Lo que hasta hace poco pertenecía al terreno de la ciencia ficción y de producciones televisivas como Black Mirror se ha convertido en una realidad comercial: los thanabots o robots de duelo.
Se trata de sistemas de inteligencia artificial desarrollados para simular la personalidad, el tono de voz y el comportamiento de personas fallecidas a partir de su huella en plataformas digitales, mensajes de texto, fotografías y registros sonoros.
Estas herramientas permiten a los usuarios mantener conversaciones activas, recibir mensajes de texto e incluso interactuar con avatares en tres dimensiones que responden en primera persona.
La tecnología ha impulsado la creación de una «industria del más allá» respaldada por patentes corporativas, incluyendo registros de gigantes tecnológicos como Microsoft, con ofertas comerciales que van desde aplicaciones móviles de costo accesible hasta desarrollos hiperrealistas que alcanzan decenas de miles de dólares en el mercado internacional.
Especialistas en bioética, sociología y salud mental advierten que este fenómeno plantea profundos dilemas éticos y psicológicos. Si bien el uso inicial de estas réplicas puede ofrecer consuelo momentáneo a quienes atraviesan una pérdida, la interacción permanente con algoritmos diseñados para simular vida puede estancar el proceso de duelo y generar dependencia hacia servicios privados.
Asimismo, surgen cuestionamientos sobre la autoridad legal y moral para autorizar la recreación de un difunto, la alteración del discurso original de la persona fallecida mediante actualizaciones de software y el concepto de la «muerte digital», la cual ocurre de manera abrupta cuando las familias dejan de pagar las cuotas de suscripción o los servidores de las empresas proveedoras dejan de operar.











