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México lo hizo. Anoche, en el Estadio Ciudad de México, la Selección Mexicana venció a Ecuador por dos goles a cero y avanzó a los octavos de final del Mundial FIFA 2026. Ambos tantos, obra de Raúl Jiménez y Julián Quiñones, cayeron en el primer tiempo y encaminaron temprano una noche que el Coloso de Santa Úrsula terminó por convertir en fiesta. Dentro y fuera del estadio, un país entero estalló en un mismo grito.Durante años, los mexicanos nos acostumbramos a preguntas que pesan mucho. ¿Y si no pasamos ni de grupos? ¿Y si hacemos el ridículo? Aprendimos a celebrar con un pie en el freno y a ilusionarnos pidiendo permiso. Pero hoy conviene atreverse a darle la vuelta y formular la contraria, y no solo en la cancha. ¿Y si sí? ¿Y si esta vez, además de avanzar de ronda, somos capaces de convertir la fiesta en algo que dure? Porque un Mundial, vale decirlo, es mucho más que futbol. Es, ante todo, una empresa de Estado.Organizar una Copa del Mundo, y hacerlo bien, es una de las pruebas logísticas y políticas más exigentes que enfrenta un país. México la pasó. Por tercera vez en su historia, como ningún otro país lo había logrado antes, abrió sus puertas al mundo, esta vez bajo un formato inédito compartido con Estados Unidos y Canadá. Detrás de cada partido hubo coordinación entre los tres órdenes de gobierno, inversión en infraestructura y movilidad, y operativos de seguridad de gran escala. Tan solo para el Fan Fest del Zócalo se desplegó a miles de policías y a la Fuerza de Tarea Conjunta, integrada por el Ejército, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea. Nada de eso ocurre por inercia. Ocurre por decisión política.Ahí es donde el torneo deja de ser espectáculo y se vuelve política pública. La Secretaría de Turismo no se conformó con recibir aficionados, sino que diseñó una estrategia para que la fiesta trascendiera los estadios. Estimo la llegada de hasta 5.5 millones de visitantes y ha buscado vincular el Mundial con las rutas culturales del país, como los Pueblos Mágicos con vuelos que conectan la capital con decenas de destinos. La apuesta es clara y consiste en que el visitante no solo conozca la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, sino que se lleve a casa un pedazo de todo el país. Es turismo, sí, pero también es estrategia de desarrollo.Y hay una dimensión que suele pasar inadvertida, la diplomática. Un Mundial es una de las herramientas de poder blando más poderosas que existen. Durante semanas, frente a una audiencia global de miles de millones de espectadores, México no proyectó el estereotipo ni la nota roja, sino la imagen de un anfitrión capaz. En un mundo donde la percepción pesa tanto como los hechos, y en el marco de una justa compartida con sus socios de América del Norte, esa imagen es capital político y económico. Es México recordándole al mundo, y recordándose a sí mismo, que tiene voz propia. Durante estas semanas quedó demostrado que México estaba listo. Las tres ciudades sede, Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, llegaron con sus estadios modernizados, con operativos de gran escala y con una vocación de anfitrión que no se improvisa. El Zócalo capitalino se transformó, en el corazón de la fiesta, con un Fan Fest gratuito que recibió a decenas de miles de personas cada día, mexicanos y extranjeros revueltos en una misma celebración.Esa, quizá, ha sido la verdadera postal de este Mundial. La de un país hospitalario y orgulloso de lo que es, que recibió a quien llegó de fuera con los brazos abiertos y la mejor actitud.Sigamos creyendo. Sigamos llenando el Zócalo, las plazas y las salas de las casas, pintándonos la cara y coreando el nombre del país hasta quedarnos sin voz. El próximo 5 de julio, en el mismo Estadio Ciudad de México, el Tri tendrá una nueva cita con la historia en los octavos de final. No se trata de garantizar un final feliz, porque nadie puede hacerlo, sino de acompañar a esta Selección y a este país con la misma entrega con la que ellos nos han representado. Apoyar cuando todo va bien es fácil. Lo valioso es seguir creyendo, pase lo que pase. Y aquí conviene ir más lejos que el marcador. Algún día, el Mundial terminará. Se apagarán las pantallas, se guardarán las banderas y la rutina volverá a tocar la puerta. Cuando ese día llegue, vendrá la prueba más difícil de todas: la de no olvidar cómo nos sentimos en estos días. Estas semanas nos recordaron algo que solemos perder de vista, que somos un país capaz de unirse, de abrazarse entre desconocidos, de festejar al de junto sin preguntarle de dónde viene ni cómo piensa. Nos recordaron que la alegría compartida pesa más que aquello que nos divide.Que no se nos olvide. Que cuando el último silbatazo suene, no perdamos esta hermandad que hoy nos une. Que conservemos esta alegría, esta unión y este cariño de los unos por los otros mucho más allá de la cancha. Ese sería, de verdad, el mejor trofeo que podríamos levantar como país, uno que no depende de ningún resultado y que sí está, por completo, en nuestras manos.Así que, por hoy, démonos permiso de creer. De ilusionarnos sin miedo. De responder, con el corazón por delante, a esa vieja pregunta que tantas veces nos dio miedo hacernos: ¿y si sí?

Alfredo Kuri Osorio

Asesor legislativo en la Cámara de Diputados. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Iberoamericana y maestrante en Comunicación Política Estratégica en FLACSO.