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Más de doce millones de personas nacidas en México residen en el extranjero, la gran mayoría en Estados Unidos, y mantienen vínculos económicos, sociales, culturales y familiares con su país de origen. Durante décadas, estas comunidades han contribuido al desarrollo nacional, no sólo mediante remesas o intercambios culturales, sino también a través de una creciente participación cívica y política.

La iniciativa de reforma constitucional en materia electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo el pasado 2 de marzo ante el Congreso de la Unión abre un nuevo capítulo en este proceso. Entre los diez ejes de transformación que plantea la propuesta, que incluyen la eliminación de las listas plurinominales tradicionales, la reducción del gasto electoral y el fortalecimiento de mecanismos de democracia participativa, aparece también un tema largamente impulsado por la diáspora: la participación y representación política de las y los mexicanos residentes en el extranjero.

El reconocimiento de este tema dentro de una reforma constitucional de gran alcance no es menor. Durante muchos años, la agenda política mexicana trató la participación electoral de la diáspora como una cuestión marginal. Sin embargo, el peso demográfico, económico y social de las comunidades mexicanas en el exterior y la lucha de nuestra diáspora por el pleno reconocimiento de sus derechos ha terminado por colocar este asunto como parte de la agenda política nacional.

Para entender el momento actual conviene mirar hacia atrás. El primer gran paso ocurrió en 2005, cuando México permitió por primera vez el voto desde el extranjero, por la vía postal, para la elección presidencial. Aquella reforma representó un cambio histórico: por primera vez millones de mexicanas y mexicanos que vivían fuera del territorio nacional podían participar formalmente en la elección del titular del Poder Ejecutivo.

En los años siguientes, el sistema fue ampliándose gradualmente. Reformas posteriores permitieron el voto en el exterior para elecciones de gubernaturas y otros cargos federales, además de introducir modalidades más accesibles de votación, incluyendo el voto electrónico.

Sin embargo, durante mucho tiempo la participación política de la diáspora se limitó al derecho a votar. El derecho a ser representados directamente en los órganos legislativos avanzó mucho más lentamente.

Ese cambio comenzó a materializarse recientemente gracias a resoluciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. A partir de esas decisiones, los partidos políticos fueron obligados a postular candidaturas migrantes a diputaciones federales. Como resultado, en 2021 se alcanzaron once diputaciones ocupadas por perfiles migrantes, mientras que en 2024 se obtuvieron seis diputaciones y una senaduría vinculadas a la representación de mexicanos en el exterior.

Estos logros no surgieron de manera espontánea. Fueron el resultado de décadas de organización cívica, litigio estratégico y movilización política de comunidades migrantes que insistieron en que los derechos políticos no deberían detenerse en la frontera.

La iniciativa presentada ahora por el Ejecutivo federal propone mantener una Cámara de Diputados de 500 integrantes electos mediante votación directa, combinando distritos de mayoría relativa y representación proporcional. Dentro de este esquema se contempla que ocho diputaciones correspondan a mexicanos residentes en el extranjero, integradas dentro del sistema de representación proporcional. La reforma también plantea facilitar el voto de los mexicanos en el exterior, con el objetivo de ampliar su participación dentro del sistema democrático.

Desde una perspectiva histórica, el hecho de que la representación migrante sea mencionada explícitamente dentro de una reforma constitucional constituye un avance relevante. Diversas organizaciones de la sociedad civil migrante han reconocido este paso como un reconocimiento político importante.

El Colectivo de Federaciones y Organizaciones Mexicanas Migrantes (COLEFOM), por ejemplo, ha señalado que la inclusión del principio de representación de la diáspora en el debate constitucional representa un avance significativo al pasar de un modelo basado en resoluciones judiciales a una base constitucional permanente.

Al mismo tiempo, algunas organizaciones migrantes han expresado preocupaciones legítimas sobre el diseño concreto del nuevo modelo. La organización binacional Fuerza Migrante ha advertido que la propuesta no define de manera explícita una circunscripción migrante ni un mecanismo que garantice que los representantes de la diáspora sean elegidos directamente por los votantes en el exterior. En otras palabras, el debate actual no gira únicamente en torno a si la diáspora debe tener representación, sobre lo cual ya hay un amplio consenso, sino sobre cómo garantizar que esa representación sea efectiva en la práctica. Organizaciones agrupadas en COLEFOM han planteado, por ejemplo, que el nuevo modelo debería garantizar al menos el nivel de representación ya alcanzado en procesos recientes, incluyendo once diputaciones migrantes y la posibilidad de escaños en el Senado.

Estas propuestas reflejan una aspiración más amplia: avanzar hacia un modelo de representación acorde al peso demográfico y social de los mexicanos en el exterior.

El debate que ahora se abre en el Congreso de la Unión ofrece una oportunidad valiosa para profundizar en esta discusión. Más allá de las diferencias sobre el número de escaños o el mecanismo electoral específico, existe un consenso creciente sobre un punto fundamental: la democracia mexicana debe incorporar plenamente a sus ciudadanos en el exterior.

Las reformas electorales más exitosas en la historia de México han sido aquellas que han ampliado derechos y han incorporado nuevas voces al espacio público. La discusión actual ofrece la posibilidad de dar un paso más en esa dirección.

México ha recorrido un largo camino desde que el voto en el extranjero era apenas una aspiración. Hoy el país se encuentra ante la posibilidad de consolidar un sistema en lo que todos los ciudadanos, incluyendo aquéllos que residen fuera de México, participen de forma plena en la vida democrática de su país.

Luis Ángel Castañeda Flores

Miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano desde 2007. Ha estado adscrito a los Consulados Generales de México en Phoenix, Chicago, Toronto y Los Ángeles; en este último se desempeña como Jefe de Oficina y Cónsul encargado de Asuntos Políticos. En la Secretaría de Relaciones Exteriores fungió como Director para el G20 y como Asesor en las Oficinas del Canciller. Licenciado en Economía por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), y Máster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca, España.