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El camino al Clásico Mundial de Béisbol ha sumado un capítulo digno de una serie de televisión. Este viernes, el estelar campocorto de los Houston Astros, Carlos Correa, reveló que el fenómeno mundial Bad Bunny intentó intervenir directamente para asegurar su participación y la de Francisco Lindor (Mets) con la selección de Puerto Rico. Ante la negativa de las aseguradoras convencionales para cubrir sus contratos multimillonarios, el artista ofreció pagar las pólizas a través de su agencia, Rimas Sports, un gesto que terminó chocando con la burocracia de las Grandes Ligas.

A pesar de la magnitud de la oferta, el «Dream Team» de asesores de Correa que incluye a la organización de Houston, la oficina del Comisionado de la MLB y el poderoso agente Scott Boras vetó la propuesta de inmediato. Según explicó Correa al portal The Athletic, la decisión no fue personal, sino una cuestión de seguridad financiera extrema. «Me dijeron que la compañía de seguros propuesta tenía antecedentes de impagos. No podía firmar mi vida y mi futuro sobre algo que las tres personas en las que más confío me dicen que no haga», sentenció el infielder.

El conflicto no solo fue financiero, sino también ético y reglamentario. Aceptar el pago de una tercera parte como Bad Bunny entra en conflicto directo con las reglas de la MLB sobre agentes y agencias. Rimas Sports no representa ni a Correa (manejado por Boras con contratos de $260 MDD) ni a Lindor (representado por David Meter con un acuerdo de $341 MDD). Que una agencia rival pague los costos operativos de jugadores que no están en su cartera genera un «conflicto de intereses» que las Grandes Ligas no están dispuestas a permitir bajo su actual estructura legal.

La pregunta que queda en el aire es: ¿Por qué dos peloteros con fortunas aseguradas que superan los $600 millones de dólares combinados necesitarían que alguien más pague su seguro? La respuesta radica en la magnitud del riesgo. En el béisbol de élite, el seguro no es un simple trámite; es la garantía de que, si ocurre una lesión catastrófica en el Clásico que termine con su carrera, el equipo (Astros o Mets) recibirá el dinero para pagar el contrato restante. Sin una póliza avalada por la MLB, el jugador asume el riesgo de perder cientos de millones de dólares, una apuesta que ni siquiera el patriotismo deportivo puede justificar.

Al final, el noble gesto de Bad Bunny se quedó en una intención que subraya la pasión puertorriqueña por el béisbol, pero que también exhibe las rígidas barreras del negocio. Puerto Rico tendrá que buscar la gloria en el Clásico Mundial con las limitaciones que imponen los contratos de Grandes Ligas, mientras que la incursión del «Conejo Malo» en el mundo de la representación deportiva sigue generando fricciones con el establishment de los súper agentes como Boras. La pelota seguirá rodando, pero la ausencia de estas dos estrellas será una herida difícil de sanar para la afición boricua.