El pasado 25 de junio, el Consejo Nacional Electoral de Colombia entregó el acta de acreditación como presidente electo a Abelardo de la Espriella. Con ello concluyó un ciclo político que inició en 2022 con la llegada de Gustavo Petro, y comenzó otro que trasciende las fronteras colombianas, a saber, el avance de una nueva derecha radical que se suma a una tendencia observada en distintos países de América Latina.
Conviene precisar de qué estamos hablando. La elección colombiana no sólo representa un cambio de gobierno, también refleja una disputa entre proyectos políticos distintos. La distinción entre izquierda y derecha continúa siendo una de las herramientas más útiles para comprender la competencia política contemporánea. La diferencia fundamental entre ambas no radica únicamente en su posición frente al mercado o al tamaño del Estado, sino, sobre todo, en la manera en que entienden la desigualdad. Mientras la izquierda considera que las desigualdades económicas y sociales son producto de relaciones históricas de poder que pueden y deben corregirse mediante la acción pública, la ampliación de derechos y políticas redistributivas, la derecha tiende a concebirlas como parte inherente de la organización social, privilegiando la libertad individual, la iniciativa privada y los mecanismos de mercado.
Esta distinción adquiere una relevancia especial en América Latina, la región más desigual del mundo. Mientras el 10% más rico concentra alrededor del 57% del ingreso, la mitad más pobre apenas recibe el 8%[i], lo que convierte la discusión sobre el papel del Estado, la justicia social y la redistribución en uno de los principales ejes de la disputa política regional. Precisamente por ello, comprender las diferencias entre izquierdas y derechas resulta indispensable para entender el significado de la reciente elección colombiana.
Ahora bien, es posible distinguir entre una derecha convencional, que defiende posiciones conservadoras dentro de los márgenes de la democracia, y una derecha populista radical, cuya relación con los contrapesos institucionales, el pluralismo y la ampliación de derechos resulta considerablemente más conflictiva[ii]. La diferencia no se encuentra únicamente en la intensidad de sus propuestas, sino también en la forma en la que conciben el ejercicio del poder, la representación política y los límites institucionales propios de una democracia. Desde esta perspectiva, el triunfo de Abelardo de la Espriella difícilmente puede entenderse como el simple retorno de la derecha tradicional al poder; representa la llegada de una nueva derecha radical, que preocupantemente, hoy gana terreno en distintas democracias de la región.
Abelardo de la Espriella encarna precisamente esa nueva derecha. Abogado y empresario, que parecía venir de afuera de la política, pero terminó recibiendo el respaldo de buena parte de las élites políticas tradicionales. Su discurso gira alrededor de la seguridad, la «mano dura» contra el crimen, el combate frontal al narcotráfico, el rechazo a la llamada agenda progresista, la reivindicación de la familia tradicional y la reducción del papel del Estado. No es casualidad que haya expresado abiertamente su admiración por Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump, ni que este último respaldara públicamente su candidatura durante la campaña. Su proyecto anuncia un endurecimiento de la política de seguridad, el regreso a una estrategia de militarización, y un reposicionamiento internacional mucho más cercano a Washington. Su triunfo, sin embargo, no puede entenderse únicamente como una victoria de la derecha. También obliga a que nos preguntemos ¿qué está pasando con el progesismo latinoamericano y qué debemos aprender? Porque la derrota electoral del proyecto encabezado por Iván Cepeda no significa necesariamente el fracaso del gobierno de Gustavo Petro.
De hecho, los indicadores sociales muestran una realidad más compleja. Durante la administración petrista, Colombia registró la tasa de pobreza monetaria más baja desde 2012; alrededor de 1.2 millones de personas salieron de esa condición entre 2023 y 2024, y cerca de 400 mil abandonaron la pobreza extrema[iii]. El salario mínimo creció, el desempleo disminuyó, la inflación mostró una tendencia a la baja y la economía retomó una senda de crecimiento. A ello se sumó la aprobación de una reforma laboral que fortaleció derechos de las y los trabajadores mediante mejores pagas por trabajo nocturno, dominical y festivo, estas acciones representaron un avance importante hacia la justicia y el bienestar social del pueblo colombiano. Sin embargo, esos resultados no fueron suficientes para conservar el poder, ¿por qué?.
La explicación requiere evaluar ciertos matices y, más allá de ello, la elección colombiana deja varias lecciones para las fuerzas progresistas de la región.
