La guerra entre Rusia y Ucrania provocó que diversos países de Europa oriental transformen de manera drástica sus estrategias defensivas. El caso más destacado es el de Lituania, donde el gobierno imparte a la población civil, incluidos estudiantes y adultos, entrenamiento en técnicas de supervivencia, primeros auxilios, manejo de drones y uso de armas bajo la premisa de que la defensa nacional ante una eventual agresión no dependerá únicamente de las Fuerzas Armadas.
A la preparación ciudadana se suma el fortalecimiento tecnológico de las fuerzas militares lituanas con sistemas antidrones, sensores, barreras antitanque y refugios subterráneos, medidas que se replican en otras naciones bálticas como Letonia con el respaldo de la OTAN. Asimismo, países como Polonia y la República Checa advierten sobre posibles provocaciones, ciberataques, sabotajes y amenazas híbridas en sus fronteras, impulsando un debate generalizado sobre el rearme e incremento del gasto militar en el continente.
Por su parte, el presidente ruso Vladimir Putin negó cualquier intención de atacar a los miembros de la Unión Europea y acusó a Occidente de usar dicha narrativa para justificar el aumento presupuestario en materia bélica. Si bien analistas señalan que un enfrentamiento directo con la OTAN no es inminente, el despliegue de ejercicios internacionales y la instrucción de civiles confirman que para el flanco oriental europeo la guerra dejó de considerarse un evento ajeno a sus fronteras.








