El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha lanzado una ofensiva de imagen pública al afirmar que algunas de las principales federaciones de fútbol frenan el crecimiento de las naciones más pequeñas. Según Infantino, la misión del organismo que lidera es reducir la brecha financiera y deportiva entre las asociaciones ricas y pobres, facilitando recursos e inversiones para que el deporte crezca de forma equitativa en sus 211 países miembros.
No obstante, las intenciones de Infantino enfrentan duros cuestionamientos que afectan su aceptación en la comunidad deportiva, al punto de ser declarado no bienvenido en eventos de fútbol juvenil para no perjudicar la esencia de la competencia. Estas críticas se centran en gran medida en sus intenciones de vender una parte de la Copa del Mundo a inversores privados, un proyecto comercial sumamente controvertido que generó un rechazo generalizado antes de ser retirado por la propia organización.
La oposición a estos planes de negocio ha estado encabezada por la UEFA y su presidente, Aleksander Ceferin, quienes han expresado una postura sumamente crítica hacia la actual gestión de la FIFA. Esta fractura institucional es tan profunda que Ceferin admitió públicamente no haber entablado ninguna conversación con Infantino desde que se desató la polémica por los proyectos de inversión.
Ante las próximas elecciones de la FIFA en marzo, Ceferin descartó categóricamente presentar su candidatura, argumentando que prefiere priorizar su labor en la UEFA y su vida personal. Sin embargo, el líder esloveno anticipó que Infantino se enfrenta a dos escenarios posibles: comprender que ha perdido el respaldo político y social de aficionados, jugadores y entrenadores, o presentarse a la reelección teniendo que competir contra un rival directo.