La primera es que gobernar bien ya no es suficiente. Las políticas públicas requieren traducirse en confianza política, porque el electorado está cada vez más informado, exige mayor rendición de cuentas, y perfiles más transparentes -sobre todo de parte de los movimientos progresistas-. Además, desde las izquierdas, debemos reconocer que hay sectores más cercanos al centro que buscan discursos más conciliadores.
En ese sentido, aunque el gobierno de Petro obtuvo resultados económicos y sociales muy relevantes, quizá faltó conectar esos logros con amplios sectores de la población, particularmente con el electorado de centro, mucho más sensible a temas como la seguridad, la corrupción y la estabilidad institucional.
La segunda lección tiene que ver con la credibilidad. Algunos escándalos de corrupción, combinados con los embates narrativos desde la derecha, impactaron sobre su proyecto, a pesar de que llegó al poder con el respaldo de las luchas y los sectores populares. Aunque varios de estos procesos continúan bajo investigación, es innegable que políticamente erosionaron la confianza de muchos votantes independientes. México debe aprender especialmente de este punto, fortaleciendo sus políticas contra la impunidad y la lucha contra la corrupción.
Por otro lado debemos destacar que el resultado electoral fue muy cerrado y dejó una señal tan importante, como esperanzadora y ésta es sin duda: la consolidación de un bloque progresista que hace apenas unos años parecía impensable en Colombia. El Pacto Histórico logró convertirse en una de las principales fuerzas políticas del país y consolidó una presencia parlamentaria relevante. Sectores históricamente excluidos, como campesinos, comunidades afrodescendientes e indígenas, sindicatos, jóvenes y organizaciones sociales, encontraron una representación política que durante décadas les fue negada. Ese cambio difícilmente desaparecerá con la alternancia presidencial.
La elección también confirma que la disputa política latinoamericana, trasciende las fronteras de las izquierdas y derechas tradicionales. Temas como la seguridad pública, la migración, la identidad cultural, la narrativa de corrupción y la desconfianza hacia las élites políticas se han convertido en algunos de los principales motores electorales de las nuevas derechas y esto es algo que, quienes somos parte de los movimientos progresistas de la región no podemos, ni debemos ignorar.
Ignorar esos cambios, esas banderas y esas inquietudes en el electorado sería un error para cualquier proyecto progresista. Del mismo modo, asumir que los resultados económicos y sociales hablan por sí solos también lo sería. Hoy, gobernar implica comunicar, persuadir y construir legitimidad de manera permanente, especialmente entre los sectores moderados e independientes que suelen definir las elecciones.
Finalmente, el contexto internacional tampoco puede pasarse por alto. El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha revitalizado una red internacional de liderazgos conservadores que hoy encuentran afinidades ideológicas y respaldo mutuo. El apoyo explícito del mandatario estadounidense a la candidatura de De la Espriella ilustra que las nuevas derechas latinoamericanas ya no pueden entenderse únicamente desde la política doméstica; forman parte de un fenómeno transnacional que comparte discursos, estrategias y agendas. Por ello, proteger la soberanía y la autodeterminación de los pueblos es fundamental, hoy más que nunca, porque se debe garantizar que sea la voluntad del pueblo y no los intereses extranjeros, los que decidan sobre el futuro de una nación.
En resumen, la experiencia colombiana deja claras enseñanzas. El combate a la desigualdad sigue siendo indispensable en la región más desigual del planeta, pero ya no es suficiente para construir mayorías estables. Los gobiernos progresistas necesitan fortalecer la transparencia, combatir con firmeza la corrupción, comunicar con mayor eficacia los resultados de sus políticas públicas y establecer canales permanentes de interlocución con los sectores moderados de la sociedad. Gobernar bien continúa siendo una condición necesaria, pero ya está lejos de ser una condición suficiente.
[i] Banco Interamericano de Desarrollo (2024). Las complejidades de la desigualdad en América Latina y el Caribe, recuperado el 28 de junio de 2026,URL: https://www.iadb.org/es/noticias/las-complejidades-de-la-desigualdad-en-america-latina-y-el-caribe
[ii] Rovira Kaltwasser, C. (2024). La ultraderecha en América Latina: Particularidades locales y conexiones globales. Nueva Sociedad, (312), 63-78. https://nuso.org/
[iii] Gobierno de Colombia. Con dignidad le estamos cumpliendo al pueblo colombiano. Recuperado el 28 de junio de 2026, URL: https://www.presidencia.gov.co/LogrosGobiernoPetro/index.html















