Durante décadas, Davos, Suiza fue el lugar donde las élites globales se reunían para repetir una promesa: la globalización como motor de prosperidad compartida, el multilateralismo como garante de estabilidad y el “orden internacional basado en reglas” como marco incuestionable. Este año, sin embargo, el Foro Económico Mundial dejó ver algo distinto: el mundo ya no discute cómo integrarse mejor, sino cómo sobrevivir a su propia fragmentación.
La globalización no ha muerto, pero se ha vuelto selectiva, estratégica y profundamente política. Davos 2026 no fue un canto al libre comercio, sino una mesa de diagnóstico sobre un sistema internacional que cruje. Y en ese contexto, dos discursos marcaron el pulso del nuevo orden (o del desorden) que se avecina: el del primer ministro de Canadá, Mark Carney, y el del Presidente Donald Trump.
El mensaje de Mark Carney fue, quizás, el más honesto que se ha escuchado en Davos en años. No habló de “transiciones suaves” ni de “ajustes marginales”. Dijo, sin rodeos, que el mundo atraviesa una ruptura estructural. Que el viejo lenguaje del orden basado en reglas se ha convertido en un ritual vacío. Y que seguir repitiéndolo, sin reconocer su debilitamiento real, equivale a vivir dentro de una mentira colectiva.
Carney retomó una idea poderosa de Václav Havel: los sistemas injustos o frágiles no se sostienen solo por la fuerza, sino porque todos colaboran con la ficción de que funcionan. En el plano global, esa ficción es creer que las reglas protegen por igual, cuando en realidad se aplican de forma asimétrica y cada vez más instrumental.
Su lectura es clara: la interdependencia económica se ha transformado en arma geopolítica. Los aranceles ya no son solo política comercial, sino coerción. Las cadenas de suministro dejaron de ser eficiencia para convertirse en vulnerabilidad. Y el acceso a mercados, financiamiento o tecnología es hoy una palanca de poder.
Desde ahí, Carney lanzó una advertencia que resonó con fuerza en Davos: “el viejo orden no regresará…la nostalgia no es una estrategia”. En un mundo de grandes potencias sin frenos claros, las potencias medias solo sobreviven si actúan juntas. No desde la nostalgia del multilateralismo clásico, sino desde coaliciones flexibles, pragmáticas, capaces de compartir costos y riesgos. Su frase lo resume todo: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.
Si Carney habló de sincerar el mundo, Trump habló de rediseñarlo a su manera. Su intervención en Davos no fue la de un líder que busca restaurar el orden liberal, sino la de uno que propone arquitecturas paralelas de poder. Su idea de un nuevo “Consejo de Paz” (presentada como mecanismo para resolver conflictos como Gaza, pero con ambiciones más amplias) es un claro ejemplo.
El problema no es el nombre. Es el fondo. Este “Board of Peace” no se plantea como complemento del sistema multilateral existente, sino como alternativa a la ONU: menos reglas universales, más acuerdos selectivos; menos instituciones, más liderazgo personal; menos legalidad internacional, más negociación directa.
Para muchos países europeos, la propuesta genera inquietud porque erosiona aún más a Naciones Unidas y consolida una lógica de clubes: quien cumple con las condiciones entra, quien no, queda fuera. La paz, en este esquema, no es un bien público global, sino un resultado transaccional.
El premio nóbel, Joseph Stiglitz, lo ha advertido con claridad al analizar la política exterior de Trump: esta forma de actuar genera costos que no se quedan dentro de Estados Unidos. Produce incertidumbre, debilita normas, normaliza la excepción y empuja al mundo hacia una lógica más cercana al imperialismo que a la cooperación.
Para México, el mensaje es tan claro como incómodo. En un mundo fragmentado, depender no es solo comerciar: es quedar expuesto. El T-MEC seguirá siendo vital, pero no puede ser la única apuesta estratégica. La lección de Davos es que la diversificación ya no es un lujo diplomático, sino una necesidad de seguridad económica.
México necesita ampliar su margen de maniobra: profundizar su relación con Europa, reconstruir vínculos productivos con América del Sur, mirar a Asia con una lógica industrial y no solo comercial, y (sobre todo) fortalecer sus capacidades internas: energía confiable, infraestructura, talento, tecnología y una economía que crezca.
Porque en el nuevo orden mundial no sobrevivirá el más grande, sino el que tenga más opciones. Y Davos 2026 dejó claro que el orden mundial anterior desapareció. Ahora toca decidir de qué lado de la historia (y de la mesa) queremos estar.





