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Tras la clausura del Mundial 2026 el pasado 19 de julio, millones de personas que se reunieron en hogares, plazas y restaurantes han comenzado a experimentar un vacío colectivo. Más allá de la euforia deportiva, la finalización de un torneo de esta escala detona un proceso psicológico y fisiológico particular.

Para el arquitecto y especialista Daniel Esquenazi, el Mundial es una vía para depositar identidad, historia y esperanza. Sin embargo, advierte que la derrota o el cierre del torneo genera reacciones químicas reales: descenso de dopamina y testosterona, aumento de cortisol y una baja del estado de ánimo prolongada.

‘’No es sentimentalismo. Es bioquímica’’, sostiene Esquenazi.

Este dolor o duelo deportivo posee una cualidad singular: se vive en comunidad. Compartir el desencanto con millones de personas transforma el sufrimiento individual en un sentido paradójico de pertenencia.

Asimismo, los especialistas explican el duelo post-evento como una sensación de pérdida que surge al concluir un periodo de alta intensidad emocional. No se trata de una condición clínica, sino de la mente y el cuerpo adaptándose al regreso de una rutina que parece monótona tras semanas de euforia.

Esta resaca emocional revela una necesidad humana fundamental: la búsqueda de rituales que nos conecten y den sentido de comunidad. Esquenazi se cuestiona de que más allá de buscar superar la tristeza rápido, el reto está en identificar qué elementos de la cotidianeidad pueden aportar esa misma pertenencia sin depender de un torneo cada cuatro años.