Una investigación liderada por la Universidad de Würzburg demuestra que los robles recuerdan ataques de plagas del año anterior y posponen la salida de sus hojas tres días, reduciendo el daño por alimentación en un 55%.
Würzburg, Alemania. Durante décadas, la ciencia creyó que el inicio de la primavera en los bosques era un proceso puramente mecánico dictado por la temperatura y la luz. Sin embargo, un estudio internacional publicado en la revista Nature Ecology & Evolution revela que los robles tienen un papel mucho más activo y estratégico: son capaces de recordar infestaciones de plagas y ajustar su crecimiento para sobrevivir.
La estrategia del «plato vacío» El equipo de investigadores descubrió que cuando un roble sufre un ataque masivo de orugas (como la polilla gitana), el árbol reacciona en la primavera siguiente retrasando el brote de sus hojas apenas tres días. Este tiempo, aunque parece mínimo, es letal para los insectos:
- Sincronización rota: Las orugas nacen justo cuando esperan hojas jóvenes y suaves, pero al encontrar los brotes cerrados, muchas mueren por falta de alimento.
- Eficacia sorprendente: Esta táctica reduce el daño al árbol en un 55%, resultando mucho más eficiente y económica energéticamente que producir sustancias químicas amargas (como los taninos).
Vigilancia desde el espacio Para confirmar esta «memoria» vegetal, los científicos no se limitaron a observar árboles individuales. Utilizaron los satélites Sentinel-1 para monitorear 2,400 kilómetros cuadrados en el norte de Baviera. Gracias a la tecnología de radar, que atraviesa las nubes, analizaron 137,500 observaciones de copas de árboles entre 2017 y 2021, logrando una precisión de 10×10 metros por píxel.
Un tira y afloja evolutivo Este hallazgo tiene implicaciones críticas para la conservación frente al cambio climático. Los árboles se encuentran en una encrucijada: mientras el calentamiento global los empuja a brotar cada vez más temprano, la presión de los insectos los obliga a retrasarse. Según el profesor Andreas Prinzing, de la Universidad de Rennes, esta capacidad de respuesta flexible es una prueba de la alta resiliencia del bosque en un mundo cambiante.







