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Un nuevo estudio científico ha puesto en jaque las esperanzas de resolver, mediante la genética, uno de los enigmas más antiguos de la cristiandad. El análisis metagenómico más exhaustivo realizado sobre las muestras de la Sábana Santa de Turín reveló una acumulación masiva de material biológico procedente de múltiples fuentes, lo que convierte en una tarea imposible identificar el ADN de su ocupante original con la tecnología actual.

Los resultados, publicados este mes en la revista especializada Scientific Reports, detallan que el lienzo de lino de 4.4 metros de largo alberga una compleja mezcla de ADN humano, bacteriano, vegetal y animal. Esta contaminación, acumulada a lo largo de siglos de manipulación, restauraciones y viajes, creó un «muro infranqueable» para los investigadores.

El equipo reanalizó la colección de partículas, filamentos y polvo extraídos en 1978 durante el histórico Proyecto de Investigación del Sudario de Turín (STURP). Mediante secuenciación de última generación y análisis de ADN antiguo, los biólogos identificaron material genético procedente de decenas de organismos diferentes.

Entre las secuencias detectadas figuran rastros de plantas como trigo, tomate, papa, maíz y plátano; ADN de animales domésticos como perros, gatos, cerdos y aves; e incluso fragmentos de coral rojo mediterráneo. 

En cuanto al material humano, el estudio halló secuencias de múltiples individuos de diversos orígenes geográficos, incluyendo al propio Pierluigi Baima Bollone, el investigador que recolectó las muestras a fines de los años 70.

La Sábana Santa —que muestra la imagen tenue de un hombre con heridas compatibles con la crucifixión— ha sido objeto de debate durante generaciones. Mientras la fe sostiene que se trata del lienzo que envolvió el cuerpo de Jesús de Nazaret en el siglo I, los análisis de radiocarbono realizados en 1988 situaron la pieza entre los años 1260 y 1390, respaldando la teoría de un origen medieval.

El nuevo análisis confirma además que la reliquia atravesó por al menos dos intervenciones de reparación registradas en 1534 y 1694. Sin embargo, los autores del reporte concluyeron que la genética por sí sola no puede inclinar la balanza hacia ninguna de las dos hipótesis. La historia biológica impresa en las fibras del tejido es tan diversa que, por ahora, el rastro del ocupante original ha quedado sepultado bajo siglos de contacto humano.