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A partir de mayo de 2026, el Abierto de Francia marcará un logro al convertirse en el primer torneo de Grand Slam en permitir oficialmente el uso de dispositivos portátiles (wearables) durante los partidos. Esta decisión surge tras la controversia ocurrida en el Abierto de Australia de 2026, donde a figuras de la talla de Carlos Alcaraz, Aryna Sabalenka y Jannik Sinner se les prohibió usar sus pulseras inteligentes. Tras el debut en Roland Garros, esta prueba piloto se extenderá a los escenarios de Wimbledon y el US Open, integrando finalmente la tecnología de monitoreo físico en los torneos más prestigiosos del calendario.

Los dispositivos permitidos deberán cumplir con las estrictas normativas del registro de «Tecnología de Análisis del Jugador» de la Federación Internacional de Tenis (ITF). Una de las condiciones fundamentales es que los sensores no deben tener pantallas activas ni emitir señales vibratorias o alertas táctiles mientras el jugador está en pista. Esto asegura que el dispositivo funcione exclusivamente como una herramienta de recolección de datos y no como un canal de comunicación externa, manteniendo así la integridad de las reglas vigentes sobre el asesoramiento de los entrenadores (coaching).

A través de estos sensores, los equipos técnicos podrán acceder a información biométrica en tiempo real, como la frecuencia cardíaca, la variabilidad del ritmo cardíaco y los niveles de oxígeno en sangre. Estos indicadores son cruciales para medir la «carga interna» y el nivel de fatiga del atleta en condiciones extremas o partidos de larga duración. Hasta ahora, muchos tenistas consideraban una desventaja competitiva no poder monitorear estos valores en los Grand Slam, cuando ya lo hacían habitualmente en otros torneos de los circuitos ATP y WTA.

La directora de Roland Garros, Amélie Mauresmo, ha subrayado que esta apertura tecnológica irá acompañada de estrictos protocolos de privacidad para proteger a los jugadores. Si bien la recopilación de datos será más profunda que nunca, se busca un equilibrio que no comprometa la intimidad de los deportistas fuera de la competencia directa. Con este paso, el tenis de élite abandona una postura conservadora para abrazar la ciencia del deporte, permitiendo que la salud y el rendimiento físico se gestionen con precisión quirúrgica en el camino hacia el trofeo.