Mientras la prensa mexicana discutía esta semana las solicitudes de extradición del Departamento de Justicia estadounidense, una historia de otro calibre circulaba casi en silencio: el llamado Hondurasgate. Treinta y siete audios filtrados de WhatsApp, Signal y Telegram (fechados entre enero y abril de 2026 y sometidos a verificación forense con tecnología de biometría de voz) revelaron lo que sus promotores describen como una operación transnacional de desestabilización política con epicentro en Honduras y tentáculos que alcanzan hasta la Ciudad de México y Bogotá. Para entenderlo con peras y manzanas: el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (condenado a 45 años de cárcel por narcotráfico y, según los audios, liberado gracias a un lobby financiado por Benjamin Netanyahu y operado por el asesor republicano Roger Stone) habría coordinado, desde territorio estadounidense, la creación de una «célula mediática» para golpear políticamente a Claudia Sheinbaum en México y a Gustavo Petro en Colombia. El presupuesto asignado supera el medio millón de dólares, con aportaciones confirmadas del gobierno de Javier Milei.
La pregunta relevante no es si los audios son reales; sino qué tipo de operaciones políticas transnacionales se están normalizando en la región. Y la respuesta, vista desde la geografía electoral de América Latina, es inquietante. Porque los gobiernos identificados como objetivo de esta presunta red tienen algo en común: son los últimos bastiones relevantes de la izquierda democrática en el continente. México, Colombia y Brasil son los tres grandes países que hoy gobiernan desde la izquierda en una región que ha virado progresivamente hacia la derecha. No es un dato menor: son economías que suman más de 700 millones de personas y representan más del 55% del PIB latinoamericano.
Colombia va primero. El 31 de mayo se celebra la primera vuelta presidencial y el escenario está más claro que hace meses. Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico y sucesor natural del proyecto de Petro, lidera con firmeza: las encuestas lo ubican en 44.3% de intención de voto en primera vuelta, contra el 23.9% de Abelardo de la Espriella (el candidato de los sectores empresariales y del neoliberalismo) y el 22.8% de Paloma Valencia, abanderada del Centro Democrático y del uribismo. Cepeda no ganará en primera vuelta; ninguna encuesta lo proyecta con más del 50%. Pero su ventaja es tan amplia que el verdadero combate será en la segunda vuelta, probablemente contra Valencia, donde los números son mucho más ajustados para la segunda vuelta: Invamer da a Cepeda 51.2% contra 46.6% de la senadora uribista, una diferencia que técnicamente existe pero que cabe dentro del margen de error en otras encuestadoras. En ese contexto, el Hondurasgate no es ruido de fondo: es parte del terreno de juego. Una «célula mediática» destinada a fabricar expedientes sobre inseguridad y narcotráfico contra Cepeda, en un país donde la seguridad es históricamente el talón de Aquiles de la izquierda, es una herramienta con potencial real de daño.
Brasil, en cambio, disputa en octubre. El 4 de octubre se celebra la primera vuelta y el 25, en caso necesario, el balotaje. Lula (que va por un cuarto mandato a sus 80 años) mantiene el liderazgo en primera vuelta, con entre el 37% y el 41% según las distintas encuestadoras. Pero la segunda vuelta es otra historia. En diciembre pasado, Lula aventajaba diez puntos a Flávio Bolsonaro, el senador del Partido Liberal designado heredero político por su padre, hoy preso por intento de golpe de Estado. Hoy ese margen se ha reducido a un empate técnico: la encuesta Quaest de mediados de abril le da a Flávio Bolsonaro el 42% frente al 40% de Lula en un escenario de balotaje. La inflación, el endeudamiento de las familias y los escándalos en el INSS están erosionando las bases del gobierno progresista más grande de la región. Lula gobierna con desempleo en mínimos históricos, crecimiento positivo y la bolsa rompiendo récords, pero la percepción ciudadana no acompaña. Es el problema clásico de los gobiernos de izquierda: tienen dificultad para traducir logros en narrativa.
Este es el contexto en el que hay que leer la visita de Isabel Díaz Ayuso a México. La presidenta de la Comunidad de Madrid llegó al país entre el 3 y el 12 de mayo con una agenda que, según la presentó el gobierno madrileño, combina reuniones empresariales, reconocimientos culturales y una reivindicación explícita del legado de Hernán Cortés. La derecha mexicana la recibió con los brazos abiertos.
El Hondurasgate, las elecciones en Colombia y Brasil, y la visita de Ayuso no son eventos separados. Son capítulos del mismo texto: la disputa por el rumbo político de América Latina. La batalla no se ganará con audios filtrados ni con visitas de funcionarias madrileñas. Se ganará o se perderá en las urnas de Bogotá el 31 de mayo y en las de Brasilia el 4 de octubre.







