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Mientras el debate público en México sigue concentrado —casi de manera exclusiva— en la relación con Estados Unidos y el futuro del T-MEC, el mundo avanza por otras vías. En enero de 2026, después de más de 25 años de negociaciones, la Unión Europea y el Mercosur concluyeron uno de los acuerdos comerciales más ambiciosos del siglo XXI. No se trata de un tratado más: es la creación de una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo, que conectará a más de 700 millones de personas y cerca de una cuarta parte del PIB global.

El mensaje es claro: el comercio internacional no está muriendo, se está reconfigurando. En un contexto de fragmentación geopolítica, proteccionismo selectivo y competencia estratégica entre grandes potencias, Europa y Sudamérica decidieron apostar por el multilateralismo, la diversificación de socios y la reducción de dependencias excesivas.

Desde el punto de vista estrictamente comercial, el acuerdo es profundo. Elimina aranceles en más del 90 % del intercambio bilateral, con liberalizaciones graduales que alcanzan hasta diez o incluso veinte años en sectores sensibles como el automotriz y algunos productos agrícolas. Las estimaciones apuntan a un aumento de 39 % en las exportaciones europeas al Mercosur y de 17 % en las exportaciones sudamericanas a la Unión Europea, con ganancias agregadas de largo plazo para ambas regiones .

Pero reducir el acuerdo a cifras sería un error. Su dimensión estratégica es tanto o más relevante que la económica. Para Europa, el pacto es una señal de que sigue siendo un actor confiable, abierto y comprometido con reglas comunes en un sistema internacional cada vez más volátil. Para el Mercosur, representa una puerta de entrada preferencial a uno de los mercados más grandes y sofisticados del mundo, además de un contrapeso a su creciente dependencia de China como destino de exportaciones primarias.

No es casual que líderes sudamericanos como el Presidente Lula hayan calificado el acuerdo como un “día histórico para el multilateralismo”. Tampoco lo es que Bruselas haya insistido en que este tratado forma parte de su estrategia de reducir el riesgo en sus cadenas de suministro, especialmente en sectores clave para la transición verde: minerales críticos, alimentos y energía.

Como todo gran acuerdo comercial, el de la UE–Mercosur tiene ganadores claros y costos inevitables. En Sudamérica, los grandes beneficiarios serán los sectores agroexportadores, la minería y las industrias con capacidad de integrarse a cadenas de valor transatlánticas. En Europa, ganan los fabricantes de maquinaria, autos, productos farmacéuticos y bienes de capital, que accederán a un mercado de más de 260 millones de consumidores sudamericanos con aranceles que hoy llegan hasta 35 % .

Las resistencias también son previsibles. Agricultores europeos —especialmente en Francia y Polonia— temen la competencia de productos sudamericanos más baratos. En el Mercosur, ciertos segmentos industriales enfrentarán presiones competitivas que exigirán modernización, inversión y políticas industriales complementarias. Por ello, el acuerdo incorpora periodos de transición largos, cláusulas de salvaguarda y compromisos ambientales vinculados al Acuerdo de París, aunque su efectividad dependerá de la implementación y la supervisión real.

Hay, además, un efecto externo que no debe pasar desapercibido. Estados Unidos queda relativamente rezagado en el Mercosur frente a empresas europeas que gozarán de preferencias arancelarias. No es un golpe inmediato ni devastador, pero sí una señal de cómo la ausencia de nuevos acuerdos comerciales empieza a generar costos estratégicos para Washington.

Por otro lado, mientras Sudamérica avanza en la diversificación de sus relaciones económicas, México sigue atado a Estados Unidos. Más del 80 % de nuestras exportaciones dependen de un solo mercado. Durante décadas, esta dependencia fue vista como una ventaja; hoy, en un mundo de re-industrialización estadounidense, subsidios estratégicos y políticas de “America First”, se está convirtiendo en una vulnerabilidad estructural.

Europa, de hecho, ya es un socio clave para nuestro país. En febrero próximo se firmará un Acuerdo Global modernizado del Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea (TLCUEM) existente, el cual, ampliará disciplinas en comercio digital, servicios, inversión y sostenibilidad. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos como país es cómo potenciar este y otros acuerdos, para diversificar nuestra excesiva dependencia del vecino del norte.

Sudamérica está construyendo opciones; Europa está ampliando su red; Estados Unidos está replegándose selectivamente. México, en cambio, sigue apostando casi todo a una sola carta. La lección es evidente: i) México necesita acelerar una estrategia real de diversificación comercial y productiva, que vaya más allá del discurso; ii) profundizar el acuerdo con la Unión Europea; iii) repensar su política industrial, fortalecer capacidades tecnológicas y reducir su dependencia de un solo mercado no es un gesto ideológico es una decisión de seguridad económica nacional.

En un mundo que se fragmenta, la autonomía se construye con opciones. El acuerdo Mercosur–Unión Europea muestra que esas opciones existen para quien decide tomarlas en serio. México aún está a tiempo de hacerlo.

Sergio F. Vargas Téllez

Economista por el CIDE y Maestro en Administración Pública y Desarrollo Internacional por la Universidad de Harvard, EE.UU. Cuenta con más de 14 años de experiencia en el sector público a nivel federal y estatal, así como en organismos internacionales. Imparte la materia Implementación de Políticas Públicas en la Maestría de Gestión Pública del CIDE. Fue Secretario de Desarrollo Económico del estado de Hidalgo, Coordinador de Asesores del Subsecretario de Hacienda y Crédito Público. Actualmente es Asesor en el Senado de la República para el Grupo Parlamentario Morena.