El exasesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Mark Pfeifle, afirmó que el verdadero barómetro para medir la efectividad de la amenaza de una «guerra económica total» promovida por Donald Trump se evidencia en las decisiones estratégicas de Pekín. Según el analista, China redujo drásticamente sus compras de crudo iraní, pasando de 1.5 millones a solo 500,000 barriles diarios para evitar repercusiones comerciales con Washington.

Esta drástica disminución de dos tercios en el flujo petrolero entre Teherán y Pekín responde al temor de las refinerías chinas a sufrir sanciones secundarias y restricciones financieras por parte del Tesoro estadounidense. Para suplir el déficit energético y mantener sus niveles de refinación sin exponerse al aislamiento del sistema bancario internacional, las corporaciones asiáticas se han reorientado hacia proveedores alternativos como Brasil, Irak y Rusia, diversificando su matriz de suministro.

La postura preventiva de China representa un duro golpe a los ingresos fiscales del régimen iraní, el cual depende fuertemente de las ventas de hidrocarburos a Asia para sostener su economía bajo el esquema de sanciones. La reorganización de las rutas del crudo evidencia cómo la presión diplomática y comercial de Estados Unidos condiciona la política energética de las grandes potencias, obligando a los mercados mundiales a ajustar sus cadenas de suministro frente a los riesgos geopolíticos globales.