“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”
La frase de Antonio Gramsci no pertenece al archivo de las citas célebres: es una advertencia vigente. Resume con precisión el momento político global y encuentra en el Foro Económico Mundial de Davos su escenario más elocuente. No como espacio de soluciones, sino como vitrina de una hegemonía en crisis que se resiste a desaparecer.
Davos ya no es el lugar donde se imagina el futuro. Es el teatro donde el viejo orden ensaya su justificación moral. Ahí se libra una guerra de narrativas, no de ideas. Porque las narrativas —como forma sofisticada de ideología— no buscan transformar las condiciones materiales que sostienen la desigualdad, la guerra o el saqueo; buscan maquillarlas. Presentarlas como inevitables, racionales o incluso necesarias.
El mundo que se cae no lo hace por desgaste natural. Es el resultado de décadas de gestión política orientada al gran capital: decisiones económicas, guerras preventivas, procesos de “reconstrucción” y discursos sobre estabilidad que responden a la misma lógica de acumulación. Davos no cuestiona ese modelo; lo administra. Es la sala de control de un sistema que ya no promete bienestar, solo continuidad.
En ese claroscuro emergen los monstruos de Gramsci. Pero no irrumpen desde los márgenes. Hoy ocupan el centro del escenario. Se expresan con crudeza, sin necesidad de disimulo. Discursos que clasifican países, pueblos y regiones según su utilidad estratégica. Declaraciones que normalizan la apropiación territorial. Propuestas que reducen la soberanía a una variable negociable. Todo ello presentado como pragmatismo, realismo o liderazgo fuerte.
Las recientes intervenciones y gestos políticos en foros globales confirman una idea inquietante: el mundo parece dividirse entre países soberanos y países subordinados. La diferencia no la marca la democracia ni el desarrollo humano, sino el poder duro. Quien posee capacidad militar disuasiva impone las reglas; quien no, queda expuesto. El derecho internacional se vuelve selectivo, la autodeterminación relativa y la ética una herramienta discursiva, no un principio.
Gaza representa el punto de quiebre más descarnado de este orden. Hoy visto como un territorio mundo que promete oportunidades inmobiliarias. La “reconstrucción” concebida como negocio. Decenas de miles de muertos convertidos en daño colateral del relato. En este esquema, el bien y el mal dejan de existir como categorías morales universales. Solo sobreviven como conveniencia de los poderosos. Lo que ayer fue crimen hoy se llama inversión; lo que ayer fue tragedia hoy es oportunidad.
Nada de esto ocurre en el vacío. La crisis no es solo económica o geopolítica, es una crisis de hegemonía. El viejo mundo no logra sostener su legitimidad, pero el nuevo no encuentra todavía las condiciones para consolidarse. En ese interregno, el discurso se vuelve más violento, más cínico, más explícito. Los monstruos no piden permiso. Gobiernan el relato.
Hegel advertía que la humanidad parece incapaz de aprender de su propia historia. Hoy la paradoja es mayor: no solo repetimos los errores, sino que los transmitimos en tiempo real, con cámaras, foros globales y discursos pulidos que hemos normalizado y hasta aplaudido. La guerra, el despojo y la desigualdad ya no se ocultan; se presentan como parte del orden natural del mundo.
Y en este escenario, América Latina aparece casi siempre como espectadora. No porque no tenga historia, recursos o propuesta política, sino porque su voz rara vez cuenta en los espacios donde se rinde culto a los verdaderos dueños del mundo: el capital financiero, corporativo y extractivo. La región no suele sentarse en la mesa donde se deciden las reglas; suele aparecer cuando hay territorios, materias primas o estabilidad que garantizar.
La ausencia latinoamericana en estos foros no es casual. Responde a un lugar asignado históricamente en la división internacional del poder. Se nos convoca para cumplir, no para definir. Para adaptarnos, no para disputar. Incluso cuando se habla de desarrollo sostenible, transición energética o crecimiento inclusivo, América Latina es pensada como escenario, no como un sujeto que pueda aspirar a ser protagonista de la historia.
Sin embargo, esa marginalidad también revela algo más profundo: la posibilidad de imaginar alternativas fuera del guion dominante. Porque si Davos representa la gestión del viejo mundo, quizá las respuestas no estén ahí. Tal vez el nuevo orden —si logra nacer— no emerja de salones cerrados ni de discursos amenazantes, radicales y raciales, sino de regiones que conocen de cerca las consecuencias del modelo actual y están dispuestas a defender sus soberanías y territorios.
En el claroscuro que describe Gramsci, los monstruos avanzan mientras el sistema intenta perpetuarse. Pero también es en ese espacio donde puede gestarse una ruptura. América Latina no tiene hoy el poder para imponer narrativas globales, pero sí la experiencia histórica para cuestionarlas. Y en un mundo donde el capital busca seguir gobernando sin legitimidad, esa mirada incómoda puede ser, precisamente, el primer acto de valentía que desaté los cuestionamientos que requiere la geopolítico a favor de la humanidad.






