El Reino Unido ha hecho de la inestabilidad política una forma de gobierno. El 22 de junio, Keir Starmer anunció su renuncia como Primer Ministro y líder del Partido Laborista. Con él se va el sexto jefe de gobierno británico que abandona la primera posició del país en siete años. El séptimo Primer Ministro en una década está a punto de tomar posesión. El nombre más probable es Andy Burnham, el popular exalcalde de Greater Manchester. Pero el nombre, al final, importa menos que el patrón que lo produce.
Starmer llegó al poder en julio de 2024 con una victoria electoral aplastante, la más grande para el Laborismo en décadas. Prometía exactamente lo que el país necesitaba: estabilidad, seriedad, fin del caos conservador. Por enero de 2026, el 75% de los británicos ya tenía una opinión desfavorable de él. El escándalo del embajador Peter Mandelson (designado en Washington y luego descubierto con vínculos documentados con Jeffrey Epstein) le costó a Starmer a su jefe de gabinete, a su director de comunicaciones y lo que quedaba de su autoridad moral.
Pero sería un error leer la caída de Starmer como un fracaso personal. Es, sobre todo, el síntoma más reciente de una enfermedad más profunda. Desde 2016, el Reino Unido ha transitado por David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y ahora Keir Starmer. Seis primeros ministros. Seis proyectos políticos distintos. Seis promesas de restaurar la credibilidad de una nación que sigue buscándola. Analistas como David Henig, del Centro Europeo de Economía Política, han señalado que la inestabilidad tiene raíces estructurales: las demandas de una sociedad que envejece, el bajo crecimiento en una economía globalizada, y el efecto corrosivo de las redes sociales sobre la paciencia política. A eso hay que añadir el Brexit, que no solo fue un terremoto geopolítico sino el catalizador de una crisis de identidad nacional que todavía no termina.
La economía británica cuenta la misma historia de otra forma. El PIB del Reino Unido creció apenas 1.3% en 2025 y el FMI proyecta un crecimiento de apenas 0.8% para todo 2026, revisado a la baja por el conflicto en el Medio Oriente y el choque energético derivado del cierre del Estrecho de Ormuz. En el primer trimestre de 2026, el crecimiento trimestral fue de 0.6%, lo que pareció una buena noticia hasta que llegó abril: el PIB mensual se contrajo 0.1%. La OCDE es más clara aún: el capital de inversión empresarial sigue por debajo de los niveles previos al Brexit, la productividad laboral crece a paso de tortuga, y la deuda pública supera el 104% del PIB, herencia de los años de austeridad y de los estímulos pandémicos. El salario real promedio en el Reino Unido no ha crecido desde 2008, después de ajustar por inflación. Un país con la sexta economía más grande del mundo y con 225 ojivas nucleares en su arsenal no debería tener esa cifra. Pero la tiene.
El Reino Unido creció 6.0% sobre sus niveles prepandémicos, frente al 6.6% de la Eurozona y el 15.1% de Estados Unidos. La brecha con Washington dice todo lo que hay que saber sobre la productividad perdida.
Y luego está la pregunta que nadie quería hacer y que ahora todos hacen: ¿puede el Reino Unido volver a Europa?
Una encuesta de YouGov publicada en abril de 2026 encontró que el 55% de los británicos apoya volver a la Unión Europea. Entre los menores de 35 años, la cifra sube a 68%, según Ipsos. A diez años del referéndum del Brexit, el arrepentimiento ya no es algo que se diga en voz baja: el ministro del Tesoro Lord Livermore declaró en la Cámara de los Lores que el Reino Unido volverá a la UE porque «está absolutamente en el interés económico nacional» del país. El propio Burnham, futuro Primer Ministro, ha dicho querer ver algún día al país de vuelta en el bloque europeo, aunque se ha cuidado de no convertirlo en una promesa de campaña.
El problema es que el deseo no alcanza. Timothy Garton Ash, del European Council on Foreign Relations, publicó en The Guardian esta semana una advertencia nítida: antes de llamar a la puerta de Bruselas, el Reino Unido necesita entender que la UE que dejó ya no existe. El bloque ha cambiado profundamente desde 2016: ha construido mecanismos de deuda conjunta, ha avanzado en autonomía estratégica, ha desarrollado una política exterior más cohesionada frente a Rusia, China y un Estados Unidos errático. El Reino Unido tendría que aprender a «hablar europeo», ese idioma multilateral donde el interés nacional se mezcla con la vocación histórica compartida. Y en Bruselas, la memoria es larga: los diplomáticos europeos consultados por la agencia AFP dijeron que, en principio, recibirían al Reino Unido con los brazos abiertos, pero advierten que no puede entrar en las mismas condiciones especiales que negoció antes del Brexit. Nada de cherry-picking. Nada de mercado único sin libre circulación. Paquete completo o nada.
La herida geopolítica también es real. Sebastien Maillard, de Chatham House, lo dice con franqueza: «Los europeos no saben bien cuánto ha cambiado la UE, y los británicos tampoco.» En un mundo donde Trump ha hecho de la imprevisibilidad una doctrina, donde Rusia sigue en guerra y China redefine los equilibrios, un bloque más robusto con una potencia nuclear dentro de sus fronteras tiene sentido estratégico evidente. Pero la UE también sabe que el Partido Reformista de Farage podría ganar las elecciones de 2029, y que cualquier acuerdo que se firme podría deshacerse en el siguiente ciclo político. La desconfianza es recíproca y razonada.
Lo que la renuncia de Starmer deja sobre la mesa no es solo un partido en crisis ni una economía que no despega. Es el retrato de un sistema político que ha dejado de producir estabilidad porque la promesa de que el Estado puede mejorar la vida de la gente lleva casi dos décadas sin consolidarese. Mientras eso no cambie, el tiempo del inquilino en 10 Downing Street seguirá siendo efímero.












