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Durante los últimos años, la economía mundial ha demostrado una capacidad de resistencia mayor a la esperada. Ni el regreso de los aranceles, ni la fragmentación geopolítica, ni las presiones inflacionarias terminaron por descarrilar el crecimiento global. Pero esa resiliencia puede estar escondiendo una fragilidad más profunda.

El nuevo reporte anual del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés, llamado también el Banco de los Bancos Centrales) plantea una advertencia clara: el mundo no está entrando simplemente a una nueva etapa de innovación tecnológica, sino a una fase en la que el entusiasmo por la inteligencia artificial convive con deuda pública elevada, mercados financieros vulnerables y bancos centrales obligados a navegar un entorno mucho más incierto.

La inteligencia artificial es, sin duda, una tecnología transformadora. Puede elevar la productividad, reorganizar procesos productivos y abrir una nueva frontera de crecimiento. El problema no es la tecnología, sino la velocidad con la que los mercados han decidido descontar sus beneficios futuros. Como ocurrió con los ferrocarriles, la electricidad o internet, las grandes revoluciones tecnológicas suelen venir acompañadas de exceso de optimismo, sobreinversión y expectativas que no siempre se materializan al ritmo que esperan los inversionistas.

Hoy, buena parte del crecimiento reciente en Estados Unidos y sus cadenas globales de suministro ha estado impulsado por una ola de inversión en centros de datos, semiconductores, energía, infraestructura digital y equipos asociados a la inteligencia artificial. Ese impulso ha sostenido la demanda y ha mantenido condiciones financieras relativamente favorables. Pero también ha generado una concentración riesgosa: pocas empresas, valuaciones muy elevadas y una arquitectura financiera cada vez más dependiente de que la promesa de la inteligencia artificial se cumpla pronto.

Si esa promesa tarda más de lo esperado, el ajuste puede ser abrupto. No porque la inteligencia artificial sea una moda pasajera, sino porque incluso las tecnologías reales pueden producir burbujas financieras cuando el capital corre más rápido que la productividad. Una cosa es que una innovación cambie el mundo en veinte años; otra muy distinta es justificar hoy precios, deuda e inversión como si esa transformación ya hubiera ocurrido.

A ese riesgo se suma otro problema estructural: los gobiernos llegan a esta nueva etapa con menos espacio fiscal. Después de la crisis financiera global, la pandemia, la guerra en Ucrania y los choques energéticos, la deuda pública se mantiene en niveles históricamente altos. Muchos países gastaron para evitar colapsos, pero pocos reconstruyeron sus márgenes de maniobra cuando la economía se recuperó.

Esto cambia la naturaleza de la política económica. En el pasado, los bancos centrales podían enfrentar una crisis financiera o una recesión con tasas más bajas y compras de activos, mientras los gobiernos ampliaban el gasto. Hoy ese margen es menor. Si la inflación vuelve a presionar, si los mercados exigen mayores primas de riesgo o si los gobiernos enfrentan mayores costos de financiamiento, la respuesta será mucho más difícil.

El reporte del BIS también advierte sobre un nuevo vínculo entre deuda pública y estabilidad financiera. Los mercados de bonos soberanos ya no dependen únicamente de bancos tradicionales. Fondos de cobertura, intermediarios no bancarios y estrategias apalancadas tienen un peso creciente. Eso significa que la liquidez puede parecer abundante durante años y desaparecer en cuestión de días. En un mundo con deuda elevada, esa fragilidad puede transformar un episodio de volatilidad en un problema macroeconómico.

La tercera dimensión del informe es monetaria. Las stablecoins y la tokenización prometen pagos más rápidos, menor fricción y nuevas formas de competencia financiera. Pero también plantean riesgos evidentes: fragmentación, opacidad, lavado de dinero, dolarización digital y pérdida de control regulatorio en economías emergentes. El BIS no rechaza la innovación; advierte que el dinero requiere confianza institucional. Sin bancos centrales, regulación prudencial y reglas claras, la tecnología no sustituye al sistema monetario: puede debilitarlo.

Para México, la lectura es estratégica. El país no puede observar esta transición como un espectador. La inteligencia artificial, la reorganización de cadenas productivas, la tokenización financiera y la nueva competencia geoeconómica van a redefinir la inversión, el comercio y la estabilidad macroeconómica. México tiene una oportunidad evidente por su cercanía con Estados Unidos, su integración manufacturera y el nearshoring. Pero esa oportunidad no se va a materializar sola.

El reto mexicano es doble. Primero, construir capacidades productivas para insertarse en la nueva economía: energía suficiente, infraestructura digital, talento técnico, Estado de derecho y financiamiento de largo plazo. Segundo, preservar estabilidad macroeconómica en un mundo más volátil. La disciplina fiscal, la autonomía monetaria y la profundidad financiera no son tecnicismos; son condiciones para poder competir en la nueva etapa global.

La lección central del BIS es sencilla: la economía mundial no necesita menos innovación, sino instituciones más sólidas para administrarla. La inteligencia artificial puede ser una fuente histórica de crecimiento, pero también puede convertirse en el nuevo canal de fragilidad financiera. Las stablecoins pueden modernizar pagos, pero también acelerar la dolarización y el arbitraje regulatorio. La deuda pública puede financiar transiciones necesarias, pero sin credibilidad fiscal puede convertirse en una restricción permanente.

El mundo está entrando a una etapa en la que la tecnología avanza más rápido que las instituciones. Y cuando eso ocurre, los países que ganan no son necesariamente los que celebran más la innovación, sino los que construyen las capacidades para absorberla, regularla y convertirla en bienestar.

México debe entenderlo pronto. En el nuevo orden económico global, la diferencia entre oportunidad y vulnerabilidad dependerá menos del discurso tecnológico y más de la calidad de la política pública.

Sergio F. Vargas Téllez

Economista por el CIDE y Maestro en Administración Pública y Desarrollo Internacional por la Universidad de Harvard, EE.UU. Cuenta con más de 14 años de experiencia en el sector público a nivel federal y estatal, así como en organismos internacionales. Imparte la materia Implementación de Políticas Públicas en la Maestría de Gestión Pública del CIDE. Fue Secretario de Desarrollo Económico del estado de Hidalgo, Coordinador de Asesores del Subsecretario de Hacienda y Crédito Público. Actualmente es Asesor en el Senado de la República para el Grupo Parlamentario Morena.