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Durante algunos días, Nueva York fue escenario de dos discursos profundamente distintos sobre México. Uno surgió de sus calles, llenas de música, banderas y orgullo durante las celebraciones de nuestra Independencia. El otro llegó desde la tribuna de la Organización de las Naciones Unidas, donde Donald Trump volvió a colocar a nuestro país dentro de una narrativa dominada por los cárteles, la violencia y la amenaza.

La coincidencia no podía ser más reveladora. Mientras el trumpismo insiste en mirar a México desde el miedo, la comunidad mexicana mostró el rostro que con frecuencia queda fuera de ese discurso: el de millones de personas que trabajan, emprenden, pagan impuestos, forman familias y enriquecen todos los días la vida cultural y económica de Estados Unidos.

La cultura mexicana no llegó de visita a Nueva York. Hace mucho tiempo que forma parte de la ciudad. Está en sus barrios, restaurantes, comercios, centros de trabajo y espacios públicos. Por eso, las fiestas patrias no fueron solamente una celebración nostálgica. También constituyeron una afirmación de pertenencia: una manera de decir que la identidad mexicana puede cruzar fronteras sin desaparecer y contribuir a otra sociedad sin renunciar a sus raíces.

En ese contexto ocurrió el encuentro entre Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, y Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, durante la Cumbre Urban 20. No se trató únicamente de una fotografía entre autoridades. Representó la posibilidad de construir una alianza entre dos ciudades que comparten problemas como el encarecimiento de la vivienda, la desigualdad, la precarización laboral, el cambio climático y la necesidad de proteger a sus comunidades migrantes.

Brugada llevó a ese diálogo experiencias como las Utopías, los vales Mercomuna y el fortalecimiento de la economía de los barrios. Nueva York compartió medidas para dignificar las condiciones de quienes trabajan mediante plataformas digitales. Ambas ciudades colocaron la vivienda asequible y el derecho a permanecer en la comunidad en el centro de la discusión.

Ésa es una forma distinta de entender las relaciones internacionales. Frente a los gobiernos nacionales que levantan muros, amenazan o dividen, los gobiernos locales pueden intercambiar soluciones, defender derechos y construir acuerdos desde los problemas cotidianos. Las ciudades ya no son espectadoras de los grandes debates mundiales: concentran buena parte de sus consecuencias y también pueden encabezar las respuestas.

Esta cooperación adquiere un significado político mayor ante el avance de la ultraderecha. Nueva York, junto con otras ciudades estadounidenses, ha recurrido a los tribunales para enfrentar medidas migratorias de la administración de Trump que podrían obligar a muchas familias a elegir entre solicitar servicios básicos o proteger su estatus migratorio. La resistencia, por lo tanto, no se limita a los discursos: también se expresa en políticas públicas, litigios y redes de protección.

Desde la ONU, Trump aseguró mantener una buena relación con el gobierno de Claudia Sheinbaum. Sin embargo, volvió a etiquetar a México como epicentro de la violencia de los cárteles y habló de territorios presuntamente fuera del control del Estado. Es una contradicción conocida: reconocer la cooperación mexicana mientras se conserva un lenguaje que estigmatiza al país y prepara el terreno para justificar mayores presiones o tentaciones intervencionistas.

México no puede negar la violencia ni evadir su responsabilidad de recuperar la paz. Defender la soberanía tampoco significa cerrar los ojos ante el poder del crimen organizado. Pero una relación bilateral seria debe reconocer responsabilidades compartidas: el consumo de drogas, el tráfico de armas desde Estados Unidos y los circuitos financieros que permiten lavar las ganancias criminales.

La respuesta no puede construirse desde la subordinación, pero tampoco desde el aislamiento. Necesitamos cooperación sin sometimiento, resultados sin renunciar a nuestra soberanía y una política exterior capaz de defender a las comunidades mexicanas frente a la estigmatización.

Lo ocurrido en Nueva York ofrece una imagen esperanzadora. Mientras desde una tribuna se intentaba reducir a México a la violencia, las calles mostraban un país vivo, trabajador y orgulloso. Mientras la ultraderecha endurecía sus etiquetas, dos gobiernos progresistas hablaban de vivienda, derechos, barrios, migración y justicia social.

Trump habló de México desde el poder y la amenaza. Los mexicanos respondieron desde las calles con su cultura, su trabajo y su identidad. Y desde los gobiernos de Nueva York y la Ciudad de México comenzó a tejerse otra manera de hacer política internacional: una que no levanta muros, sino que construye derechos.

Porque frente a quienes utilizan el miedo para dividir, las ciudades también pueden convertirse en territorios de resistencia.

Y esa resistencia democrática también se construye desde abajo, con la gente y todos los días.

Mariana García Guillén

Mariana García Guillén es ex diputada local y ex coordinadora de programas sociales en Guerrero, licenciada en Derecho por la UNAM y cuenta con una Maestría en Democracia y Gobernabilidad por la UAM en España. Especialista en gestión pública, comunicación estratégica y marketing político, ha impulsado proyectos sociales y de desarrollo regional.