Durante los 39 días que duró el Mundial 2026, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, viajó en un jet privado Gulfstream G650ER para trasladarse entre los distintos eventos del torneo. En total, el dirigente recorrió aproximadamente 116,523 kilómetros, lo que le permitió visitar las 16 ciudades sede y asistir a 44 de los 104 partidos programados. Esta intensa actividad logística lo llevó a cruzar las fronteras entre México, Estados Unidos y Canadá en 23 ocasiones, llegando incluso a presenciar dos encuentros en estadios diferentes el mismo día.
El costo ecológico de estos traslados es considerable, acumulando cerca de 1,163 toneladas de CO2e. Esta cifra es alarmante, pues equivale a las emisiones anuales generadas por el consumo de energía de 1,089 hogares. Además, los cálculos indican que el impacto climático generado por Infantino en apenas 40 días representa 2.1 veces la huella de carbono que una persona promedio produciría durante toda su vida.
Este comportamiento ha provocado duras críticas y acusaciones de «greenwashing» o ecoimpostura contra la FIFA. Mientras la organización se ha comprometido formalmente a reducir sus emisiones en un 50% para 2030 y alcanzar el cero neto para 2040, su máximo líder protagoniza una de las mayores fuentes de polución personal del certamen. Diversos investigadores señalan que esta brecha entre el discurso de sostenibilidad institucional y las acciones reales de sus directivos debilita profundamente la credibilidad del organismo.
En términos generales, la edición de 2026 se ha consolidado como el Mundial más contaminante de la historia, con una huella total estimada que supera los nueve millones de toneladas de CO2e. Debido a la expansión a 48 selecciones y la gran dispersión geográfica, el transporte aéreo representó más del 85% de la huella total del evento. A pesar de la apuesta por utilizar estadios ya existentes, la escala masiva y el volumen de viajes convirtieron al torneo en un acontecimiento ambientalmente insostenible.















