En los valles centrales de Cochabamba, Bolivia, el duelo por los seres queridos se transforma en un vibrante ritual de renovación y alegría con la llegada de la «wallunk’a» (columpio, en quechua). Esta festividad tradicional se activa en municipios como Colcapirhua como el puente simbólico perfecto tras la despedida de las almas en Todos Santos: lejos de quedarse en el luto, las comunidades andinas montan imponentes columpios rústicos de madera de hasta 10 metros de altura para marcar el inicio de un nuevo ciclo agrícola, exaltar la fertilidad de la tierra y agradecer por las cosechas venideras.
El protagonismo de esta costumbre recae principalmente en las mujeres jóvenes y cholitas quechuas, quienes lucen coloridas polleras cortas y blusas ligeras adaptadas al clima cálido de los valles. Impulsadas con cuerdas por los hombres de la comunidad, las participantes se elevan por los aires intentando alcanzar con pies y manos canastas de premios, ramos de flores o baldes suspendidos en lo alto del travesaño principal; aunque la costumbre dictaba que solo subieran mujeres solteras como símbolo de juventud y fecundidad, hoy la celebración se ha democratizado para integrar a mujeres casadas y adultas mayores en un ambiente de risas, coplas populares y música tradicional.
El rito de la wallunk’a complementa de manera indisoluble al «mast’aku», la costumbre quechua de armar altares domésticos repletos de panes tradicionales, frutas y los platillos favoritos de los difuntos, cuya visita espiritual se espera cada 1 de noviembre al mediodía. Una vez despedidas las ánimas con oraciones al día siguiente, el balanceo festivo de los columpios se apodera de los campos bolivianos, recordando a las nuevas generaciones que la memoria de los ancestros florece con cantos, vuelo y una enérgica celebración de la vida.














