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En mi entrega anterior en este espacio aventuré la hipótesis de que el derecho internacional no sólo no está herido de muerte, sino que puede incluso renacer. ¿En qué baso mi apreciación?

El derecho en general responde de alguna manera a los mecanismos de poder; pero el derecho internacional responde aún más a los vaivenes de la geopolítica mundial. Por su naturaleza misma, el derecho internacional consiste en un conjunto de normas que los Estados diseñan para regular las relaciones entre ellos mismos. En sus relaciones los Estados parten de una situación de igualdad y no existe un poder central que aplique coercitivamente las reglas. Durante la existencia del llamado “orden mundial basado en reglas”, Estados Unidos promovió activamente la adopción de reglas para regular todos los aspectos de la convivencia entre Estados, desde el comercio internacional hasta el uso de la fuerza. Otras potencias rivales como la entonces Unión Soviética y China participaron, con mayor o menos entusiasmo, en el orden mundial basado en reglas. Eso no impidió por supuesto, que las potencias ignoraran las normas internacionales cuando les resultaba conveniente, o que usaran el derecho internacional como instrumento para sojuzgar a otros países.

Es ese orden internacional basado en reglas (con todas sus imperfecciones) el que se agotó. No es el derecho internacional el que ha muerto, sino el orden internacional que conocimos desde la creación de la Sociedad de Naciones.

Las últimas semanas hemos presenciado acontecimientos de enorme trascendencia en el escenario geopolítico mundial. La mayoría se han desencadenado por las acciones del gobierno de Estados Unidos. La ambivalencia del Presidente Trump respecto al conflicto en Ucrania y su admiración por Vladimir Putin; su repentino interés en adquirir Groenlandia a cualquier costo y la reacción de la Unión Europea; su intervención militar en Venezuela para capturar al jefe de Estado… La gran potencia que profesaba la necesidad de respetar el derecho internacional ha abandonado definitivamente esa pretensión. Si había alguna duda sobre ello, sólo hay que leer la entrevista que concedió Donald Trump al New York Times el 8 de enero, en la que expresamente afirmó: “No necesito al derecho internacional” y agregó: “Lo único que puede detenerme es mi propia moral. Mi propia mente.” [1]

De modo que, muerto el orden internacional basado en reglas, surgirá un nuevo orden geopolítico que necesitará de un derecho internacional renovado que le dé sustento. Las características de ese nuevo orden internacional sin duda responderán a las dinámicas de poder que se desarrollen en los próximos años. El gobierno de Trump se caracteriza por un nacionalismo agresivo similar al que muestran los gobiernos de otras potencias. El Presidente Trump parece inclinado a instaurar un orden internacional dividido en esferas de influencia para Estados Unidos, Rusia y China. ¿Qué pueden hacer los países que no son potencias mundiales, para influir en el diseño de un nuevo orden internacional y su correspondiente marco jurídico?

Algunas respuestas comienzan a esbozarse. El día de ayer, 20 de enero de 2026, el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció un discurso memorable en el Foro Económico Mundial de Davos. Muchos analistas lo consideran el mejor diagnóstico de la realidad geopolítica mundial en este momento y del camino a seguir en lo sucesivo. El premier comenzó su discurso con el obituario del orden mundial del siglo XX: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal donde la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.” [2]

Enseguida, Carney brinda una nota de optimismo: “Pero también les propongo que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Poseen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los estados.” [3]

La ruta que señala Mark Carney en su discurso hacia un nuevo orden mundial implica evitar el nacionalismo agresivo que muestran las grandes potencias y alcanzar un nuevo modelo de cooperación entre las potencias medias. Ese nuevo orden mundial, en caso de concretarse, llevaría a la revitalización del derecho internacional; a un nuevo conjunto de normas que se basen en la cooperación estratégica entre países que no poseen un poderío militar o económico similar al de grandes potencias.

En una futura entrega abundaré en las características que podría tener el derecho internacional en un orden internacional como el que propone Mark Carney. Pero quiero terminar con una mención a un par de sucesos recientes: después de 25 años de negociación, finalmente la Unión Europea y Mercosur firmaron un tratado de libre comercio, que configura una de las mayores zonas de libre comercio del mundo. Y, por otro lado, en un acto de reconocimiento de un fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), el Reino Unido, liderado por Keith Starmer, abogado de formación, transferirá la isla Diego García al control del pequeño país africano de Mauricio, como lo ordenó la CIJ, lo que le valió un reproche del mandatario estadunidense. Estos ejemplos muestran que el derecho internacional continúa funcionando e incluso floreciendo.


[1] Trump Addresses Venezuela, Greenland and Presidential Power in New York Times Interview – The New York Times

[2] Read Mark Carney’s full speech from Davos

[3] Ibid.

Alfonso Vera Sánchez

Alfonso Vera Sánchez es Licenciado en Derecho por la UNAM, Maestro en Cooperación Internacional para el Desarrollo por el Instituto Mora, y ha trabajado en la Secretaría de Educación Pública, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y la Secretaría de Relaciones Exteriores. Es miembro del Servicio Exterior Mexicano desde 2010, donde se ha desempeñado como Cónsul de Protección en Nogales, Cónsul de Documentación en Chicago y Director de Litigios en la Consultoría Jurídica de la SRE. Actualmente es Encargado de Asuntos Legales en la Embajada de México en Canadá.