Durante décadas se nos dijo que la globalización haría irrelevantes las fronteras. Que el libre comercio, los organismos internacionales y los mercados globales construirían un mundo más próspero e interconectado. Sin embargo, el siglo XXI está demostrando exactamente lo contrario: la soberanía ha regresado al centro de la discusión política.
Ya no se trata únicamente de defender territorios. Hoy las naciones enfrentan un desafío más complejo: preservar su capacidad de decisión frente a corporaciones tecnológicas, organismos privados internacionales y bloques económicos cuyo poder supera al de muchos gobiernos.
La disputa ya no es solamente entre países. Es entre Estados nacionales y gigantes globales.
Tres ejemplos ayudan a entenderlo.
El primero es la FIFA. El Mundial representa una de las celebraciones deportivas más importantes del planeta, pero también uno de los ejemplos más claros de concentración de poder. Los países invierten miles de millones en infraestructura, seguridad y logística para recibir el torneo, mientras que gran parte de las ganancias comerciales, los derechos de transmisión, los patrocinios y la explotación de la marca permanecen bajo control de una organización privada.
La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar la soberanía de una nación anfitriona cuando las reglas económicas y comerciales del evento son definidas por una entidad externa con sus propios intereses?
El segundo ejemplo son las grandes tecnológicas. Empresas con presencia global controlan información, publicidad, inteligencia artificial, medios de pago, comercio electrónico y enormes volúmenes de datos personales. Algunas poseen presupuestos superiores al Producto Interno Bruto de numerosos países.
La discusión sobre la inteligencia artificial ya no es solamente tecnológica. Es una discusión de soberanía. Quien controle los algoritmos, los centros de datos y la infraestructura digital tendrá una influencia creciente sobre la economía, la educación, la información y el empleo.
Por ello vemos a Estados Unidos, China, India y la Unión Europea construyendo estrategias para proteger sectores considerados estratégicos. El libre mercado absoluto está siendo sustituido por una nueva etapa de competencia nacional.
El tercer ejemplo es quizá el más importante para México: el comercio internacional.
La próxima revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá será uno de los mayores desafíos económicos y políticos de los próximos años. No será una negociación convencional. Será una batalla por la definición del modelo económico de América del Norte.
Estados Unidos busca recuperar industrias, proteger empleos y reducir dependencias estratégicas. México busca mantener acceso preferencial al mercado más importante del mundo mientras fortalece proyectos nacionales en energía, infraestructura y desarrollo industrial.
En ese contexto se entiende mejor la posición que ha asumido la presidenta Claudia Sheinbaum.
Más allá de las diferencias políticas, la mandataria ha colocado un concepto en el centro de su discurso: la defensa de la soberanía nacional. Lo ha hecho frente a presiones comerciales, frente a cuestionamientos sobre la política energética mexicana y frente a las tensiones derivadas de la reconfiguración económica global.
La apuesta es clara: integrarse al mundo sin renunciar a la capacidad de decidir el rumbo propio.
No es una tarea sencilla.
México depende profundamente del comercio exterior. Más del 80 por ciento de sus exportaciones tienen como destino Estados Unidos. Al mismo tiempo, el país busca fortalecer sectores estratégicos, impulsar proyectos nacionales y consolidar cadenas productivas propias.
Ahí surge la tensión que marcará la próxima década: ¿cómo mantener una relación económica estrecha con la mayor potencia del mundo sin sacrificar márgenes de autonomía?
La discusión no es exclusiva de México. Brasil la enfrenta respecto a China. Europa la enfrenta respecto a Estados Unidos. India la enfrenta respecto a los grandes conglomerados tecnológicos. Incluso los países más desarrollados están replanteando los límites de la globalización.
Por eso la soberanía volvió a convertirse en una palabra central del debate político internacional.
No porque los países quieran aislarse. Todo lo contrario. Porque han descubierto que participar en la economía global exige cada vez más capacidad de negociación, mayor fortaleza institucional y una visión estratégica de largo plazo.
El Mundial, la inteligencia artificial y el T-MEC parecen asuntos completamente distintos. Sin embargo, comparten una misma pregunta de fondo: ¿quién toma las decisiones?
Esa es la gran discusión de nuestro tiempo.
Porque en una época dominada por corporaciones globales, plataformas digitales, organismos internacionales y mercados cada vez más concentrados, la verdadera riqueza de una nación no será únicamente su crecimiento económico. Será su capacidad para decidir su propio destino.
Y esa batalla apenas comienza. De hecho, para México, probablemente el capítulo más intenso esté todavía por escribirse cuando se siente nuevamente a negociar el futuro de América del Norte. Ahí no sólo estará en juego un tratado comercial. Estará en juego la definición de cuánto margen de soberanía pueden conservar los países en la era de los gigantes.







