La Federación Italiana de Fútbol (FIGC) se ha quedado descabezada en menos de 48 horas. Tras la humillante eliminación en la repesca europea frente a Bosnia, el presidente Gabriele Gravina anunció su dimisión este jueves, poniendo fin a un mandato que incluyó la gloria de la Euro 2020 pero el fracaso estrepitoso de dos ausencias mundialistas seguidas bajo su mando. Casi de inmediato, Gianluigi Buffon siguió sus pasos, dejando su puesto como jefe de delegación y sumiendo a la selección en una incertidumbre institucional sin precedentes a solo 70 días del inicio del Mundial.
La caída en penaltis (4-1) ante el combinado bosnio desató una ola de críticas que llegaron hasta el Gobierno italiano. El ministro de Deportes, Andrea Abodi, exigió una renovación total, lo que hizo insostenible la permanencia de la cúpula directiva. Buffon, fiel a sus principios, decidió que su ciclo debía terminar junto al de Gravina, permitiendo que la asamblea extraordinaria que se convocará próximamente tenga «pizarra limpia» para elegir un nuevo rumbo que devuelva la identidad competitiva a una Italia que parece haber perdido el norte.
En medio de este caos, el nombre de Gennaro Gattuso es el que más ruido genera. Aunque Gravina lo respaldó inicialmente tras el partido del martes, la realidad es que el cambio de directiva prácticamente sella su salida. Gattuso, quien se mostró devastado tras la eliminación, medita seriamente presentar su propia renuncia en las próximas horas para facilitar la transición. La prensa deportiva en Italia ya especula con candidatos de peso para tomar el mando, siendo la reconstrucción del orgullo nacional la prioridad absoluta para el nuevo ciclo de 2030.

La crisis es sistémica y va más allá de un resultado adverso. La ausencia de Italia en Rusia 2018, Catar 2022 y ahora Norteamérica 2026 representa una herida que tardará décadas en sanar. Buffon, en su comunicado de despedida, fue claro al señalar que el «objetivo principal era devolver a Italia al Mundial y no lo logramos». Esta honestidad brutal por parte de la mayor leyenda del fútbol transalpino refleja el sentimiento de una nación que se siente ajena al torneo que alguna vez dominó con autoridad.
Con la salida de Buffon y Gravina, el fútbol italiano entra en un periodo de «sede vacante» técnica y administrativa. La urgencia por nombrar un nuevo consejo federal es máxima, ya que la Nations League y los próximos compromisos internacionales no esperan. El adiós de ‘Gigi’ como directivo es quizás el símbolo más potente del fracaso de este proceso; si ni siquiera el carisma y la experiencia del mejor portero de la historia pudieron guiar a los jóvenes al éxito, está claro que el problema del fútbol italiano requiere una cirugía mayor.






