La Secretaría de Hacienda y Crédito Público presentó este 30 de abril el Informe sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública correspondiente al primer trimestre de 2026. Este documento, previsto en el artículo 107 de la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, permite dar seguimiento periódico al comportamiento de la economía, los ingresos, el gasto y la deuda pública.
A partir de esa información, destaca una señal relevante: México mantiene estabilidad fiscal en un entorno económico más complejo. El informe no muestra una crisis de las finanzas públicas; por el contrario, confirma disciplina en los balances y un déficit menor al programado.
También permite identificar retos que conviene atender con oportunidad, como una economía con menor impulso, ingresos presupuestarios por debajo de lo previsto y una inversión física que registró una caída durante el trimestre. La lectura, por tanto, debe reconocer una conducción hacendaria ordenada y una base fiscal estable. Esa estabilidad es una fortaleza para el país, pero también plantea el reto de aprovecharla mejor para impulsar crecimiento, inversión productiva y una base de ingresos más sólida hacia adelante.
De acuerdo con datos del INEGI retomados por el informe, la economía mexicana mostró señales de menor dinamismo. El PIB registró una disminución trimestral de 0.8%, con retrocesos en las actividades primarias, secundarias y terciarias. La explicación no está en un solo factor. La manufactura resintió los cambios en la política comercial de Estados Unidos; el sector agropecuario enfrentó afectaciones climáticas, particularmente heladas que impactaron cultivos como el trigo, el jitomate y otras hortalizas; y los servicios vinculados a la actividad industrial también perdieron dinamismo. En otras palabras, las finanzas públicas se mantuvieron ordenadas, pero sobre una economía que empezó el año con menos tracción.
La caída trimestral del PIB no es un dato aislado. Tiene implicaciones fiscales. Una economía con menor dinamismo recauda menos, exige más cuidado en el gasto y reduce el margen para sostener, al mismo tiempo, programas sociales, inversión pública, estímulos y costo financiero.
La actual Administración, con disciplina fiscal, ha mantenido unas finanzas públicas ordenadas en un entorno complejo. El buen desempeño del balance fiscal muestra capacidad de conducción y prudencia hacendaria. A partir de esa base, el siguiente reto es fortalecer las condiciones que permitan sostener esa estabilidad hacia adelante, especialmente mediante mayor crecimiento, ingresos públicos más robustos e inversión productiva.
Durante el primer trimestre de 2026, los ingresos presupuestarios del sector público se ubicaron en 2 billones 224 mil millones de pesos, monto inferior en 80 mil millones de pesos a lo estimado en el programa y 0.7% real menor respecto al mismo periodo de 2025. La apreciación del peso redujo la base gravable de importaciones, afectando la recaudación del IVA y del Impuesto General de Importación. Además, se observó menor dinamismo en el ISR asociado a los pagos de la declaración anual de personas morales.
La estabilidad fiscal también depende de la evolución de los ingresos públicos. Aunque no se trata de una caída alarmante, sí conviene darle seguimiento. En un entorno de menor crecimiento, la recaudación suele enfrentar mayores limitaciones y el margen para financiar simultáneamente programas sociales, inversión, estímulos energéticos y costo financiero se vuelve más exigente. Por eso, fortalecer la base de ingresos será clave para sostener la estabilidad fiscal hacia adelante.
Por el lado del gasto, el informe muestra una definición clara de prioridades. El gasto neto total aumentó 2.6% real anual y el gasto programable 2.7%. En particular, el gasto en desarrollo social creció 12.4% real anual, impulsado por incrementos en salud, educación y protección social. Esta orientación confirma el énfasis del gobierno en sostener derechos sociales, proteger ingresos y ampliar bienestar.
Sin embargo, el punto crítico está en la inversión física. En el primer trimestre registró una contracción de 15.6% real anual, asociada al rezago en la ejecución del gasto durante el primer bimestre. Aunque en marzo hubo un repunte de 69.8% real anual, la caída trimestral no puede ignorarse. La inversión pública no es sólo una partida presupuestaria. Es una palanca de crecimiento, porque construye infraestructura, mejora la conectividad, amplía la capacidad productiva y puede detonar inversión privada.
La diferencia entre gasto corriente, gasto social e inversión productiva no es menor. El gasto social puede corregir desigualdades y sostener el ingreso de los hogares, pero la inversión pública amplía la frontera de crecimiento. Su efecto multiplicador no sólo se refleja en más demanda de corto plazo. También puede elevar la productividad, reducir costos logísticos, integrar regiones rezagadas, atraer inversión privada y fortalecer cadenas nacionales de valor.
Por eso, si la inversión física se rezaga, el modelo pierde una de sus piezas más importantes. El bienestar necesita financiamiento permanente, y ese financiamiento sólo puede venir de una economía que crece más, produce más y recauda mejor.
En ese sentido, la reciente expedición de la Ley para el Fomento de la Inversión en Infraestructura Estratégica para el Desarrollo con Bienestar abre una oportunidad importante, pero no resuelve por sí sola el problema. Su verdadero alcance dependerá de cómo se reglamente, qué proyectos se prioricen y qué tanta capacidad tenga el Estado para coordinar inversión pública, privada y social en sectores con alto efecto multiplicador.
Si dicha ley se queda en un marco general, sin reglas claras, criterios técnicos de selección, mecanismos de evaluación y certidumbre para los inversionistas, su impacto puede ser limitado. En cambio, si se usa para ordenar una cartera estratégica de proyectos, acelerar la ejecución y atraer inversión productiva, puede convertirse en una herramienta relevante para fortalecer infraestructura, productividad y crecimiento regional.
Esta discusión conecta directamente con la lectura del primer trimestre de 2026. México mantiene estabilidad fiscal y una conducción hacendaria ordenada, pero enfrenta un entorno económico que exige pasar gradualmente de la contención a la expansión productiva. El cumplimiento de las metas fiscales es relevante, pero su mayor valor está en que pueda traducirse en mayor inversión, crecimiento sostenido y una base recaudatoria más sólida.
En los próximos meses, el reto será fortalecer los ingresos, acelerar la inversión física y asegurar que los nuevos instrumentos cuenten con reglas claras, criterios técnicos y capacidad real de ejecución. Sólo así la disciplina fiscal podrá convertirse en infraestructura, productividad, empleos de mayor calidad, desarrollo regional y mayor capacidad del Estado para financiar bienestar de manera sostenible.







