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Las contundentes derrotas del Partido Republicano en las elecciones de mitad de mandato marcan un punto de inflexión para la administración de Donald Trump, desplazando el centro de poder hacia el Capitolio y dejando al mandatario con un capital político drásticamente disminuido. El propio presidente intentó desviar la culpa de los resultados, afirmando en una entrevista que no lo veía como un ataque personal y culpando a los candidatos de los reveses sufridos en las urnas.

Con el control de ambas cámaras del Congreso, los demócratas se preparan para frenar la agenda oficial, obstaculizar nominaciones clave para el Gabinete y jueces federales, e impulsar investigaciones de alto nivel. Entre las principales prioridades de la oposición se encuentran los negocios de la familia Trump, la gestión gubernamental en la investigación de Jeffrey Epstein y diversas acusaciones sobre presunta corrupción corporativa.

Esta nueva correlación de fuerzas reaviva la dinámica del primer mandato de Trump, cuando la Cámara de Representantes controlada por los demócratas lo sometió a juicio político en dos ocasiones. Ante la posibilidad de que comités legislativos utilicen facultades de citación para exigir documentos y testimonios, la Casa Blanca podría retomar tácticas previas de resistencia, como retrasar solicitudes e invocar el privilegio ejecutivo.

En respuesta al panorama adverso, el presidente se está preparando para intensas batallas legislativas y ya adelantó que hará uso de su prerrogativa constitucional frente a las iniciativas opositoras. De hecho, tras conocerse los resultados electorales, Trump publicó en sus redes sociales una imagen de su característica gorra roja con la palabra “VETO” bordada, evidenciando que se pondrá a la defensiva durante sus últimos dos años en el cargo.