Vivimos uno de esos momentos en que la historia económica cambia de dirección. La globalización ya no es la misma que conocimos hace treinta años. Las cadenas de suministro se están reorganizando, la competencia tecnológica se ha intensificado, el proteccionismo vuelve a ganar terreno y las grandes potencias disputan mercados, inversiones, minerales estratégicos, energía e innovación.
En este nuevo escenario, México enfrenta una oportunidad histórica. Nuestra ubicación geográfica, nuestra fortaleza manufacturera, el tamaño de nuestro mercado interno y la estabilidad macroeconómica construida durante los últimos años nos colocan en una posición privilegiada. Pero aprovechar esa oportunidad exige inteligencia estratégica. Ya no basta con exportar más; debemos exportar mejor, diversificar nuestros mercados y convertir el comercio internacional en un instrumento para generar prosperidad compartida.
Por ello, la reciente aprobación del Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea por parte del Parlamento Europeo constituye una noticia que debe celebrarse. Representa mucho más que la actualización de un tratado firmado hace un cuarto de siglo. Es una señal de confianza en México y una oportunidad para fortalecer nuestra presencia en uno de los mercados más importantes y sofisticados del planeta. Como se ha señalado, la modernización del acuerdo busca consolidar una relación estratégica de largo plazo que genere mayor integración económica, más competencia y mayores oportunidades para nuestro país.
La política comercial no puede seguir siendo concebida únicamente como un mecanismo para incrementar las exportaciones, sino que debe formar parte de una estrategia integral de desarrollo nacional. Ese ha sido uno de los cambios más importantes impulsados por el Segundo Piso de la Cuarta Transformación.
Durante décadas, México asumió que la apertura comercial, por sí sola, produciría crecimiento económico y bienestar social. Los resultados fueron mixtos. Es cierto que el país logró integrarse exitosamente a las cadenas manufactureras de América del Norte y multiplicó sus exportaciones. Sin embargo, también persistieron profundas desigualdades regionales, una excesiva dependencia del mercado estadounidense y una limitada incorporación de pequeñas y medianas empresas a los beneficios del comercio exterior. Además, la esperada “derrama económica” fue muy escasa, pues la calidad de vida de las y los trabajadores mexicanos aumentó de manera marginal.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado que la política económica debe orientarse hacia el fortalecimiento del mercado interno, la innovación tecnológica, la industrialización y la prosperidad compartida. Por ello, el Plan México tiene el objetivo de convertir al país en uno de los principales polos mundiales de inversión, aprovechando el fenómeno del nearshoring, fortaleciendo la infraestructura nacional y promoviendo sectores estratégicos como los semiconductores, la electromovilidad, la industria farmacéutica, la energía limpia y la economía digital.
El verdadero valor de un tratado comercial no consiste únicamente en vender más productos, sino en desarrollar conocimiento, tecnología e innovación dentro del país, y diversificar no significa alejarnos de nuestros socios históricos, sino construir relaciones con economías confiables, estables y comprometidas con reglas claras para el comercio internacional.
Una de las consecuencias de la visión neoliberal que privó muchos años en el país, es nuestra gran dependencia del comercio con Estados Unidos. La falta de planeación y la búsqueda de la integración regional causaron una problemática que hoy es estructural, nuestro vecino del norte es, sin duda, nuestro principal socio. Más del ochenta por ciento de nuestras exportaciones siguen teniendo como destino Estados Unidos. Esa integración continuará siendo indispensable. Nadie plantea sustituir al T-MEC ni disminuir la enorme importancia económica de América del Norte.
Sin embargo, hoy estamos ante la oportunidad de cambiar el rostro de nuestra política comercial internacional. Depender excesivamente de un solo mercado limita nuestro margen de maniobra, por lo que la aprobación del Acuerdo nos dará un gran respiro, considerando las duras negociaciones para la continuidad del T-MEC, como las discusiones sobre reglas de origen, el contenido regional, la política industrial y posibles medidas arancelarias.
La Unión Europea representa una economía altamente desarrollada, con elevados estándares tecnológicos, instituciones sólidas, estabilidad regulatoria y una enorme capacidad de inversión. En 2025 el comercio bilateral alcanzó aproximadamente 86 mil 306 millones de dólares, convirtiendo a la Unión Europea en el tercer socio comercial de México, el segundo destino de nuestras exportaciones y la tercera fuente de importaciones. Asimismo, las exportaciones mexicanas alcanzaron 23 mil 817 millones de dólares. La Unión Europea es, además, el segundo mayor inversionista en el país.
De tal forma, el Acuerdo es la oportunidad para establecer una verdadera diversificación económica durante los próximos años. Para ello, los sectores público y privado deben atender dos grandes desafíos. El primero consiste en concluir exitosamente el proceso jurídico para que el acuerdo entre plenamente en vigor, con la aprobación del tratado por parte del Senado de la República, y la posterior ratificación por parte del Ejecutivo federal conforme al mecanismo establecido en el mismo instrumento.
En ese sentido, también se requiere el compromiso del Congreso de la Unión, que, además de evaluar periódicamente los resultados, tendrá que aprobar reformas que permitan fortalecer la infraestructura aduanera, modernizar procedimientos regulatorios, agilizar certificaciones sanitarias, impulsar la digitalización del comercio exterior y fortalecer las capacidades institucionales de las dependencias responsables.
No podremos hablar de un tratado comercial exitoso si no se refleja en mejorar la calidad de los empleos que general, la integración de las PYMES a las cadenas de valor, el desarrollo tecnológico y en la reducción de las desigualdades regionales. Es decir, en el incremento de la calidad de vida de las familias mexicanas.
La modernización del acuerdo abre oportunidades extraordinarias para la manufactura avanzada, la agroindustria, la industria farmacéutica, la producción de equipo de transporte, la infraestructura, los servicios profesionales y la economía digital. Para todo ello, necesitamos una adecuada planeación, una verdadera política industrial de Estado.
El segundo desafío consiste en seguir brindando la seguridad jurídica para las inversiones. El Acuerdo modernizado incorpora un tribunal permanente para la solución de controversias, con procedimientos más transparentes, consultas obligatorias, mecanismos de mediación y posibilidad de apelación, representa un avance importante respecto de los modelos tradicionales de arbitraje internacional. El adecuado uso de este y otros mecanismos jurídicos permitirá generar confianza y certeza jurídica, tanto al interior como al exterior del país.
El Acuerdo con la Unión Europea debe generar un cambio de visión para la revisión del T-MEC. Si bien es cierto que América del Norte continuará siendo nuestro principal espacio de integración productiva, Europa puede convertirse en un factor decisivo para reducir riesgos, ampliar mercados y fortalecer nuestra capacidad de negociación internacional.
En los próximos meses México deberá desarrollar una política comercial inteligente, con diversificación de alianzas y mercados. En un mundo crecientemente multipolar, ello contribuirá a que alcancemos nuestra soberanía económica y hagamos realidad nuestra tan anhelada Transformación.


















