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Las pelotas de hule más antiguas conocidas de Mesoamérica representan uno de los testimonios más importantes sobre las prácticas rituales y culturales de los pueblos originarios, pero su conservación enfrenta un desafío: el paso del tiempo ha convertido al material orgánico en piezas extremadamente delicadas.

Ante esta situación, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trabajan en un protocolo para preservar y, eventualmente, exhibir estas piezas arqueológicas bajo condiciones que eviten su deterioro.

Las 14 pelotas fueron recuperadas entre 1988 y 1996 en el sitio arqueológico de El Manatí, Veracruz, como parte de una ofrenda asociada con la cultura olmeca. Los estudios indican que datan aproximadamente de entre 1700 y 1500 antes de nuestra era, lo que las convierte en las evidencias más antiguas conocidas de pelotas elaboradas con hule en Mesoamérica.

El INAH explicó que el hule es un material orgánico vulnerable a factores como el oxígeno, la humedad, la temperatura y la manipulación directa, por lo que cualquier exhibición requiere medidas especiales de conservación.

Como parte de estos esfuerzos, investigadores del INAH y especialistas de instituciones académicas han planteado sistemas de almacenamiento con atmósferas controladas, además de registros digitales detallados que permitan documentar el estado de cada pieza y facilitar su estudio sin ponerlas en riesgo.

Aunque las piezas originales requieren condiciones específicas para su protección, el INAH ha impulsado alternativas para acercar este patrimonio al público. Exposiciones como “Nace una pelota” han presentado réplicas artesanales de las 14 pelotas halladas en El Manatí, con el objetivo de explicar su fabricación, significado ritual y relevancia histórica.

Más allá de su función dentro del juego de pelota mesoamericano, estos objetos muestran la complejidad tecnológica y simbólica de las culturas antiguas, donde el hule estaba vinculado con prácticas rituales y con una visión particular del mundo.

El reto para los especialistas ahora es conservar estas piezas milenarias para que futuras generaciones puedan conocer un fragmento del legado cultural que surgió hace más de tres mil años en territorio mexicano.