Previo al Gran Premio de Qatar, la pista de Lusail fue escenario de un momento inusual: Novak Djokovic, leyenda del tenis, abandonó momentáneamente la raqueta para ofrecer una clase de yoga abierta a los pilotos que participarán del evento. Entre ellos, el argentino Franco Colapinto aceptó la invitación, generando sorpresa y simpatía en el ambiente de la Fórmula 1.
La sesión, organizada por uno de los patrocinadores del evento, buscaba combinar bienestar físico y mental como antídoto al estrés que genera un fin de semana de alta exigencia en la máxima categoría del automovilismo. Djokovic, convencido de los beneficios del yoga y la meditación, tomó el papel de instructor y guió ejercicios de estiramiento, relajación y concentración.
Colapinto fue uno de los participantes más comentados: visiblemente fuera de su elemento, el piloto quiso seguir la rutina, pero terminó abandonando la práctica antes de completar el calentamiento. Con humor, publicó en sus redes sociales: “Gracias Novak por las clases, no pude seguir ni la entrada en calor, estoy re duro”.
Más allá de las risas, la iniciativa ofreció un momento de distensión y unión entre disciplinas. Tras la clase, Djokovic y Colapinto conversaron durante varios minutos en la pista, en un ambiente distendido ajeno al vértigo habitual de la F1. Ese gesto simboliza la curiosa intersección entre el automovilismo de alto rendimiento y las rutinas de bienestar típicas de atletas de otras disciplinas.
Este curioso cruce deja una imagen distinta del espíritu competitivo: demuestra que incluso en eventos de máxima adrenalina, los atletas pueden encontrar espacios para el equilibrio físico y mental. La reacción de seguidores y medios que bautizaron el momento como “Yogapinto”confirma que algunas mezclas inesperadas pueden dejar huella.














