El gobierno de Irán desmintió de forma categórica las declaraciones del presidente Donald Trump respecto al supuesto desminado del Estrecho de Ormuz, tachando la versión de ser una “estrategia propagandística” y advirtiendo que cualquier embarcación de remoción estadounidense en la zona constituiría un blanco fácil.

La tensión en esta vital ruta de tránsito energético se intensificó tras el cierre del paso decretado por Irán a mediados de julio, motivado por nuevos bombardeos contra su territorio y la reimposición de un cerco naval por parte de la Casa Blanca. 

Mientras Estados Unidos sostiene haber limpiado las aguas internacionales de explosivos y amenaza con destruir de inmediato cualquier intento de resembrado, las autoridades persas insisten en que la reapertura comercial es inviable sin un cese total de las hostilidades y el levantamiento del bloqueo a sus puertos.

En paralelo al pulso militar, Irán mantiene su exigencia de cobrar tasas obligatorias por servicios de navegación y seguridad, una imposición rechazada de plano por el gobierno estadounidense. Ante este escenario de bloqueo financiero y operativo, Teherán y Omán avanzan de manera independiente en las gestiones diplomáticas para concretar un corredor conjunto y un proceso de desminado propio.