Ante el riesgo latente de una nueva ronda de ataques de represalia por parte de Irán, las autoridades estadounidenses encendieron las alarmas y emitieron directrices de máxima urgencia en sus embajadas desplegadas por toda la región.

Este repentino endurecimiento en los protocolos de protección y vigilancia contrasta de forma abrupta con el panorama imperante a comienzos de la semana. En aquel momento, los análisis de riesgo apuntaban hacia una paulatina distensión que incluso había permitido otorgar autorizaciones para que los familiares del servicio diplomático regresaran a sus hogares.

Sin embargo, la escalada de las operaciones bélicas dinamitó cualquier escenario de calma, obligando a las misiones extranjeras a blindar sus instalaciones y extremar precauciones ante la posibilidad inminente de un conflicto de proporciones mayores.