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Frente a una de las peores crisis hídricas y energéticas de los últimos años, los cubanos han tenido que reinventarse para sobrevivir. Con casi un tercio de la población afectada por la falta de suministro, la escasez de agua, agravada por los constantes apagones y la falta de combustible para el bombeo, se ha convertido en el nuevo dolor de cabeza cotidiano en la isla.

Historias como la de Kevin Martínez, un restaurantero en Matanzas que optó por perforar su propio pozo tras gastar en costosas pipas, se multiplican por todo el territorio. En las calles de La Habana y otras provincias, la escena se repite: vecinos haciendo largas filas con cubetas, tanques y carretillas para abastecerse desde manantiales improvisados o tuberías intermitentes.

Las cifras oficiales confirman que 2.7 millones de personas carecen de servicio regular en sus hogares, una problemática impulsada por la obsolescencia de equipos, fugas y la dependencia de un sistema eléctrico colapsado. Ante este panorama, la ciudadanía recurre a soluciones particulares, desde pozos clandestinos hasta métodos de succión, para sortear una crisis que se acumula a la inflación y al desabastecimiento general.

Mientras tanto, el gobierno intenta implementar costosas alternativas, como bombas solares y plantas de respaldo a diésel, para transformar la matriz energética del sector. Sin embargo, los funcionarios admiten que se trata de programas muy caros, dejando a millones de familias a merced de su propia lucha cotidiana para conseguir el líquido.