la región.

Además, este tipo de acuerdos fortalece uno de los objetivos históricos del movimiento de transformación: consolidar la soberanía energética. La independencia nacional no puede comprenderse únicamente en términos políticos; también exige contar con capacidades propias para garantizar el suministro de energía, impulsar la innovación tecnológica y reducir vulnerabilidades frente a escenarios internacionales cada vez más complejos. La cooperación con Petrobras avanza precisamente en esa dirección.

La política exterior también revela el carácter de una nación cuando enfrenta tragedias humanitarias. México posee una larga tradición diplomática sustentada en la solidaridad internacional, la cooperación entre los pueblos y el respeto al derecho internacional. Esa tradición no distingue ideologías ni condiciona la ayuda a afinidades políticas. Responde a principios profundamente arraigados en nuestra historia constitucional.

Por ello, el envío de ayuda humanitaria al pueblo venezolano tras el terremoto reciente adquiere un significado que trasciende el apoyo otorgado. México actuó porque entendió que, frente al sufrimiento humano, la solidaridad constituye una obligación ética antes que una conveniencia política.

Algunos sectores intentan convertir cualquier acción internacional en motivo de confrontación ideológica. Sin embargo, la asistencia humanitaria jamás debería formar parte de las disputas políticas. Cuando un pueblo enfrenta una emergencia de gran magnitud, la comunidad internacional tiene la responsabilidad de responder con rapidez y eficacia. Esa ha sido históricamente la posición de México y esa continúa siendo la orientación de la actual Administración.

Nuestra Constitución establece principios muy claros para la conducción de la política exterior: autodeterminación de los pueblos, no intervención, solución pacífica de las controversias, cooperación internacional para el desarrollo y respeto a los derechos humanos. Ayudar a quienes enfrentan una tragedia natural constituye una expresión concreta de esos principios y fortalece el prestigio internacional de nuestro país como una nación comprometida con la paz y con la dignidad humana.

En realidad, los cuatro acontecimientos mencionados responden a una misma lógica. México está recuperando la capacidad de ejercer una política exterior con visión de Estado. Ello significa abandonar tanto el aislamiento como la subordinación. Significa construir relaciones diversas, fortalecer alianzas estratégicas, defender nuestros intereses económicos y actuar con responsabilidad frente a los desafíos globales.

Durante décadas se difundió la falsa idea de que defender la soberanía implicaba cerrar las puertas al mundo, mientras que abrirse al mundo exigía renunciar a parte de nuestra autonomía. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Los países que negocian desde una posición de fortaleza institucional, que diversifican sus relaciones internacionales y que mantienen claridad respecto de sus intereses nacionales son precisamente aquellos que logran mayores beneficios para su población.

La transformación que vive México también se expresa en su presencia internacional. La política social, la estabilidad económica, la inversión en infraestructura, el fortalecimiento del mercado interno y la recuperación del papel estratégico del Estado constituyen factores que incrementan la credibilidad de nuestro país frente a sus socios internacionales. Ninguna política exterior puede ser sólida si carece de una base interna igualmente sólida.

Por ello resulta pertinente reconocer que la administración encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum ha comenzado a consolidar una diplomacia moderna, pragmática y profundamente congruente con los principios históricos de México. No busca protagonismos pasajeros ni confrontaciones innecesarias. Busca generar condiciones favorables para el desarrollo nacional, ampliar nuestras oportunidades económicas, fortalecer la cooperación regional y proyectar una imagen de país confiable, soberano y responsable.

En un mundo donde las relaciones internacionales atraviesan una etapa de profundas transformaciones, México necesita precisamente esa combinación de firmeza, inteligencia y visión estratégica. Nuestro país puede defender simultáneamente sus intereses económicos, su soberanía y sus convicciones humanistas.

Quizá la mayor virtud de la política exterior que hoy impulsa el Segundo Puso de la Cuarta Transformación es demostrar que la defensa de la soberanía no está peleada con la cooperación internacional, y que la construcción de acuerdos es indispensable para promover la prosperidad compartida no sólo al interior de México, sino entre las diversas naciones.

Diputado Alfonso Ramírez Cuéllar

Fundador y presidente nacional del movimiento “El Barzón”, Asambleísta en la II Legislatura del Distrito Federal, donde presidió la Comisión de Educación, y Diputado Federal en las legislaturas LVII, LIX y LXIV, desempeñándose como Secretario de la Comisión de Hacienda y Crédito Público, Presidente de la Comisión Especial de Investigación del IPAB, y Presidente de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública, respectivamente. Fue Presidente Nacional de MORENA en 2020 y Coordinador Nacional de Sectores Sociales, Productivos y Económicos durante la campaña presidencial de la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo. Actualmente es Diputado Federal en la LXVI Legislatura y Vicecoordinador del Grupo Parlamentario de MORENA en la Cámara de Diputados.